¿Habrá pasado Darwin por Tres Arroyos?
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Es una posibilidad. Por el momento, imaginemos al naturalista inglés cabalgando la pampa como un gaucho, siguiendo las huellas de las carretas en el barro o de alguna rastrillada dejada por los indios. Veámoslo cruzar arroyos y bañados
Por Luis Pablo Richelme
Es septiembre de 1833, año infausto para la Argentina: el 3 de enero los británicos habían invadido las Islas Malvinas y en lo interno se profundizaba la guerra civil entre federales y unitarios.
¿Sabría Darwin de las andanzas de sus compatriotas más rapaces? En sus obras nada dice aunque sí menciona a las islas. De hecho, un año después las recorrerá.
Lo cierto es que en ese entonces el científico tenía 22 años y sólo venía a investigar y explorar. Encarnó al naturalista viajero del siglo XIX que al mismo tiempo era geólogo, arqueólogo, etnógrafo, botánico e historiador.
Es conocido su paso por nuestro país hasta los lugares más recónditos como la isla de Tierra del Fuego o internándose en los ríos de la Patagonia a bordo de su embarcación, el Beagle. También anduvo por el Litoral en la provincia de Santa Fe realizando estudios zoológicos. Un lustro duró su viaje por el mundo, casi un año permaneció en nuestro país. Posteriormente, cruzó los Andes desde Chile para realizar exploraciones geológicas y paleontológicas en Mendoza.
Menos conocido resulta su paso por la provincia de Buenos Aires y la visita que realizara al mismísimo Juan Manuel de Rosas en su campamento a orillas del río Colorado. En abril de ese año el Brigadier había iniciado la expedición al desierto y en 1835, asumiría la Gobernación de la Provincia con la suma del poder. La anécdota la recuerda María Kodama en el libro “La Divisa Punzó” que poco antes de morir escribió en coautoría con a la abogada Claudia Farías Gómez.
Charles Darwin se refiere a nuestro país en ocho de los veintiún capítulos de su “Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo”.
Escuchemos su propio relato: “El campamento del general Rosas estaba cerca del río. Consistía en un cuadrado formado por carros, artillería, chozas de paja, etcétera… Pedí ver al secretario para presentarle mi pasaporte… El general Rosas insinuó que deseaba verme, de lo que me alegré mucho. Es un hombre de extraordinario carácter y ejerce en el país una avasalladora influencia, que parece probable ha de emplear en favorecer la prosperidad y adelanto del mismo”.
Luego del encuentro, navegó junto al capitán Fitz Roy hasta Bahía Blanca, y acá viene lo más importante, porque al arribar a esa localidad solicitó permiso para seguir a caballo el trayecto hasta Buenos Aires (ya contaba con el pasaporte que le había otorgado Rosas).
He aquí la crónica de esos días: “17 de septiembre. Seguimos el curso del rio Tapalguen a través de una campiña fertilísima, hasta la novena posta. El poblado de Tapalguen lo forman un conjunto de toldos o chozas indias en forma de horno, diseminadas en una llanura perfectamente horizontal, hasta donde puede alcanzar la vista. Las familias de los indios que peleaban al lado de Rosas residen aquí. Encontramos y dejamos a nuestras espaldas a varias jóvenes indias montando dos o tres juntas en el mismo caballo”.
“18 de septiembre. Dormimos en una de las grandes estancias del general Rosas. Estaba fortificada y era tan extensa, que me hizo creer, en medio de la oscuridad reinante, que era una ciudad protegida por una fortaleza”.
Al día siguiente dejan atrás la Guardia del Monte: “bella población de caserío disperso, con numerosos jardines llenos de durazneros y membrilleros. Mientras tomábamos caballos de refresco en la Guardia muchas personas nos acosaron a preguntas sobre el ejército. No he visto nada parecido al entusiasmo por Rosas y el éxito de la ‘más justa de las guerras porque se hace contra los bárbaros’. Esta expresión -fuerza confesarlo- se halla perfectamente justificada, pues hasta hace poco ni hombre ni mujer ni caballo estaban libres de los ataques de los indios.
Por la tarde cayó una copiosa lluvia; al llegar a una casa de postas nos dijo el dueño que si no teníamos pasaporte regular debíamos seguir nuestro camino, pues los ladrones abundaban de tal modo, que no era posible fiarse de nadie. Pero cuando leyó mi pasaporte que empezaba: “El naturalista don Carlos”, su respeto y cortesía ilimitados corrieron parejos. En cuanto a lo que pudiera ser un naturalista, sospecho que ni él ni sus paisanos tenían la menor idea, pero no por eso perdió mi título un adarme de su valor”.
Más allá del tono humorístico o sarcástico del último párrafo, lo importante para nuestro interés es que por el recorrido que efectuó Darwin podemos aventurar que si siguió el curso del arroyo Tapalqué que nace en el Partido de Benito Juárez y emprendió el camino de postas a través de la línea de fortines, es probable que antes haya pasado cerca de los pagos de Tres Arroyos y por los actuales Partidos de González Chaves, Azul, Juárez y Las Flores hasta llegar a la estancia de Rosas en San Miguel del Monte
Es cierto que también pudo haber efectuado el trayecto en forma más directa sin desviarse hacia el este, que atravesara los actuales partidos de Coronel Pringles, Laprida y Olavarría hasta Tapalqué. Nada sabemos con exactitud. La única pista que da el viajero acerca de su recorrido es cuando describe una línea de sierras y llanuras que ve antes de llegar al arroyo.
Sea como sea, en cualquiera de las dos variantes debemos recordar que el territorio bonaerense al sur del río Salado estaba aún dominado por los originarios. Y si bien, como nos recuerda Manuel Gálvez en su obra “Vida de Juan Manuel de Rosas”, había indios amigos y aliados como los caciques Catriel, Cachul y Cañuepán, también los había rebeldes que confrontaban con los winkas asolando poblaciones y campos.
A este respecto cuenta el mismo Darwin: “Aun en tiempo de Falconer [un explorador jesuita del siglo XVIII] los indios hicieron incursiones hasta Luxán, Areco y Arrecife; pero al presente han sido arrojados allende el Salado. Además de haber sido exterminadas tribus enteras, los indios restantes se han hecho más bárbaros, y en lugar de vivir en grandes poblados y de emplearse en las artes de la pesca y la caza vagan ahora por las llanuras descubiertas, sin casa ni ocupación fija”.
Luego de su experiencia en las pampas surcaría el Estrecho de Magallanes para internarse en el Pacífico recalando en Chile y las islas Galápagos donde terminó de pergeñar la teoría evolucionista por medio de la selección natural de las especies que lo catapultó a la fama y que en 1859 plasmó en su obra cumbre: “El Origen de las Especies”.
(*) El autor es tresarroyense
