Nuestra opinión: La noche no se debe apagar, pero hay que lograr la convivencia
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La nocturnidad representa un desafío para la gestión pública y en muchas ocasiones, origina un debate interesante en la sociedad. Es necesario que en una comunidad haya propuestas en la noche para chicos, jóvenes y también adultos, en respuesta al perfil o interés de las distintas edades.
Por un lado, se encuentran las normas de seguridad en instalaciones de los locales, salidas de emergencia, establecimiento de un aforo, entre otros aspectos relacionados a prevenir siniestros o bien garantizar condiciones de evacuación adecuadas. El cumplimiento de estas normas hace posible la habilitación para funcionar.
Por otra parte, durante las actividades de esparcimiento se requiere respetar una serie de reglas como los límites de sonido, el aforo o la no coexistencia de menores y mayores de edad en un mismo boliche (en 2016, se realizó una modificación legal que lo permite únicamente para distritos con menos de 30.000 habitantes), por citar algunos ejemplos.
El punto central es la convivencia. Un local nocturno siempre genera determinadas molestias a quienes viven cerca debido al desplazamiento de los asistentes por la vía pública en el ingreso o el egreso, es un movimiento inevitable, a veces acompañado por gritos o expresiones en voz alta. Sucede en todas las comunidades.
La solución no es pedir que un determinado lugar cierre y en Tres Arroyos tampoco parece razonable pensar en un ámbito alejado exclusivo para la nocturnidad, porque la ciudad está atravesada por dos rutas nacionales. El desplazamiento de centenares de personas hacia predios ubicados fuera de la planta urbana también implica un riesgo. Tal idea, vale aclarar, siquiera ha sido evaluada.
El distrito tuvo en otros tiempos locales situados junto a una ruta y es potencialmente peligroso, no siempre ocurre que el conductor no toma bebidas alcohólicas. Existen los controles de alcoholemia, pero es imposible abarcar a todos los vehículos; y falta dar aún un salto cultural para que en cada caso haya un “conductor designado”, quien no consume alcohol u otras sustancias.
En parte, por un cambio de hábitos, y además por efecto de restricciones económicas propias de un país golpeado, las propuestas en la noche se fueron reduciendo. El camino no es continuar achicando las alternativas, si se sigue esa línea pronto tendremos a quienes tienen interés en salir deambulando por la ciudad, de un lado hacia otro, sin un destino claro.
La convivencia demanda actitud de ambas partes. El vecino entender que habrá movimiento en la madrugada si se presenta un grupo conocido a cien o cincuenta metros de su casa; el propietario del boliche, comprender que debe adecuarse a las reglas para reducir lo máximo posible la posibilidad de afectar a otro miembro de la población. A un par.
Los empresarios que impulsan estas actividades deben estar en condiciones de ser controlados, sin que se detecte un exceso de decibeles. Si eventualmente pasa, que implique un hecho excepcional por un error, no algo habitual.
Entre todos, como sociedad, encontrar y preservar el equilibrio para que la noche no se apague. A su vez adquiere relevancia que, mediante los controles que concreta el municipio, la intervención de la Justicia de Faltas y la colaboración de los propietarios, se minimicen las razones que lleven a una familia a plantear un reclamo.

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