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      “Maquiavelinas”: El ajedrecista del Kremlin

      Por Marcelo Mouhapé Furné

      10 de mayo de 2026 | 08:56
      Vladimir Putin
      Vladimir Putin
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      El ex oficial de inteligencia exterior (teniente coronel) de la KGB, Vladimir Putin, maneja Rusia desde hace casi 27 años. En agosto de 1999 asumió como primer ministro y tomó el control del país. Lo designó el presidente Boris Yeltsin, a quien se lo recuerda por ser el primer jefe de estado ruso tras la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), bailar no muy grácilmente y porque su rostro tenía un tono enrojecido (no “por tomar” sol).

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      El 31 de diciembre de 1999 Yeltsin renunció y Putin asumió la presidencia de Rusia. Con el máximo rango institucional, Vladimir alcanzó el poder total y puso en práctica el “hago lo que quiero”. Obviamente en su país pero también de fronteras para afuera. Las dos guerras con Ucrania (anexión de Crimea en 2014) y el conflicto que continúa (invasión de 2022) son una muestra de ello.

      Pero hay mucho más. La prensa europea y la estadounidense acusaron a Putin de ordenar eliminar a rivales políticos (Navalni). También a periodistas opositores y a ex agentes de inteligencia que sabían demasiado y podían hablar. Como Litvinenko, exiliado que vivía en Londres quien murió consumido por el polonio-210 radiactivo que agregaron a su té.

      En Estados Unidos, los demócratas señalaron al gobierno ruso como el responsable (con un ejército de hackers) de hacer que en 2016 Trump ganara su primera presidencia. La última operación extraterritorial (conocida) del Kremlin tuvo lugar en Argentina, al financiar un ataque mediático para desprestigiar al gobierno de Milei. Según la investigación de “openDemocracy” (plataforma internacional de medios independientes), lo instrumentó un grupo de tareas ruso llamado “La Compañía”. Lo que refuerza su verosimilitud es que fue publicado por “Página 12”, que no es precisamente un medio libertario.

      Desde lo resultadista fue dinero desperdiciado, porque no desestabilizó al gobierno nacional (de eso se encarga la interna libertaria en la Casa Rosada con una eficacia con la que es imposible competir), pese a que la inversión fue importante. Según “openDemocracy”, 283 mil dólares. Eso es un 15 % más de lo que cuesta convertir en un palacio con cascada de aguas relajantes a una casa de un country promedio (como el “Indio Cua", por ejemplo)

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      Desde hace un cuarto de siglo la prensa occidental viene anunciando el final inminente de Vladimir Putin. Ya sea el político (al ser derrocado por un pueblo harto de ser oprimido) o el físico (aseguraban que padecía un cáncer terminal fulminante). Nada de eso ocurrió.

      Desde que Putin maneja Rusia, por la Casa Blanca pasaron cinco presidentes: Clinton, Bush hijo (2 mandatos); Obama (2 períodos); Trump (2 mandatos, en este caso alternados) y Biden. Y, -salvo que la muerte disponga lo contrario-, Vladimir verá desfilar a más presidentes estadounidenses mientras él continuará en el Kremlin, porque con la reforma constitucional se aseguró el marco legal que le permite seguir en el cargo hasta 2036.

      Cuando la ley le impedía perpetuarse como presidente, Putin hizo la lógica para quienes tienen el poder total: “poner un títere en la presidencia y él seguir mandando como primer ministro”. Ese chirolita fue Dimitri Medveded, quien estuvo como segundo de Vladimir hasta hace poco. Cuando empezó a ser un estorbo por declaraciones inconvenientes, Putin le creó un cargo y en su lugar puso a Mijaíl Mishustin, vinculado al poder de las tecnológicas rusas (el “Círculo Negro” está en todos lados).

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      Durante la presidencia de Biden, Europa sintió que el apoyo del gobierno de EE.UU, -el peso pesado militar de la OTAN-, le daba la fuerza necesaria para avanzar con su cruzada ante Rusia y buscó sumar a Ucrania. Lo que implicaba poner el armamento de esa poderosa alianza militar en la frontera con Rusia. La respuesta de Putin fue la segunda acción de guerra contra los ucranianos el 24 de febrero de 2022. Como represalia la Unión Europea sancionó de todas las formas posibles al gobierno ruso. Lo mismo hizo Estados Unidos.

      Rusia soportó el embate hasta que a la Casa Blanca volvió Donald Trump, -socio de negociados geopolíticos con Putin-. Ahí a Europa se le quemaron los papeles, porque Trump lo que menos quiere es enfrentarse con el único que en el planeta tiene un poder nuclear equivalente al suyo (e incluso algo superior).

      Para demostrar que ese potencial destructivo los convierte en los dueños del destino del mundo, Donald y Vladimir empezaron a pactar a la vista de todos. En la opereta de la cumbre de Alaska cambiaron figuritas sobre la toma de Venezuela y la amenaza a Groenlandia para disminuir la presencia militar europea en Ucrania.

      Ya este año, Putin negocia (soterradamente) con Irán y con Estados Unidos sobre la guerra en Medio Oriente. Dicen que el ruso fue quien convenció a Trump de no invadir a Irán, cuya respuesta hubiera sido destruir los puertos y las refinerías de los otros países productores de petróleo de la región. Eso hubiera provocado elevar del 25 % al 50 % el desabastecimiento mundial de crudo, generando una crisis económica global sin precedentes. Si no lo han hecho ya, es muy probable que en el corto plazo Donald y Vladimir acuerden algo parecido a lo del 3 de enero, en este caso siendo moneda de cambio la definición sobre la anexión rusa de territorios en Ucrania y con Cuba volviendo a la órbita de Washington.

      Desde que Trump regresó al salón oval de la Casa Blanca a Putin se le fueron resolviendo varios (gigantescos) problemas. En lo militar con lo antes citado sobre Ucrania y Groenlandia y en lo comercial con el levantamiento de sanciones (sobre todo la del petróleo) por su incursión bélica en tierra ucraniana. Con la guerra en Medio Oriente, Vladimir está facturando miles y miles de millones de dólares. Los mismos que Donald pierde por comprar la agenda bélica del primer ministro israelí Netanyahu.

      La última del dúo que negocia sobre el destino de nuestra especie se dio con la parada militar en Moscú por el “Día de la Victoria” ante Hitler en la Segunda Guerra Mundial (aunque sobre eso no abundan los libros y las películas, a la ciudad de Berlín, -sede del poder nazi-, la tomó el ejército soviético).

      A Putin le preocupaba que esa celebración nacionalista, -en un ámbito a donde los drones ucranianos pueden llegar-, pudiera convertirse en un blanco que de ser atacado lo dejaría mal parado ante el mundo. El que le resolvió el problema fue Trump, al declarar un cese al fuego entre ucranianos y rusos por tres días. Eso le permitió a Putin encabezar en Moscú con total normalidad el acto patriótico.

      Rusia (y cuando era la URSS aún más) siempre tuvo excelentes ajedrecistas. Los hechos muestran que desde fines del siglo pasado, quien mejor jugó al ajedrez geopolítico mundial fue y es Vladimir Putin.

      Seguramente para desviar la atención sobre el empantanamiento militar en Irán y el desastre que esa guerra provoca en la economía estadounidense, el Pentágono sacó de la galera un recurso distractivo: “desclasificó archivos sobre Objetos Voladores No Identificados (fotos, vídeos y documentos que hasta ahora eran secretos)”. Fue algo que anunció el propio Trump a fines del año pasado y que después se frenó por la operación extractiva de Maduro en Venezuela y luego por lo de Irán (cuando en la Casa Blanca estaban seguros que a esa guerra la ganaban en dos semanas).

      Sobre la vida alienígena (y sus posibles incursiones en el planeta e interacciones con nuestra especie) hay creyentes y detractores. Cada grupo defendiendo su posición con argumentos que ellos entienden como sólidos. Aunque la película “E.T.” me encantó, -tiene un mensaje de empatía con el diferente y de ayuda al prójimo en problemas muy edificante-, no es sobre eso a lo que se refiere mi última pregunta.

      ¿La siguiente cumbre entre los presidentes de Rusia y de Estados Unidos (probablemente este año) volverá a reunir a Vladimir y a Donald, o será entre Putin y J.D. Vance?

       

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