“Memoria sin ladrillos: el desafío de recordar sin ver”
Por Mercedes Mungai (*)
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Un 13 de agosto de 1961 comenzó a levantarse uno de los muros más emblemáticos del siglo XX: el Muro de Berlín. Hoy, a 65 años de su construcción, ese muro –que durante décadas dividió no solo una ciudad sino al mundo- ya no existe en términos materiales. Sin embargo, su significado está más vivo que nunca.
En una era dominada por la sobreabundancia de información, las imágenes y los símbolos han adquirido un protagonismo inédito. Funcionan como atajos cognitivos: simplifican, condensan, permiten comprender rápido. Pero esa misma capacidad encierra un riesgo. Muchas veces, al reducir la complejidad, refuerzan estereotipos y alimentan la polarización.
Para entender el peso simbólico del muro, hay que volver al final de la Segunda Guerra Mundial. Las cuatro potencias vencedoras negociaban sus áreas de ocupación, y la derrotada Alemania era uno de los botines a repartir. Acordaron dividirla en cuatro zonas, tres capitalistas al occidente, con la influencia de Francia, Reino Unido y Estados Unidos, conformando la República Federal Alemana, y la oriental para la Unión Soviética, dando origen a la República Democrática Alemana.
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La ciudad de Berlín, que tenía un estatus especial por haber sido el centro de poder nazi, aunque geográficamente había quedado inmersa en el territorio de Alemania oriental, también fue repartida entre las potencias vencedoras, replicando el esquema del país. Es así como entre las cuatro se dividen su administración, quedando la región occidental bajo la órbita capitalista, y la oriental bajo la comunista.
Berlín se convierte así en un “símbolo vivo” de la confrontación entre dos mundos. Y así lo plasmaba Wiston Churchill en su discurso del 5 de marzo de 1946, pronunciando la famosa frase “Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de hierro”, describiendo la división física e ideológica que acababa de suceder, y marcando el inicio simbólico de lo que se conocería como Guerra Fría.
En ese contexto, Berlín se transformó en mucho más que una ciudad: fue un símbolo vivo del enfrentamiento entre dos modelos de mundo. También, un punto neurálgico para el espionaje y una puerta de escape para miles de alemanes del este. Esa combinación llevó, en 1961, a la construcción del muro.
Más de 150 kilómetros de hormigón, torres de vigilancia y una “franja de la muerte” sellaron la división. Familias separadas, historias truncadas, vidas interrumpidas. El muro no solo delimitaba territorios: marcaba una herida profunda.
Conocido como “muro de contención antifascista” para unos, “muro de la vergüenza” para otros, el 9 de noviembre de 1989 su derrumbe no fue solo físico, simbolizó el fin de una era.
Hoy, en Berlín, casi no quedan rastros del muro original. Algunos tramos fueron convertidos en galerías de arte al aire libre, otros preservados como memoriales, y en muchos puntos su recorrido apenas se sugiere con una línea de adoquines sobre el suelo.
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Esto abre una pregunta incómoda pero necesaria: ¿puede existir memoria sin presencia física? ¿O necesitamos ver para recordar? La desaparición material del muro fue posible porque el conflicto que le dio origen, en gran medida, se resolvió. Y quizás ahí radica la clave: los muros dejan de ser estructuras cuando el conflicto se desactiva; recién entonces pueden convertirse en símbolos de memoria.
Sin embargo, Berlín no es un caso aislado. A lo largo de la historia, más de setenta muros han sido levantados en contextos de conflicto: los Muros de la Paz en Belfast, la barrera en Cisjordania, la frontera entre México y Estados Unidos, o incluso murallas urbanas en ciudades como Lima.
Todos ellos comparten una paradoja: brindan seguridad, pero fragmentan; refuerzan identidades, pero también pueden convertirse en puentes simbólicos hacia la reconciliación.
Ese es, precisamente, el desafío contemporáneo. En un mundo hiperconectado, donde una imagen, un gesto o un color pueden viralizarse en segundos, los símbolos ya no pertenecen sólo a quienes los crean. Son reinterpretados, resignificados, e incluso distorsionados.
El riesgo es claro: reducir conflictos complejos a una lógica binaria de “nosotros contra ellos”. Un ejemplo evidente es el caso de Cisjordania, donde el muro sigue siendo parte del problema más que de la solución.
Pero también existen caminos alternativos. En Irlanda del Norte, por ejemplo, los muros que alguna vez separaron comunidades, hoy funcionan como soportes de arte y memoria. Sus murales ya no sólo dividen: invitan a reflexionar y, en muchos casos, a reconciliar, en un contexto donde el conflicto aún está latente.
La diferencia no está en el muro en sí, sino en el contexto político y social que lo rodea.
Por eso, en fechas como este aniversario, la discusión no debería limitarse al pasado.
La verdadera pregunta es cómo gestionamos hoy nuestros símbolos. Porque, aunque el muro de Berlín haya desaparecido, la necesidad de construir -o derribar- muros sigue siendo una decisión profundamente humana. Y, en última instancia, colectiva.
La autora es licenciada en Relaciones Internacionales (Universidad del Salvador)*

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