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      La Isla: una aventura de jóvenes emprendedores en el Claromecó del ‘75

      28 de diciembre de 2024 | 19:05
      La Isla: una aventura de jóvenes emprendedores en el Claromecó del ‘75
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      Su historia salió a la luz en estos días, después que fuera descartada la posibilidad de llevar allí ‘la nocturnidad’ para ésta temporada. Uno de los impulsores del excamping contó cómo fue su breve historia  

      Por Fernando Catalano

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      En 1975 tres jóvenes emprendedores de Claromecó se embarcaron en una aventura que, aunque breve, dejó una huella en la historia turística de la localidad.

      Una reciente propuesta –ya descartada- para trasladar allí cerca un emprendimiento para la nocturnidad durante la temporada de verano, rescató el recuerdo de uno de sus protagonistas.

      Hugo Cortés, junto a sus amigos de entonces Mario Borcano y Tachi Viñes, todos veinteañeros, decidieron crear un nuevo camping en un área poco explorada del balneario.   

      La idea surgió cuando se conoció que el concesionario de entonces Luis Schwab no renovaría la concesión del camping de Dunamar. Inicialmente Cortés y Borcano pensaron en hacerse cargo de esa concesión, pero se les adelantó otro empresario de apellido Farina.

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      Lejos de desanimarse esta situación los impulsó a buscar un nuevo espacio para desarrollar su propio proyecto. Fue entonces cuando Tachi Viñes, cuya familia política (Cier) era propietaria de terrenos a lo largo del arroyo Claromecó, se unió al proyecto y les propuso buscar un lugar en esas tierras.

      Después de recorrer la costa del arroyo encontraron un sitio que les llamó la atención, y era conocido como “la isla”, un terreno que en el pasado había estado rodeado de agua del arroyo por ambos lados.

      “Cuando lo conocimos, ya estaba pegado a la tierra, pero era conocido como ‘La Isla’. Inclusive profundizamos la zanja que había por donde había circulado el agua en un momento, y le hicimos un puente de entrada para que quedara aislado”, contó Cortés.

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      Con el permiso de la familia Viñes obtuvo una ‘concesión’ por diez años para usar el terreno. Los tres formaron una sociedad de hecho y se lanzaron a la construcción del camping con los materiales que tenían a mano.

      Cortés recordó que “tenía un montón de materiales, techo incluido, para hacer un galpón o un taller, y él (por Borcano)  también tenía una pila de materiales para hacer el garaje de la casa”.

      El desafío era enorme. No solo debían construir las instalaciones desde cero, sino que también tenían que hacerlo en tiempo récord, ya que era septiembre u octubre y la temporada de verano estaba a la vuelta de la esquina.

      “En tiempo récord levantamos el cuerpo de baños y hasta una proveeduría hicimos”, contó Cortés. Uno de los mayores obstáculos fue la falta de electricidad en la zona. Para solucionarlo, tuvieron que instalar un grupo electrógeno propio; y a pesar de todas las dificultades, lograron abrir el camping en los primeros días de enero de 1976.

      La primera temporada fue modesta en términos económicos, pero el camping comenzó a darse a conocer. “La gente (estaba) contenta con el camping, era un lugar pintoresco”, recordó Cortés.

      Sin embargo el sueño se vio truncado cuando al finalizar la temporada, apareció Eduardo Bellocq, un abogado descendiente de la familia Bellocq, reclamando la propiedad del terreno, apuntó el también integrante histórico del Museo Regional Aníbal Paz.

      Aunque la familia Viñes desestimó inicialmente el reclamo, meses después un abogado de Tres Arroyos confirmó la validez de la demanda de Bellocq.

      Ante esta situación legal incierta, Cortés decidió retirarse del proyecto para evitar problemas mientras que la familia de Tachi Viñes se negaba a reconocer la propiedad de Bellocq. “Prácticamente abandonamos todo”, dijo Cortés mientras se lamentaba.

      Irónicamente años después se descubrió que ni Bellocq ni la familia Viñes eran realmente propietarios del terreno. Al haber sido una isla en el pasado, la parcela no estaba incluida en los planos originales de Claromecó y, por lo tanto, no tenía dueño legal en ese momento.

      Fue así que el proyecto del camping La Isla duró solo una temporada, pero dejó una marca en la historia de Claromecó y en la vida de sus fundadores.

      “Fue una locura”, reflexionó Cortés. “Me arrepentí muchos años de haberme metido en semejante despelote, pero hoy en día lo aprecio de otra manera. Fue una experiencia”.

      Para reseñar brevemente ésta historia también pudimos hablar con Alberto Cier, hijo de ‘Toti’, integrante de una familia histórica de Claromecó, que aportó información sobre el lote en donde se emplazó aquel camping, y que fue sugerido durante la semana que pasó para llevar allí un emprendimiento nocturno.

      Cier explicó que La Isla carece de nomenclatura catastral y, por lo tanto, no tiene un propietario formalmente reconocido.

      “No existe para la provincia, no tiene documentación. Nosotros hemos hecho uso del terreno por anexión, al ser lindero a nuestras quintas”, afirmó.

      Dijo además que hace cuatro años inició los trámites correspondientes ante la Autoridad del Agua (ADA) y el organismo de Geodesia para incorporar el terreno a las propiedades de su familia.

      Respecto a los planes para llevar allí un emprendimiento de nocturnidad, Cier señaló que el intendente de Tres Arroyos Pablo Garate le aclaró que el espacio proyectado no era precisamente sobre La Isla, sino sobre un terreno lindante, ubicado entre la entrada del Paseo de Las Siete Cascadas y el arroyo.

      Sin embargo advirtió que ese sector representa riesgos, como en La Isla. “Es un lugar peligroso, con barrancas y vegetación densa, que podría complicar cualquier actividad nocturna, especialmente en términos de seguridad”, comentó.

      Gentileza de Fermín Massigoge que retrata La Isla en los años 50′, en blanco y negro
      Hugo Cortés
      Alberto Cier
      Sin agua del arroyo que la rodee, así se ve hoy La Isla. Gentileza de Mary Souto

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