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Cada vez que alguien me pregunta a qué me dedico, respondo que soy asesor financiero. Pero con el paso del tiempo entendí que mi profesión representa mucho más que un trabajo. Es una forma de participar, aunque sea en una pequeña medida, del desarrollo económico de un país y del mundo.
Durante muchos años en Argentina se instaló la idea de que el mercado es un problema. Que hablar de empresas, inversiones o ganancias implica beneficiar únicamente a unos pocos. Sin embargo, creo que esa discusión parte de un error: confundir el mercado con los privilegios.
Un mercado sano no consiste en favorecer a los poderosos. Consiste en permitir que millones de personas intercambien libremente aquello que producen, crean o ahorran. Y cuando ese mercado funciona con reglas claras, ocurre algo extraordinario: aparecen los incentivos para innovar.
Las grandes empresas no nacieron siendo grandes. Detrás de cada una hubo alguien que detectó un problema y creyó haber encontrado una solución. Pero una buena idea necesita más que talento y esfuerzo. Necesita combustible. Ese combustible es el capital.
Necesitamos construir una cultura de ahorro e inversión, donde las personas encuentren incentivos para confiar y las empresas herramientas para crecer
Alguien debe confiar en ese proyecto antes de que dé resultados. Ahí aparece uno de los mecanismos más importantes de una economía: el mercado de capitales.
Su función no es hacer más ricos a los ricos. Su verdadera función es conectar a quien tiene capacidad de ahorro con quien tiene una idea para crear valor. Cuando eso sucede, el dinero deja de permanecer inmóvil y comienza a financiar empresas, tecnología, infraestructura, producción y nuevos puestos de trabajo.
Por eso los países con mercados desarrollados suelen crecer de manera más sostenida. No porque el mercado sea perfecto, sino porque permite que el capital llegue a quienes pueden transformarlo en innovación, productividad y empleo.
Creo sinceramente que Argentina atraviesa una oportunidad histórica. Estabilizar la economía es un paso fundamental, pero no suficiente. También necesitamos construir una cultura de ahorro e inversión, donde las personas encuentren incentivos para confiar y las empresas herramientas para crecer.
Ahí encuentro el verdadero sentido de mi profesión.
Mi trabajo consiste en explicar, educar y acompañar para que más personas comprendan cómo funciona el mercado y puedan participar de él con responsabilidad. Sí, vivo de esta actividad, como cualquier profesional vive de su oficio. Pero la mayor satisfacción aparece cuando un ahorrista descubre que invertir también es participar del crecimiento de una empresa.
Porque detrás de cada inversión puede haber una pyme que incorpora maquinaria, una empresa que contrata trabajadores, un emprendimiento que desarrolla una nueva tecnología o un productor que logra expandirse. Del mismo modo, cuando una persona protege el fruto de su trabajo y, con el tiempo, logra comprar su casa, cambiar el auto o vivir con mayor tranquilidad, el mercado también habrá cumplido su función.
Quizás ahí esté la respuesta a la pregunta inicial.
El mercado no es una solución mágica. Ningún sistema lo es. Pero cuando existe competencia, reglas claras, seguridad jurídica y acceso al capital, se convierte en una de las herramientas más poderosas para transformar ideas en oportunidades y crecimiento.
Porque, al final, la riqueza de un país no nace del dinero. Nace de las personas que crean valor cuando encuentran la libertad y los recursos para hacerlo.
Sin mucho más que agregar, un excelente domingo para todos los lectores y por supuesto. ¡¡¡Vamos Argentina!!!
(*) El autor es asesor financiero (Mat 2227)

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