El transporte de Falcone: “una familia grande” que cumplió 46 años
Eduardo y su señora Elena iniciaron esta actividad el 20 de junio de 1980. Años más tarde se incorporaron sus hijos mellizos Javier y Patricia. Lo que nació como transporte escolar, se fue extendiendo y diversificando. También alquilaron La Barraca, donde construyeron las piletas y protagonizaron una etapa inolvidable de la colonia de verano. El apoyo mutuo, clave para consolidar la trayectoria
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Por Alejandro Vis
Sobre la mesa de la casa de Eduardo Falcone y su señora Elena González, están distribuidas fotografías que reflejan las numerosas experiencias con el transporte escolar. Si bien todas son testimonios valiosos de la tarea, sobresale una imagen: fue tomada en los inicios de este servicio en 1980 y se observa a los hermanos mellizos Javier y Patricia de guardapolvo blanco, parados sobre el paragolpes delantero de un colectivo Mercedes, el primero que tuvo Eduardo.
El 20 de junio, hace quince días, cumplieron 46 años en esta actividad. En 1980, Javier y Patricia asistían a primer grado en la Escuela 3, nacieron el 22 de agosto de 1973. Los cuatro conformaron un hogar que se originó un par de años antes, cuando en 1971 se casaron Eduardo y Elena.
Un amigo le ofreció dar continuidad al transporte de alumnos. Eduardo llevaba una década como chofer de camión de empresas, “tres en un camión caja y siete en una unidad tanque”. Recuerda que “me preguntó si me animaba y mi respuesta fue ‘¿cómo no me voy a animar? Coraje es lo que sobra”.
Quien le hizo la propuesta fue Roberto Jeppensen, aunque en realidad el colectivo lo manejaba su esposa Alicia. “Ella no quería continuar. Roberto me dijo ‘no sé el negocio que querés hacer, pero tomá el colectivo. Seguí trabajándolo vos’”.
Separa otra foto y la acerca. Es del casamiento de Karina, hija de Roberto y Alicia, con Juan Ouwerkerk. “A las dos hijas más grandes de ellos las llevé a la Escuela Agropecuaria”, cuenta. Distintas generaciones vinculadas por la amistad y el transporte.
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Eduardo se crió en una quinta de su abuelo ubicada en avenida Caseros y la ruta 3, lugar donde posteriormente funcionó la concesionaria de Mercedes. Elena nació en Coronel Dorrego, vino a Tres Arroyos y “no me fui más -explica-. Cuando éramos muy jóvenes nos pusimos de novios”.
Sus hijos concurrieron al Jardín de Infantes del Colegio Jesús Adolescente. Eduardo y Elena se organizaban con otros padres para llevar a los chicos en vehículos particulares cuando había una salida. Siempre participaban y poco tiempo después se harían cargo de trasladar alumnos ya como una empresa familiar. “No dejamos más”, subrayan con alegría.
El recorrido inicial “prácticamente abarcaba todo el pueblo” porque teníamos alumnos de escuelas de gestión pública y privada, de diversas edades.
Con esfuerzo, anexaron colectivos y combis: “Los primeros pasos, cuando recién empezás, son duros. Después te vas organizando, vas avanzando. Llegamos a tener cuatro colectivos y cuatro combis, todos a full, ninguno parado”.
Ambos se desempeñaron juntos desde el primer día y los chicos cuando crecieron se fueron incorporando. Elena señala que “Javier empezó en un viaje que hizo Eduardo a Mar del Plata, se quedó a trabajar acá. Patricia maneja la combi. Yo también he manejado la combi, pero el colectivo no”.
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En cada comunidad educativa, la actividad era intensa. “Los mismos directores te organizaban los viajes de egresados para los chicos”, indica Elena.
Viajaban a campamentos en Claromecó, Reta y Balneario Orense; por salidas educativas de alumnos a empresas; al Parque Cabañas; así como a muchos destinos fuera de nuestro distrito. Por citar un caso, llevaron a estudiantes a observar y colaborar con la limpieza de pingüinos empetrolados en la zona de Puerto Madryn, provincia de Chubut.
Lo que comenzó como transporte escolar luego se expandió con el servicio a clubes, iglesias, otras instituciones y particulares. “Ibamos a Tandil en Semana Santa; República de los Niños y La Plata; Mundo Marino y Mar del Plata; a las universidades”, dicen al mencionar algunos ejemplos.
Eduardo hace referencia a “chicos que habían egresado del Secundario y los llevábamos para que se instalaran en un departamentito en la ciudad donde tenían previsto estudiar una carrera. No se olvidan”.
En forma previa al inicio de clases, viajaban a Mar del Plata con vecinos interesados en realizar compras. “No había grandes supermercados en Tres Arroyos. Traían de todo, también blocks de hojas para sus hijos, entre otros productos”, comenta.
Otra propuesta consistía en una excursión de pesca al río Quequén Salado, oportunidad en la cual “los chicos pescaban en la zona de Cueva del Tigre”.
Una inversión muy importante en los primeros años de la década del ‘90 se produjo con la instalación de Maltería Quilmes en el Parque Industrial. “Al personal que estaba en la obra los llevaba y los traía. Provenían de Corrientes. Un sábado o domingo que no trabajaban los llevábamos a conocer Mar del Plata, Necochea, Monte Hermoso”, relata.
Una posibilidad novedosa para “gente grande que no conocía la playa y el mar”. Del mismo modo, habla de “los operarios bolivianos que construyeron una planta de acopio de cereal en Barrow. El capataz paraguayo me dijo ‘vamos a organizar un viaje para que los muchachos vayan a la playa’ y un fin de semana fuimos a Claromecó”.
Las vivencias surgen en la memoria de Eduardo. “Cuando Boca anduvo bien, que estaba Carlos Bianchi de técnico y jugaban tres veces por semana, viajábamos a llevar gente al partido. Terminaba el recorrido con los alumnos, subían los simpatizantes, se realizaba el viaje, luego del partido el regreso y al otro día bien temprano se retomaba el transporte escolar”, señala.
Solían también trasladar vecinos a las carreras de Turismo Carretera u organizaban salidas de pesca al dique Paso de las Piedras, en cercanías de Sierra de la Ventana.
Trabajaron con la mayoría de los clubes de la ciudad y la zona. Eduardo describe torneos y viajes, oportunidad en la cual destaca que “Alberto Ruiz Díaz estaba en Costa Sud, daba tenis. Se acercaba para organizar: ‘Hemos ido con él a Tandil, Olavarría, Azul, Bahía Blanca, se llenaba un colectivo. Eramos muy amigos”.
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Otro proyecto que llevaron adelante fue la colonia de verano en La Barraca, con muy buenos resultados. “Primero trasladábamos los chicos que iban a una colonia que tenían Roberto ‘Toli’ Andreasen y Mario Oviedo en la quinta del Sindicato de Luz y Fuerza. Luego se presentó la oportunidad de alquilar La Barraca, nos gustó el lugar”, sostiene Eduardo.
No obstante, había mucho por hacer. “El patio era un yuyal, tuvimos que poner máquinas grandes para limpiar todo y realizar los pozos, las piletas las hicimos nosotros. Fue necesario pintar, instalar de nuevo el agua, que venía desde calle Mitre y llegaba apenas un chorrito, no tenía tanque. También toda la parte eléctrica”.
Como intendente se encontraba Carlos Aprile, quien se puso a disposición. “Su respuesta fue ‘lo que precisamos es que se hagan cosas en Tres Arroyos’”, citan. Así comenzaron con la colonia y la pileta, una labor adicional al transporte.
“Nos turnábamos. A veces yo me levantaba a las cuatro de la mañana para pasar el barrefondo -rememora Eduardo-. Terminábamos tarde a la noche, Patricia se dedicaba mucho a las piletas”.
Elena exclama: “¡Los momentos que pasábamos ahí! Huracán cerraba y los chicos iban a La Barraca a comer papas fritas, hamburguesas, no había problemas con el horario. Se habían formado grupos de familias conocidas, la pasábamos todos muy bien. Teníamos lleno, pero vivíamos ahí, había que dedicarle tiempo al igual que al transporte”.
La clave fue -y lo sigue siendo- el apoyo entre todos los integrantes de la familia, porque “salía uno, quedaba el otro en reemplazo. Los padres abrían la puerta del auto y los chiquitos corrían para ingresar en La Barraca, los iban a buscar después del trabajo. Además teníamos canchas de paddle, squash e incorporamos taekwondo”.
Años más tarde dejaron esta actividad y se hicieron cargo otros concesionarios. Forma parte de las iniciativas que lograron impulsar y que congregaron a muchas familias de Tres Arroyos.
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Actualmente brindan el transporte escolar a los estudiantes de la EATA. La jornada comienza a las 6.30, Eduardo y Elena en un colectivo, Patricia en la combi. En forma paralela, Javier coordina el traslado de personal del Parque Industrial: “hay otros dos colectivos afectados con esa finalidad, para operarios de dos empresas”.
Alrededor de las 17.30, el recorrido escolar finaliza. A veces se presentan imprevistos, como el día de la entrevista, cuando la rotura de un vidrio generó la necesidad de visitar al vidriero hasta avanzada la tarde. “El muchacho que estaba trabajando ahí, al verme me dijo ‘Falcone ¿Te acordás que me llevabas cuando jugaba en Unión? ¿Todavía sigue andando usted? En todos lados encontrás conocidos”.
Su esposa agrega: “Me ven, incluso después de mucho tiempo, y me dicen ¡Hola Elena! Porque uno no cambia tanto. Los chicos ya son grandes”.
Es un vínculo cercano. Cada tanto, Elena cocina gran cantidad de tortas fritas para los alumnos y a veces les dan chupetines, gestos que son expresiones de afecto. “Yo llevo chicos y antes he trasladado a sus padres. Hay una amistad y confianza”, valora Eduardo.
Definen al colectivo como “una familia grande”. Una característica que perdura, más allá del cambio en el contexto y las distintas épocas. “Siempre quise hacer transporte escolar, lo otro se fue agregando. En el verano, llevábamos gente a la playa porque era el medio de vida y la pasábamos lindo -reitera-. Todo lo que se podía hacer se hacía”.
Si se toma en cuenta la década que condujo camiones, Eduardo suma 56 años en la calle. Sonriendo, Elena concluye: “No hay dudas que se divirtió bastante”.

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