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Hubo un tiempo,- no muy lejano-, que el sainete de Argentina hacía que el resto del mundo pareciera aburrido. Hasta que reapareció Donald Trump (y esta vez recargado). Copó el show global provocando (entre muchas otras cosas) que lo de nuestra política nacional quede en un estado soporífero.
En la editorial del domingo anterior indiqué que la cronología de los hechos posteriores a la cumbre de Trump y Putin en Alaska evidenciaba que ahí se acordó la operación militar de Estados Unidos en Venezuela, a partir de que el presidente de Rusia le soltaría la mano a Maduro. Días después se supo que el sistema de misiles "ruso" de defensa de Caracas fue desconectado en el momento del ataque de EE.UU. Por eso los helicópteros de la Fuerza Delta atravesaron el cielo de la capital venezolana hacía sus objetivos con la "tranquilidad" de estar participando en un desfile aéreo.
Con respecto a la “transición hacia la democracia” en Venezuela, María Corina Machado buscó recuperar protagonismo. Primero fue recibida por el papa León XIV y después almorzó con Trump. Mientras comían en Washington, en Caracas el director de la CIA transmitía a la presidenta interina de Venezuela, -Delcy Rodríguez (a quien Trump elogió)-, el mensaje que “la Casa Blanca le daría todo el apoyo para que Venezuela no caiga en una situación caótica”.
Machado le regaló a Trump la medalla del Premio Nobel de la Paz (que Donald piensa que ella le robó). Él confirmó que la debilidad de María Corina reside en su desmesurado ego y que su único objetivo es ser presidenta de Venezuela. Por ahí le entró. Trump le aseguró que ella presidirá Venezuela. Y con eso la calmó. María Corina Machado ya no será un estorbo para EE.UU, -mientras maneja como títeres a lo que dejó del régimen (todos menos Maduro)-, porque estará esperando que la Casa Blanca ordene al “chavismo adoptado” convocar a la elección que la consagre presidenta. Para que eso suceda, la Premio Nobel tendrá que tener tanta paciencia como la mujer que aguardó 41 años el regreso (nunca dado) de su prometido, inspirando la canción “La Bahía de San Blas”.
Trump hizo lo mismo que en la antigüedad aplicó Alejandro Magno. En Persia, tras cada conquista sacaba al Sátrapa que gobernaba la región, ponía uno que le hiciera caso en todo y le pagara tributos de ocupación. Todo lo demás, -con el agregado de un toque helenístico-, seguía igual. En Venezuela, "la ofrenda" a EE.UU es el manejo del petróleo (y en el futuro cercano apoderarse de las “tierras raras”). El gesto para acallar las quejas internacionales es la liberación de presos políticos. Salvo una mejora económica para la población, en todo lo demás mucho no cambiará.
Aunque con diferencias de dificultad obvias, es muy probable que la misma metodología Trump intente instrumentar en Cuba, México y Canadá. En Irán también, pero ahí el presidente estadounidense tuvo un freno del único que se lo puede dar. Fue cuando el gobierno ruso le recordó públicamente que “en Irán, Moscú tiene intereses”. A partir de eso, el discurso de Trump pasó de “la invasión inmediata a Irán, a reconocer que el gobierno teocrático dejó de reprimir mortalmente y que ya no era necesaria una acción militar ahí”. Recalculando el plan de ataque para no afectar lo de Putin allí (como hizo el año pasado al bombardear instalaciones nucleares), Trump volverá sobre Irán por algo que mencionaré después.
Al frustrarse (momentáneamente) lo iraní, Donald direccionó sus misiles a Groenlandia. Y volvió con lo de: “Será mía por las buenas o por las malas”. Lo dijo horas antes de que los responsables políticos de Dinamarca y de la isla ártica se reunieran en Washington con el secretario de estado, Marco Rubio. La mano derecha de Trump les reiteró que su país quiere comprar la isla. La contraparte le contestó que Groenlandia no está en venta. Con caras de pocos amigos, los tres acordaron crear un grupo de trabajo. Lo que acá es una comisión (sobre las que Perón decía que solo sirven para no resolver nada).
Aunque Groenlandia cuenta con cierto poder de gobernanza autónoma, pertenece a Dinamarca. El país tiene antecedentes de colonos asentados desde el siglo décimo. El gobierno danés la incorporó en 1953 y otorgó su ciudadanía a los isleños. Trump quiere ese territorio por “cuestiones estratégicas” (además de los de petróleo y gas, la isla tiene enormes depósitos de minerales de todo tipo, -incluidos los llamados “raros”, vitales para la industria tecnológica-).
Este avance expansionista de EE.UU provocó lo que nadie se imaginó que algún día ocurriría: “una posible confrontación entre miembros de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte, con el acrónimo NATO en inglés)”. La OTAN fue creada hace casi 77 años por Estados Unidos, Canadá y países de Europa como alianza militar contra la amenaza soviética en la “Guerra Fría”. Nunca consideraron que el enemigo podría estar adentro. Y en esa época (1949), era inimaginable pensar que alguien como Trump presidiría Estados Unidos.
La amenaza yankee provocó que varios países europeos decidan participar de la “Operación Resistencia Ártica”, liderada por Dinamarca. Tropas de Francia, Alemania, Noruega, Países Bajos, Suecia, Finlandia y hasta de Gran Bretaña (histórico socio de EE.UU) fueron enviadas a Groenlandia para reforzar la seguridad del territorio ante un posible ataque de Estados Unidos. Mientras la OTAN implosiona, en Moscú el Zar Putin festeja, porque sabe que si Europa centra su atención militar en la isla ártica dejará de hacerlo, -o lo reducirá mucho-, en Ucrania.
Vuelvo al "pendenciero del momento": Donald Trump. Tras la incursión extractiva en Venezuela, las otras cinco amenazas de ataque por ahora son verbales. Sobre la actitud hostil serial de Trump hay algo (muy peligroso) de fondo: “Es el hecho de que necesita una guerra”. Precisa que Estados Unidos tenga una agresión externa para lograr cohesión interior. Este año son las elecciones de medio término y la opinión pública estadounidense está muy dividida. La crítica a Trump sobre las políticas de abuso de poder hacia los estados y en cuanto a la inmigración crece a diario. En el último aspecto, el asesinato de una mujer en Minneapolis (ejecución pública que el mundo vio) en una redada migratoria multiplicó los cuestionamientos. Encima, la gestión Trump echó leña al fuego al calificar la actitud de la víctima como un “acto de terrorismo urbano”. Un delirio absoluto.
El crear una amenaza del exterior para lograr apoyo interno es un recurso que los gobernantes aplican desde hace milenios. Por eso Trump busca iniciar una guerra. Con sus amenazas va tanteando la reacción del mundo para definir donde le convendrá hacerla. Esto que a los argentinos nos suena lejano (todos esos posibles conflictos militares son en territorios ubicados en el hemisferio norte), deberíamos empezar a verlo con preocupación. Porque si Estados Unidos entra en guerra, el totalmente alineado gobierno argentino estará de su lado. Y el envío de tropas sería un hecho, como ya afirmó para el caso de Venezuela el presidente Milei.
Estamos en una época especial (quizás, la más "bisagra" de todas). "Con guionistas oscuros, la Humanidad reescribe su historia. La duda es si esta forma de hacerlo nos conducirá a un nuevo capítulo, o empezamos a redactar nuestro epitafio como especie”.

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