“Lo más valioso es que alguien tenga una nueva oportunidad de vida”
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Agustín Rubiños contó en primera persona cómo vivió la experiencia del pasado 24 de junio, cuando en un vuelo sanitario se trasladó a un paciente pediátrico. “Fue el resultado de más de diez años de esfuerzo”, señaló a este diario el joven oriundo de Copetonas, quien hoy forma parte de la Dirección Provincial de Aeronáutica
El pasado 24 de junio, Agustín Rubiños volvió a pisar suelo tresarroyense en una circunstancia muy especial. Ese día, que recordará por siempre, integró la tripulación de un vuelo sanitario pediátrico. “Fue todo muy rápido. La organización se dio en pocas horas y me tocó volar. Al principio no caía, fue como automático. Pero con los días fui tomando conciencia de lo que había logrado. Fue el resultado de más de 10 años de esfuerzo. Lo soñé muchas veces y por fin lo viví”, contó el joven nacido en Copetonas.
Si bien ese vuelo significó un antes y un después en su carrera, Agustín, aunque parezca contradictorio teniendo en cuenta su profesión y pasión, mantiene los pies sobre la tierra. “Fue una mezcla de sensaciones. Sentí alegría, orgullo y también algo de tristeza, porque íbamos a buscar un paciente que necesitaba atención urgente. Pero nuestra misión es esa: ayudar. No sentí presión, al contrario. Lo viví con tranquilidad. No estaba nervioso, sentía que estaba en el lugar correcto”, describió Rubiños al ser consultado sobre cómo vivió la experiencia.
Agustín cuenta que la vocación por volar apareció desde muy chico. “Tendría 12 o 13 años cuando vi una foto de un tío abuelo que fue piloto de aerolínea. Ya me interesaban los aviones, pero eso me marcó. Empecé a comprar revistas, libros y a usar un simulador re viejo, pero que para mí era todo”, recordó el joven.
Fue su familia la que lo acompañó en sus primeros pasos: lo llevaron a hacer un vuelo de planeador, y ahí terminó de convencerse. “Ese día dije ‘esto es para mí’”, indicó.

En su adolescencia, Agustín no se despegaba de las revistas de aviación ni de los libros técnicos. A los 17 años comenzó el curso de piloto privado en el Aero Club con el instructor Miguel Larriestra. Mientras tanto, trabajaba tapando pozos en la pista, lavando aviones y haciendo changas, algo que lo mencionó con total orgullo. “El Aero Club fue como una segunda casa. Me ayudaron muchísimo. Me daban laburo, me prestaban aviones para lavar, me dejaban volar vuelos de bautismo para sumar horas. Todo suma en esta carrera”, destacó.
Agustín Rubiños fue jefe del Aeródromo de Tres Arroyos desde 2018 hasta los primeros días de julio de 2024, dejando un grato recuerdo. Previo a ocupar el cargo que hoy desempeña Marina Lara, supo ayudar durante cinco años a Pedro Hernadorena, quien estuvo allí antes que él.
La posibilidad de trabajar en la Dirección Provincial de Aeronáutica surgió cuando se abrió una convocatoria para incorporar personal. “Yo ya venía trabajando como piloto privado, todavía no tenía la licencia de piloto comercial, así que entré como radioperador, que es el que coordina vuelos, habla con las pistas, organiza todo. Es un rol fundamental y al mismo tiempo estoy comenzando a adaptarme a las aeronaves, como parte del proceso para volar dentro de la Dirección”, manifestó Agustín.
Hoy, el piloto combina ambas funciones: la coordinación técnica de los vuelos y la formación para convertirse en piloto sanitario fijo. “Es una etapa de transición. Ya estoy volando como segundo piloto en algunas misiones, como la que hicimos a Tres Arroyos. Mi comandante fue Daniel Cappa. Ellos me están formando, me enseñan, me acompañan. El ambiente de trabajo es increíble, muy humano. Nos apoyamos entre todos, somos como una familia”, valoró.

Todo llega
Agustín nació en Copetonas, tiene 33 años y desde siempre la peleó de “abajo”. “La carrera de piloto es sacrificada. Más si uno reside lejos de Buenos Aires, donde están las escuelas más completas, las oportunidades laborales. Yo soy de Copetonas, un pueblo chiquito. Pero si uno tiene ganas, y encuentra buena gente en el camino, se puede”.
En su recorrido, tuvo el apoyo de muchas personas y lo destacó. “A veces uno cree que está solo, pero no es así. Siempre hay alguien que te da una mano, una oportunidad. Yo tuve mucha suerte, pero también puse mucha dedicación. Trabajé de lo que sea, lavé aviones, hice changas, estudié por mi cuenta. Hubo momentos duros, donde parecía que no llegaba nunca, que no iba a juntar las horas necesarias. Pero todo llega”, sostuvo.
Y agregó: “Esto no es solo mío. Es el resultado del esfuerzo de mucha gente que me acompañó, me apoyó y confió en mí. Desde mi familia hasta los compañeros del Aeródromo. Es un logro colectivo, un granito de arena de cada uno”.
En sus consideraciones, Rubiños afirmó que está en el lugar que siempre soñó. “No me interesa volar en línea comercial. Mi objetivo siempre fue ayudar. Acá hacemos vuelos sanitarios, traslados de pacientes, incluso para el Incucai. Ayudar a que alguien tenga una nueva oportunidad de vida es lo más valioso que me puede dar esta profesión”, dijo.
En el cierre, dejó un mensaje para quienes están empezando en la profesión, pero que puede aplicarse en todos los aspectos de la vida. “No hay que bajar los brazos. A veces parece que no se puede, pero se puede. Hay que ser resiliente, estar preparado para los altibajos y no rendirse. La perseverancia tiene recompensa. A algunos les llega antes, a otros después, pero siempre llega. Si yo pude, saliendo de un pueblito como Copetonas, cualquiera puede”.
