Raúl Zoquini: “El ingeniero Paolucci era extraordinario, muy buena persona”
Trabajó con quién fue clave en las plantaciones realizadas para formar el Vivero. Habla también de Angel Fangauf, Víctor Dubovik y Chistian Madsen, entre otros. Describe con claridad experiencias y anécdotas de sus setenta años de historia personal en Claromecó
Por Andrea Varela
Raúl Arturo Zoquini, tiene 81 años, es oriundo de De La Garma, a los once años llegó a Claromecó para reunirse con su padre y hermanos, quienes habían venido primero en busca de trabajo.
Cuando llegó, su papá -Juan Zoquini- ya estaba trabajando en el Vivero y su hermano en el Automóvil Club.
Lo primero que hizo en Claromecó fue vender el diario durante dos años, “había un hombre de Tres Arroyos de apellido Bigorito y entre los dos éramos los canillitas de la localidad, en esa época existían los diarios La Hora y La Voz del Pueblo. Los ejemplares se los traía el colectivo de Satini o de Polo a Chedrese, y este último nos proveía a nosotros. Recorríamos todo lo que podíamos gritando y vendiendo”.
En 1956, recuerda que “a partir de la actual avenida 27 hacia el Vivero era todo médano y de la calle 34 hacia el faro igual. En esos tiempos no estaba una casa pegada al lado de otra, muy poco había, salvo los nueve chalets de la Costanera, que los habían hecho hacía mucho tiempo atrás”.
En cuanto a la electricidad, “en donde están las oficinas de la actual cooperativa eléctrica estaba la usina con dos motores diesel que se usaban alternativamente. Se encendían a las 6 de la mañana, los rotaban para que no se calentaran, hasta las doce de la noche, momento en el que se apagaban y quedaba todo el pueblo a oscuras”.
El primer médico que conoció fue el doctor Ariel Barbero, quien vino a vivir a Claromecó.
El turismo
Nos relata que “había un hombre que tenía piezas de lata para alquilar, en esa época los aceites para los motores venían en lata, él las abría y las hacía con eso, cuando llegaba él era como que empezaba la temporada. Estaban ubicadas en la calle 23 entre 26 y 28, donde hoy es la Despensa El Tata.
El fotógrafo Agustín Rosconi bajaba a la playa a sacar fotos, contratado por los turistas.
El Vivero
Entró a trabajar al Vivero en 1958, a los 14 años, donde conoció al ingeniero agrónomo Gerardo Paolucci, a quien recuerda con profunda emoción como “el mejor encargado que hubo”. Trabajó allí durante 18 años.
Cuenta que “cuando ingresé ya había muchísima cantidad de plantas, y eran alrededor de 40 empleados que pertenecían al Ministerio de Asuntos Agrarios, divididos en dos grupos, los que trabajaban donde hacían los plantines y vivían en una casa a unos metros de la Escuela Agrícola, que eran unos quince aproximadamente, y luego los que trabajábamos en el vivero, esos podían vivir en las habitaciones donde ahora funciona El Establo. Cerca de la Escuela también estaba la casa donde vivía el ingeniero, que tenía motor propio para abastecerse de luz”.
Zoquini trabajó fijando médanos, sobre esta actividad señala que “el ingeniero traía de la forrajería de Tres Arroyos la sobra de lo que quedaba cuando limpiaban los cereales. Se sembraba a mano toda esa semilla, después se colocaba la paja del lino que había quedado de la cosecha, y se tapaba con la misma arena del médano. A los tres o cuatro meses, para que no se lave, ya se plantaba acacia rastrera, y después sí se ponía pino, ciprés, etc. Todas esas plantas se terminaron de quemar con el incendio del 2014”.
Aclara que “para los plantines, la tierra la sacaban de donde está actualmente el aserradero”.
En cuanto a Paolucci, destaca que “era muy inteligente, en el Ministerio lo conocían muy bien, le dieron una topadora nueva, y con los empleados que estaban en el taller hizo un aparato que le echaba un residuo del petróleo, que se llamaba Mulching, y eso lo utilizaba como si fuera una regadera, le ponía una capa al médano y quedaba negro”.
Sobre este aspecto, indica que “hizo una prueba para ver si se fijaba el médano de este modo, pero no llegó a terminar porque se fue a trabajar a la empresa Esso. Lo extrañamos mucho. Paolucci era chileno, muy inteligente, extraordinario, muy buena persona”. Hace un alto en sus palabras, porque aún se emociona al hablar del ingeniero.
Continuando con la descripción, sostiene que “la primera casa alpina que hubo en Claromecó se la hizo el ingeniero Paolucci a mi viejo, de madera, con techo de chapa de cartón prensado, para que viviera dentro del Vivero, luego -mucho tiempo después- a esa casa se la conoció como el Puesto de Wila, pero en realidad no lo era, Wila sí era otro empleado que le habían hecho una casita prefabricada pero cerca del Puesto de Alonso. Papá murió a los 63 años, producto de un cáncer de garganta originado por trabajar con el veneno para matar hormigas, era su trabajo. Mi viejo era muy bruto, en vez de ponerlo con una taza lo tiraba con la mano”.
También relata que trabajó con Víctor Dubovik cuando “a él lo ocuparon para que hiciera una especie de ollita alrededor de las plantas, para que cuando lloviera le entrara más agua, todo invento de Paolucci. Vìctor estuvo un año”.
Dunamar
También se estaba forestando el Barrio Parque Dunamar. Conoció a don Ángel Fangauf, “él tenía sus ideas, ya había muchas plantas, fijaba diferente, ponía las ramas arriba de los médanos, le echaba arena y las apretaba a las hojas, así se mantenía bastante. Ramas de acacia”.
En cuanto al pescador Christian, protagonista de tantas leyendas, señala que “lo conocí. Una vez tomé mate con él, hay muchas versiones, venía con su perra que se llamaba Chipana, tenía más, pero venía con esa. Con mi hermano salieron a cazar, yo no fui. No era argentino. Creo que su apellido era Madsen. Algunos decían que llegó en un barco y otros que apareció solo, la verdad creo que no la sabe nadie, no se expresaba nunca de la vida de él, por lo menos el tiempo que yo lo conocí”.
Menciona además que Christian “vivía en Dunamar, en una especie de choza hecha de chapa y madera, era muy amigo de don Ángel Fangauf, quien lo ayudaba para que comiera. Tenía otros amigos, Montañez y Bancur”.
Esto es el resumen de setenta años de historia vivida en Claromecó, contada por su protagonista.
El servicio militar y el conflicto con ChileUn tiempo que Zoquini tiene muy presente es el servicio militar. En la entrevista, indica que lo hizo en Río Gallegos, en el Regimiento Batallón de Ingenieros 181, durante trece meses. Brinda detalles y dice que fue llevado en el barco Bahía Buen Suceso, que “tardó cinco días completos en llegar, a muchos ya los habían bajado en Comodoro Rivadavia. El barco no entró a Río Gallegos porque no le daba el calado, nos pasaron a lancha”. Añade que “cuando nos llevaron primero a Mar del Plata nos dijeron allá les van a dar chocolates, pero era un engaño, sufrimos muchísimo frío”.
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Se encontraba en esta etapa de su vida cuando se produjo el conflicto militar entre Chile y Argentina, conocido como “Laguna del Desierto”. Menciona que “fue un conflicto corto, pero llevaron a uno a enfermería, era un chileno capturado que lo trajeron al regimiento porque estaba herido, y yo le llevaba -dentro de lo que conseguía- alguna cosa para comer, porque yo estaba en la caldera de enfermería. Los chilenos decían que Argentina se había adueñado de esa laguna, pero no era así, era nuestra”. Comparte además un dato, que refleja la forma de proceder que caracterizó al ingeniero Paolucci. Le pagó todos los meses el sueldo mientras estuvo en el servicio militar, lo que no era habitual en aquellos tiempos. |

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