La lejana, y a su vez, muy cercana Escuela 287 de Misiones
Un artículo de Pilar Domínguez, alumna de sexto año de la Escuela Secundaria 2 que formó parte del reciente viaje a Paraje Giachino. Su experiencia durante la iniciativa de Huellas Solidarias. Pilar está realizando una pasantía en La Voz del Pueblo
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Llegó el domingo y partimos, estaba muy nerviosa durante el viaje pensando en cómo iban a recibirnos, cómo nos iban a tratar, cómo iba a pasar tantos días fuera de mi casa. El viaje fue eterno, hasta que llegamos y vimos cómo el director, el profesor y el que manejaba el camioncito, nos recibían. Caminamos unos cuantos metros en subidas y bajadas hasta la escuela y ahí estaban los chicos saludándonos con sus caritas de contentos, las madres presentes en el acto que nos hicieron y ahí cantamos el himno nacional, la Misionerita y una canción que nos habían hecho para nosotros.
Nos recibieron con una comida que fue el locro, después bajamos las donaciones y nos llevaron en el camioncito a ver las codornices que cuidaba un hombre en su casa.
Más tarde, fuimos a la plantación de tabaco, vimos cómo es el sembrado de la planta y estuvimos en un galpón donde lo dejan secar. Allí comimos caña de azúcar y tomamos su jugo. Luego Susana, una de las dueñas del lugar, nos recibió en el patio de su casa para comer tortas fritas, dulces y queso que vende ella en la feria.
El segundo día fuimos al Salto Central que queda en medio de la selva, donde nos bañamos y de comer nos dieron salchichas de Brasil.
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Cuando llegamos a la escuela nos esperaban con una fogata y comidas típicas de su cultura que fue el revido con porotos negros y guiso de arroz con pollo. Esa noche conocí a Caro una nena de 6 años, muy buena y bonita, y jugamos a las escondidas en el patio de la escuela.
El tercer día conocimos las Cataratas del Iguazú, donde anduvimos en un trencito, vimos como los monos y los coatí se robaban la comida de las personas. Hicimos solo una parte del recorrido porque la Garganta del Diablo estaba cerrada.
El cuarto día estuvimos en la escuela terminando un mural y el director convocó a todas las familias para comer todos juntos en el galpón que hay al lado de la escuela. Cuando terminamos de comer les entregamos una caja llena de cosas que representan a Tres Arroyos, trigo, tierra negra, entre otras. Los chicos se sorprendían con la tierra negra que tenemos acá. Al rato fuimos a jugar todos juntos a la pelota, nos mojamos y anduvimos a caballo. Todo ese día jugamos con Caro, con quien nos habíamos encariñado.
Cuando llegó la hora de despedirnos, no lo queríamos hacer, entonces le prometí que cuando volviera la iba a visitar y la mamá estuvo de acuerdo. Me dijo que cuando vuelva podía ir a su casa. Esa noche fue la última y no nos queríamos volver a casa.
Acostada, pensado, con las chicas compañeras de viaje, en todo lo que vivimos esa semana, durmiendo en las aulas, bañándonos en los baños del colegio, conociéndonos entre nosotros, aunque, vamos todos a la misma escuela y nos vemos todos los días, en este viaje pudimos relacionarnos de otro modo y ser amigos de los que menos pensábamos.
Llego el viernes y a las seis de la mañana estábamos partiendo a Yapeyú, donde conocimos la infancia de San Martin, pudimos andar en caballo y conocer las piezas del traje del granadero. Ahí cenamos y volvimos a casa.

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