¿Nazis en Necochea?: los curiosos ojos de un niño que fue testigo directo
Las vivencias de Helmuth Petersen en la estancia Moromar. El aterrizaje de un avión militar norteamericano en 1945, la playa vedada porque "se decía que habían desembarcado alemanes de un submarino"
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Por Alejandro Vis
La estancia Moromar está ubicada a poco más de 40 kilómetros de Necochea, con acceso por la ruta 88, y es propiedad de Safico S.A. (Sociedad Anónima, Financiera y Comercial). La mencionada empresa, de la familia Weil, adquirió el establecimiento en 1932, por entonces contaba con aproximadamente 10.000 hectáreas, con salida a la costa.
Allí residió Helmuth Eduardo Petersen desde 1938 -cuando tenía dos años de vida- hasta que terminó los estudios primarios en la Escuela 159, que se encontraba dentro de la estancia. Heredó el primer nombre de su padre, un inmigrante danés que era jefe de la parte mecánica en Moromar.
Helmuth Eduardo nació en Necochea, al igual que sus dos hermanos ya fallecidos: Nelly Clara, la mayor, y Jorge, el menor. Su madre Clara Jorgensen Nielsen, era hija de un papá danés y de una mamá “muy criolla”.
La familia se fue a vivir a Moromar, al campo, con tres hijos chicos. En forma previa, el padre había trabajado en la concesionaria Ford de Bosisio, en Necochea.
En la estancia se produjo, en el invierno de 1945, el aterrizaje de un avión militar de Estados Unidos y de manera simultánea, durante varios días estuvo vedado el acceso a la playa, lo que se sospecha pudo obedecer al desembarco de tripulantes de un submarino alemán. Helmuth hijo, en ese tiempo un niño de ocho años, fue testigo directo y por tal motivo, lo entrevistó en forma reciente el periodista e investigador Abel Basti.
Teniendo en cuenta la documentación, testimonios obtenidos y el hallazgo en 2022 de un submarino hundido unos cuatro kilómetros mar adentro de Costa Bonita, cerca de Quequén, Basti considera que hubo varios desembarcos de submarinos con nazis en territorio argentino (Ver entrevista a Abel Basti).
A partir de este diálogo, La Voz del Pueblo estableció un contacto con el citado vecino de Tres Arroyos para reconstruir lo que recuerda de un hecho de gran valor histórico.
Conservó, en perfecto estado, una fotografía tomada del avión norteamericano. En la parte de atrás de la imagen, se encuentran escritos datos sobre esta visita que llamó la atención del personal de Moromar y sus familias.
Meses antes del aterrizaje, el 8 de mayo de 1945, se había producido la rendición alemana en la Segunda Guerra Mundial.
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El trabajo rural requería mano de obra intensiva en la década del ’30. La intervención de bolseros y peones, que se dedicaban además a muchas otras tareas manuales.
Pedro Weil presidía Safico y cada tanto, llegaba a Moromar en avioneta. Permanecía durante algunos días, por lo general con su familia, en “un chalet hermosísimo de dos plantas a 500 metros del casco. Al lado tenía canchas de golf y de tenis”.
Helmuth estima que en la estancia “llegaron a residir más de 200 personas, entre empleados y sus familias”. Era una mini ciudad, disponía de un destacamento de Policía, Quequén designaba un cabo para el lugar; una sala de primeros auxilios; la escuela primaria; un surtidor propio, “venían con un tanque de Necochea o Quequén para dejar 50.000 o 60.000 litros de nafta, querosén, gasoil”.
Sobre el servicio de salud, puntualiza que “había un enfermero o enfermera, permanecían durante la semana y se iban los fines de semana. También todos los meses atendían dos médicos, durante un par de días, se armaba la fila para los controles”. Menciona con detalle los apellidos de los médicos y añade que uno de ellos, los visitaba para la revisión porque era amigo de su padre.
En su relato, describe cómo eran las instalaciones para familias y trabajadores de Moromar: “A cien metros del casco se encontraba la casa del mayordomo Juan Peters, quien era de origen alemán. Unos doscientos metros más allá estaban las tres casas lindas de los encargados, en la del medio vivíamos nosotros. A otros doscientos metros había siete u ocho construcciones para personal de tercera línea; y luego más lejos, el sector de la cuadra, para la peonada en general”.
Su padre tenía a cargo “la parte motorizada. Había motores de agua, de electricidad”, además de todos los vehículos y equipamiento para las labores en el campo.
Cuando se animaban y las circunstancias lo permitían, se escapaban de noche con su hermano hacia la cuadra, donde “escuchábamos cuentos de mujeres, hazañas de los gauchos exageradas o mentirosas, malas palabras que nos llamaban la atención. Jugaban a la taba. Siempre había fuego, armaban un fogón grande con troncos de eucaliptos”.
En estas salidas que eran una aventura de la infancia, vieron cómo se producían “entredichos y alguna pelea. Una vez el mayordomo discutió con un peón y sacó el revólver, pero no disparó”. En la peonada había “uno o dos indígenas. Me acuerdo de Márquez, venía del norte, se dejaba las mechas grandes”.
Comparte un detalle, que le llamó la atención. “No muy lejos, a unos doscientos metros, se ubicaba lo que llamaban la casa del linyera. Se le daba protección y un pedazo de carne al caminante”.
Juan Peters y el papá de Helmuth solían conversar, se generó una relación de “compinches”. Al respecto, argumenta que “mi viejo comprendía alemán, eso también ayudó a que se entiendan mucho mejor”.
La confianza llevó a que Helmuth y su hermana se desempeñaran como empleados de la oficina en Moromar. “Conservo un documento que lo demuestra. Fui cadete, atendía el teléfono y hacía mandados, aprendí a manejar de chico. Había vehículos de sobra”, señala.
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Los alumnos de la escuela primaria tenían un equipo de fútbol. “Eramos unos quince varones, que jugábamos a la pelota, y había una cantidad similar de chicas”, indica.
Para llegar a la playa debían recorrer “cuatro o cinco kilómetros. En bicicleta no es nada, aunque nos gustaba ir a caballo por el desafío, andar en los médanos”.
En mayo de 1945, se había producido el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa y meses después, en septiembre, tendría lugar la rendición formal de Japón.
En la casa de Helmuth, “la radio estaba encendida casi todo el día. Mi padre pedía silencio, iba a hablar el general Edelmiro J. Farrel (presidente de facto entre el 9 de marzo de 1944 y el 9 de junio de1946). En la época previa al primer gobierno de Juan Domingo Perón”.
Transcurría el invierno de 1945 cuando él y sus hermanos recibieron la orden de no ir a la costa: “Nos llegó por nuestro padre y los demás chicos también tuvieron la misma indicación. Se trataba de un lugar de fácil acceso y lo sigue siendo. No hubo mucha explicación, era una decisión del patrón (en referencia a Pedro Weil)”.
La estancia tenía “más de 10 kilómetros de costa. Una vez, tiempo antes de que nos prohibieran ir a la playa -dice a modo de anécdota-, encalló un barco que se llamaba Estrella del Cairo”.
En forma simultánea, su padre les anticipó que “iba a llegar al campo un avión grande, para que no nos asustáramos” y agrega que les mencionó: “son relaciones del patrón”.
Más allá de la gran dimensión del campo, conocían los potreros y en uno cuadrado, bien amplio, vieron como “iban y venían los tractores. Estaban haciendo una pista en diagonal”.
El avión llegó “a los tres o cuatro días”, una mañana. Un día especial, que conserva en la memoria: “Estábamos desayunando, se empezó a sentir un ruido ensordecedor y mi madre exclamó ‘¡el avión, el avión!’. Dio una vuelta en el campo, estudió la superficie y aterrizó”.
Con la inquietud propia de la edad, “junto a mi hermano y otros chicos amigos salimos corriendo para ver el avión. Pero ya habían ubicado a gauchos, a doscientos o trescientos metros de la pista, para evitar el acercamiento”. Luego se comprobó que se trataba de una unidad militar de Estados Unidos, tenía un símbolo que lo identificaba. “Los mismos peones decían ¿qué hacen los yanquis acá?”, rememora.
Descendieron “cinco o seis tripulantes muy prolijos en el avión, con uniforme militar norteamericano. El avión estuvo un par de días”.
Resultó coincidente con la intriga que surgía ante la imposibilidad de ir a la playa. Si bien su padre hablaba poco del tema, lo manejaba con mucha reserva y desalentaba cualquier averiguación de su familia, Helmuth lo escuchó mencionar la llegada de “algunas personas extrañas. Se decía que habían desembarcado alemanes. Yo no vi el submarino. Lo que sí recuerdo es haber visto en la playa dos o tres lanchones grandes, preciosos, con unos tambores de bronce, tenían botes salvavidas. No sé si serían del submarino”.
Un período con movimientos poco habituales en Moromar. “Con mi hermano vimos gente ajena a la estancia, hombres robustos, muy notorios por las cabelleras, rubios, de tez blanca, en la zona más privada, entre la casa del mayordomo y la arboleda que va al chalet principal -sostiene-. Mi padre reiteraba ‘ni se metan ahí que son amistades del patrón’, se piensa que eran alemanes”.
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Los datos históricos son numerosos. Se ha publicado en muchas ocasiones sobre el operativo en 1945 encabezado por el comisario Luis Mariotti en Moromar, que se encontró ante hombres armados y finalmente, no prosperó. Abel Basti afirma que hay un acta policial sobre este procedimiento.
Helmuth reflexiona que “lo que pasó en la estancia con la playa cerrada y el avión se mantuvo siempre en reserva, pero igual con el tiempo trasciende. Se comenta que alemanes se dirigieron luego a Quequén y desde allí a muchos otros lugares. Los desembarcos aparentemente fueron varios”.
En la edad de los estudios secundarios, se mudó a Necochea para cursar en el Colegio Nacional. Los fines de semana volvía a Moromar y compartía actividades con Andrés Diego Weil, uno de los hijos del dueño: “Andábamos a caballo, él falleció muy joven”.
Durante un año, realizó tareas como empleado en selección de granos en Quequén y se radicó posteriormente en La Plata, donde cursó algunas materias de Ciencias Económicas y de Derecho; “era estudiante, no estudioso”, expresa con buen humor. Tuvo distintos trabajos, residió en la ciudad de Buenos Aires y hace cinco décadas es vecino en Tres Arroyos.
Su padre siguió trabajando en Moromar hasta la década del ’60, cuando se produjo su traslado a un edificio ubicado en avenida Corrientes 456 de Buenos Aires, ciudad donde falleció. El inmueble también pertenecía a Safico: “Tenía entre 15 y 20 personas a cargo, para el mantenimiento de calderas y otros servicios”, explica.
Las palabras de Hemulth llevan a viajar imaginariamente a una etapa convulsionada en el mundo, el fin de la Segunda Guerra y las investigaciones que se han llevado adelante sobre la presencia de nazis en Argentina. Suma un testimonio valioso, mediante los ojos curiosos de un niño que vio hechos poco comunes en la estancia donde se crió y creció.
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