Un sistema productivo que no resiste más
Las resistencias no aparecen de golpe: se construyen campaña tras campaña y hoy, con 50 biotipos de malezas resistentes y crecientes casos en insectos y enfermedades, desafían la forma de producir. “Estamos obligados a repensar el sistema”, dice Aapresid
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"Las resistencias no mienten y obligan a repensar el sistema”, advierte Aapresid en un trabajo en el que describe cómo llegamos a la situación actual en malezas, insectos y enfermedades. Y plantea los cambios que hay que implementar o profundizar para torcer el avance de las resistencias: “Entender cómo se generan y qué implican es clave para ajustar el manejo y sostener la productividad en el largo plazo”.
Las resistencias dejaron de ser un problema puntual para convertirse en una condición del sistema productivo. “Lejos de aparecer de manera aislada, son el resultado de decisiones repetidas en el tiempo que, sin buscarlo, fueron seleccionando individuos de malezas, insectos y patógenos de enfermedades cada vez más difíciles de controlar”, indica Aapresid.
Comienzo exitoso
Durante muchos años, el sistema productivo logró niveles altos de eficiencia con esquemas simples y resultados predecibles. “La aparición de la soja RR consolidó un modelo donde el control de malezas era eficaz, accesible y relativamente barato. Se simplificaron las decisiones y el manejo se volvió más homogéneo”.
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Ese esquema no solo respondía a lo técnico, sino también a lo económico. “Producir al menor costo posible en un contexto competitivo favoreció la repetición de prácticas y la reducción de la diversidad, con alta proporción de soja y menor presencia de otros cultivos de invierno o cereales de verano. Fue una respuesta lógica a las condiciones del momento, pero esa misma simplificación empezó a mostrar sus límites con el tiempo”, dice Aapresid.
Selección de resistencias
“La resistencia no es una falla del producto ni un evento aislado. Es un proceso biológico inevitable, profundamente influenciado por el manejo del sistema. Dentro de cualquier población existe variabilidad genética. Cuando se repite una misma herramienta de control, ya sea un herbicida, un fungicida, un insecticida, un evento biotecnológico o determinada acción mecánica, se seleccionan involuntariamente los individuos que logran sobrevivir”, explica el trabajo.
Al principio los individuos están en proporciones muy bajas. Pero cada intervención con la misma estrategia les da ventaja: sobreviven, se reproducen y aumentan su frecuencia hasta volverse dominantes.
“Las mutaciones genéticas ocurren en estos casos de manera natural, por lo que la resistencia no se puede evitar. Lo que sí puede modificarse es la velocidad a la que evoluciona”, consigna la entidad.
Cuando el manejo se apoya casi exclusivamente en herramientas químicas repetidas, el sistema pierde diversidad y se reducen los filtros que enfrentan las poblaciones. En cambio, “al integrar prácticas como rotación de cultivos y la intensificación de cultivos incluyendo el uso de cultivos de servicios, se incorporan nuevas variables que dificultan esa selección”.
“No se trata de reemplazar lo químico, sino de integrarlo”. La diferencia está en pasar de un esquema basado en una sola herramienta “a uno donde múltiples prácticas actúan en conjunto”.
El origen del problema
El fenómeno se hizo más notable en malezas porque están siempre visibles en el lote, lo que implica intervenciones constantes y mayor presión de selección. Sin embargo, Aapresid destaca que la lógica es la misma para insectos y enfermedades.
“Aunque en estos casos la presión puede ser más intermitente, asociada a condiciones ambientales o presencia del cultivo hospedante, cuando las condiciones se repiten, el resultado no cambia. Hoy ya existen evidencias de pérdida de eficacia en fungicidas, insecticidas y eventos biotecnológicos que durante años fueron confiables”, advierte.
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Actualmente en Argentina se registran 50 casos únicos de biotipos de malezas resistentes a diferentes sitios de acción, distribuidos en todas las zonas productivas y con niveles de complejidad crecientes que los productores enfrentan campaña tras campaña.
Confirmado, es resistencia
El primer síntoma de una resistencia se ven el lote, ante fallas de control en donde el producto debería haber sido eficaz. A partir de allí, se colectan muestras de semillas o individuos y se evalúan en condiciones controladas, comparándolas con biotipos susceptibles.
“Cuando un caso se confirma, muchas veces el problema ya está más extendido de lo que parecía inicialmente. Cada nuevo biotipo no es un evento aislado, sino parte de un proceso acumulativo que se repite en distintos ambientes frente a estrategias similares”.
Frente a este escenario, la tentación suele ser buscar la solución en una nueva herramienta. “Si bien nuevas moléculas o tecnologías pueden mejorar el control y ampliar opciones, no modifican el proceso si se utilizan bajo esquemas repetitivos”, indica Aapresid.
“La clave está en diversificar. Rotar y combinar estrategias, evitar la dependencia de un único mecanismo de acción y sostener un manejo integrado, tal como reza el ABC del manejo de la REM. En este sentido, el monitoreo deja de ser un complemento y pasa a ser el punto de partida: permite detectar cambios a tiempo, diagnosticar y ajustar decisiones antes de que el problema escale”, explica.
Y además la entidad advierte que muchas fallas de control que se atribuyen a resistencias tienen origen en diagnósticos incompletos o intervenciones fuera de momento. “Cuando el manejo es reactivo y se basa en “apagar incendios” y resolver problemas a medida que aparecen y escalan, el sistema se vuelve más vulnerable”.
Por el contrario, indica que los sistemas que logran mejores resultados son aquellos que combinan planificación anticipada con seguimiento continuo. “En ellos, las resistencias no desaparecen, pero avanzan más lentamente y las malezas son más ‘manejables’”.
Nuevas exigencias
Aapresid no dramatiza, pero sí emplaza a modificar la manera de producir. “La producción no está en riesgo de desaparecer, pero sí está cambiando el nivel de exigencia. Producir ‘bien’ requiere más conocimiento, mayor precisión y capacidad de adaptación. Los márgenes son más ajustados y la eficiencia deja de ser automática para convertirse en una construcción”.
A esto se suma un contexto donde “la aparición de nuevas moléculas es más lenta y algunas herramientas enfrentan restricciones. Al mismo tiempo, surgen nuevas tecnologías como aplicaciones selectivas, drones o bioinsumos que ofrecen nuevas oportunidades aunque requieren integración y criterio para ser efectivas. En este escenario, el rol del asesor y la calidad de la planificación son determinantes”, indica.
“La diferencia no la va a marcar quién tenga más herramientas, sino quién pueda utilizarlas mejor”, agrega.
“La resistencia no es un problema que pueda eliminarse. Es una condición propia de los sistemas biológicos. Pero hay margen para gestionarla mejor: entender su origen, ajustar el manejo y tomar decisiones más diversas hoy será clave para definir los escenarios productivos del futuro”, cierra Aapresid.

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