:format(webp):quality(40)/https://lavozdelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/04/singualary.jpg)
Científicos definen a la “singularidad tecnológica como los cambios radicales en nuestra sociedad que provocan las nuevas tecnologías”.
Debe aclararse que lo tecnológico no es dañino por sí mismo; lo convierte en peligroso el mal uso que le dan los usuarios. Por eso debe regularse. No puede permitirse que un bot de Inteligencia Artificial haga de psicólogo. Cuando alguien acude a él con esa intención, debería saltar un alerta que despliegue un sistema para que esa persona sea atendida por un profesional humano. Como debe ser.
Cuando era chico (década de los 70’) el riesgo era si venía un auto cuando la pelota se nos iba a la calle. Hoy, a través de dispositivos digitales, una infinidad de situaciones peligrosas para los menores entra inadvertidamente al ámbito considerado como el más seguro: “tu casa”.
En tiempos donde jugábamos en la vereda o en el terreno de la cuadra, cada tanto aparecía algún mayor con intenciones non sanctas hacía los pibes. Al advertirlo, los padres le “hacían entender” que a los chicos no debía acercarse. Y por ahí no pasaba más.
Ese era un peligro físico, visible, ante el que, -con los métodos de aquel tiempo-, se podía actuar para evitar hechos graves. Pero hoy, -en la gran mayoría de los casos, no pueden ver venir la amenaza que se cierne sobre sus hijos porque para sus ojos es invisible. ¿Cómo se controla con quienes se contactan en el mundo virtual cuando los adolescentes (y niños) manejan ese sistema muchísimo mejor que los adultos?
Es urgente y necesario que mamá, papá, o el tutor a cargo, se capaciten para que puedan ejercer un control total de las interacciones que los menores tienen por los dispositivos de las nuevas tecnologías. De eso puede depender evitar la muerte de un hijo o de terceros. “Si el conocimiento crea problemas, no es con la ignorancia que lo resolveremos”. La frase es de un libro de 1980 del escritor de ciencia ficción y divulgador científico, Isaac Asimov (al final volveré sobre él).
Hay familias con los medios económicos para formarse en el control de los equipos de acceso global, pero muchas otras no. Y es en esos casos donde el Estado debe hacerlo a fin de impedir que con el mal uso de la tecnología la oscuridad ingrese al hogar con fines destructivos.
Pero no solo un celular o una computadora pueden ser vehículos de peligro; también pueden serlo medios masivos de comunicación. En cuanto a los riesgos cibernéticos la única prevención que vi se refiere a intentos de fraude. Instrucciones para evitar que te vacíen la cuenta. Poco (y en ciertos casos nada) para impedir que influyan al punto de convertir a una nena o un chico en una víctima o en un victimario.
Prestamos más atención en proteger nuestros bienes materiales que a nuestros niños de los peligros de este tiempo. Una sociedad distraída por centrarse en el culto a su ego es el mejor coto de caza liberado que se le puede ofrecer a los depredadores virtuales. Quienes están formándose necesitan que su Madre y su Padre ejerzan esos roles, no que se conviertan en amigas y amigos de 30 o 40 años.
Reiterados hechos horrorosos muestran que nuestra infancia y adolescencia están en grave peligro. Y en ese contexto, a la problemática de hogares disfuncionales se suman los fallos sistémicos. Quienes están para intervenir a fin de salvar sus vidas de un entorno familiar peligroso, terminan haciendo lo contrario. Los mortales casos de los nenes Lucio y Ángel evidencian negligentes actuaciones judiciales al respecto. Para defenderse de los nuevos peligros la sociedad precisa leyes correctivas y ampliatorias de sistemas que los hechos diarios prueban que son insuficientes. Y, obviamente, normas actualizadas que regulen en forma abarcativa a las tecnologías que innovan constantemente con el objetivo de que sean un complemento de bienestar y no se conviertan en una herramienta de extrema peligrosidad. En esto no puede haber vacíos jurídicos.
Volviendo al rol de los medios de comunicación ante situaciones sociales graves (y el peligro que su pérdida de profesionalismo implica), confieso que he quedado estupefacto al ver programas de televisión en donde se explica con lujo de detalles como limpiar la escena de un crimen, que drogas combinar para que tengan mayor efecto, como hacer estafas no detectables o como acceder y navegar por la web no controlable. Eso no es libertad de expresión, es apología del delito.
Recuerdo los rigurosos informativos que conducía Pérez Loizeau con las editoriales de Ramón Andino, -que además de informar, formaban-, y hoy me dan ganas de llorar cuando la noticia de un “Último Momento” se refiere a que un famoso dejó de seguir a otro en las redes sociales. ¿Qué nos pasó? ¿Cuándo se inició esta autodestrucción cultural basada en la pérdida de valores y la banalización de todo?
Hace pocos días el país se impactó por la muerte de Maitena, de 14 años. Residente en Merlo, fue hallada ahorcada en Las Heras. La investigación apunta a que en un juego de roles mundial por internet se la instó a suicidarse. Este caso visibilizó que a veces no hay señales y el libre acceso que tienen estos acechantes digitales para influir hasta ese punto en una nena en cuya vida todo parecía estar bien. La mejor definición la dio otra alumna de esa escuela. Con 15 años dijo: “Todos podemos ser Maitena”. Su reflexión mostró el grado de indefensión ante los depredadores virtuales a que los de su edad (y más chicos) están expuestos. Esa frase pide a gritos: “Protéjannos”.
Sumemos a esto la desaparición de nenas y chicos. ¿Se acuerdan del caso Loan? Y antes fue Guadalupe, y antes Sofía, y antes, y antes, y antes… Ninguno apareció. Y cómo tampoco hay responsables, volverán a desaparecer otros Loan, otras Guadalupe, otras Sofía, otros, otras, otros...
La política también incurre en falta grave en esto. Ante un hecho de impacto nacional la primera reacción es desviar la responsabilidad. Incluso cuando no se los acusa. Es un acto reflejo de protección corporativa. Pasó hace poco con el adolescente de 15 que mató a un nene de 13 años e hirió a otros ocho alumnos en un colegio de la localidad santafecina de San Cristóbal. Cuyo autor, -reveló la investigación-, integraba una red internacional que promueve masacres escolares.
En una conferencia de prensa el gobernador Pullaro aclaró que no fue un caso aislado. ¿Lo hizo para minimizar el pasar a formar parte de una estadística terrible? También remarcó que no se trató de bullying. ¿Con eso cubrió la no detección previa en un entorno público sobre el que es responsable?
Por su parte, la ministra de seguridad nacional (Monteoliva) informó que “en Argentina se identificaron 15 casos vinculados a esta subcultura (la red de la que participaba el agresor)”. Que la Policía Federal, -cuyos jefes la flanqueaban-, venía trabajando este tema desde hacía dos años y consideró clave visibilizar el fenómeno para generar respuestas preventivas que involucren a familias, escuelas, educadores y comunicadores. Eso es lo correcto. Ahora, si desde hace 24 meses sabían del peligro que representaba esta red para los adolescentes, ¿no deberían haberlo hecho visible mucho antes? “Se tapa el pozo después que alguien cayó en él”.
Esto pasó siempre. Y lo desesperante es que seguirá pasando porque no tiene sanción electoral. En el caso Loan la intervención del Ejecutivo provincial de Corrientes fue vergonzosa (al punto de rozar la obstrucción de justicia). No importaba el nene desaparecido, si negar lo evidente: "que en esa provincia (al igual que en otras) hay una red de trata de menores". Pese a eso, al año siguiente ese mismo gobierno ganó la elección con el 52 % de los votos. En Santa Fe hablaron un gobernador radical y una ministra libertaria, pero si buscamos en el archivo sobre las “tragedias evitables en Argentina” encontraremos declaraciones auto exculpatorias idénticas en funcionarios de todos los colores partidarios. Típico de la política que supimos conseguir: “es irrelevante su fallecimiento y el causal de deceso, lo importante es que al muerto no me lo tiren a mí”.
Mientras que la prioridad de los responsables de evitarlas sea intentar ocultar su negligencia en vez de buscar soluciones a partir de admitir que se falló, seguiremos repitiendo tragedias prevenibles.
“El aspecto más triste de la vida es cuando la ciencia reúne el conocimiento más rápido de lo que la sociedad reúne la sabiduría” (Asimov). Llegamos a ese momento. Cuando la tecnología no regulada tomó de rehén a la humanidad, haciéndola dependiente, y, -en algunos casos-, víctima.

Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión