El mejor regalo para Julio: Necesitaba un riñón, y la donante fue su esposa
Pudo acceder a un trasplante el 14 de agosto, en el Hospital San Martín de La Plata
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Por Alejandro Vis
El miércoles 8, hace solo tres días, Julio César López cumplió 63 años. Fue realmente especial, porque está disfrutando de un cambio notable en su vida: el 14 de agosto pasado recibió un riñón en un trasplante. La intervención se produjo en el Hospital San Martín de La Plata y quien le donó el órgano fue su esposa María Alejandra Rey. “¡Gracias a Dios!”, exclama Julio en una entrevista en La Voz del Pueblo.
Transcurrió su cumpleaños en La Plata, hacia donde viaja para “hacer el control”. Siente gratitud con su esposa, la familia y con todos quienes lo acompañaron en este proceso. El mejor regalo que recibió es que “todo marcha bien -y reitera- gracias a Dios”.
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Hace aproximadamente cuatro años, Julio comenzó a padecer afecciones renales. “Me atendió el doctor Sebastián Otero -recuerda-. Con medicación fuimos llevando la situación, hasta que llegó un momento en que debía empezar a hacer diálisis sí o sí”.
Significó para él un golpe duro. “No es fácil aceptar la diálisis. Quien nunca se sometió a esta práctica, se encuentra ante un panorama difícil. Me llevó un tiempo darme cuenta que era la manera de alargar mi vida”, señala.
Durante tres años y tres meses, recibió diálisis en el edificio anexo de la Clínica Hispano; mientras que otros siete meses “lo hice en forma peritoneal, en mi casa. A través de Nefra, un servicio de nefrología que se encuentra en Necochea; te dan el líquido y todos los elementos”.
El trasplante era el camino para resolver su problema de salud. “La misma empresa de diálisis te inscribe” para la evaluación previa al trasplante. Julio explica que es importante “moverse, yo tenía amigos y una sobrina que querían dar el riñón, pero no es tan fácil. Te hacen un montón de estudios, debes estar perfecto”.
En primer lugar, concurrió para los análisis Gisela, uno de sus hijos, “salieron unos anticuerpos”, por lo cual no se logró avanzar. Su esposa María Alejandra le dijo entonces “‘yo voy’. No quería molestarla. Viajamos seis veces a La Plata a llevar estudios que le efectuaron en Tres Arroyos, durante un año. Dieron muy bien, faltaba establecer si había compatibilidad. Por ese motivo, volvimos a La Plata y poco después de un mes, nos entregaron el informe confirmando que ella era apta para donarme el riñón”.
Su señora estaba “totalmente decidida” y compartieron “una alegría enorme. Tiene hábitos muy sanos, eso la favoreció mucho. A los cuatro días del trasplante ya hacía una vida normal. Es como si no la hubieran tocado”.
La extracción del riñón a María Alejandra “requirió dos horas y diez minutos”, mientras que la operación a Julio demandó “dos horas y cuarenta minutos”. Sonriendo, relata que “cuando entré a la sala, me dijo el doctor ‘ahí te dejó algo tu señora’. Ya estaba el riñón disponible”.
Se trata de procedimientos habituales en el Hospital San Martín. “Ese día se hicieron cinco trasplantes, cuatro cadavéricos y uno vivo, que era de mi señora y yo”, puntualiza.
Su internación se extendió un poco más porque “se me abrió un poco la zona de la operación, tuve una leve infección. Me dieron antibióticos”. Más allá de este inconveniente, la recuperación es muy positiva.
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Luego de que Julio dejó el Hospital San Martín, ambos se trasladaron al hogar de tránsito ubicado en Ensenada, ciudad que se encuentra en cercanías de La Plata. El hogar pertenece al Cucaiba (Centro Unico Coordinador de Ablación e Implante de la Provincia de Buenos Aires).
“Cuenta con asistencia social, psicóloga, un ambulanciero te lleva a hacer laboratorio, al hospital, la cantidad de veces que sea necesario. Hay un nivel de organización espectacular”, destaca.
Está destinado a pacientes trasplantados, que acceden de manera gratuita. Al describir su funcionamiento, dice que “recibimos almuerzo y cena con postre. Las habitaciones están impecables, la atención es muy buena. En caso de requerirlo, se desempeñan un psicólogo o una psicóloga, junto a otros tipos de apoyo, siempre tenés acompañamiento”.
Allí permanecieron hasta que los plazos para los controles se fueron ampliando, dejó de ser necesario que Julio concurriera muy seguido al hospital. “Cuando el estudio de laboratorio pasó a realizarse una vez por semana, nos vinimos a Tres Arroyos. Ahora vamos una vez cada quince días y el próximo paso es concurrir una vez al mes, hasta que con el tiempo sea una visita trimestral”, afirma.
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El regreso a Tres Arroyos se concretó “después de un mes y tres días”. Su vida es “prácticamente normal”, puede andar en bicicleta, salir a caminar, no tiene mayores impedimentos. “Me cuido con la sal en las comidas y utilizo barbijo preventivamente, por si me encuentro con una persona que esté incubando algo -indica-. Me dan mucha medicación y quedo con las defensas bajas, tengo que cuidarme mucho para evitar dificultades, que el organismo no rechace el riñón”.
Está tomando “alrededor de 16 medicamentos por día. Después a medida que pasa el tiempo, que ya el riñón se va adaptando al cuerpo, te van reduciendo la cantidad”.
Son provistos por el Hospital San Martín, pero Julio tiene la cobertura de IOMA: “Entregué toda la documentación y la obra social dio su aprobación para que pueda recibir los medicamentos en nuestra ciudad. Hasta que esto se concrete, me los brindan porque son indispensables, si no los tomas podes perder el riñón”.
La palabra gracias es un eje de sus apreciaciones. Por la tarea del mencionado centro de salud de La Plata, al que define como “inmenso. Con una atención excelente, los médicos, enfermeras, todo el equipo. Se preocupan, hay un seguimiento muy humano”.
Del mismo modo, hace referencia “al doctor Roberto González que tiene el Centro de Diálisis, al doctor Gustavo Castillo, al doctor Sebastián Otero, el psicólogo, la nutricionista, más el equipo de enfermeras, personal de limpieza, absolutamente todos los integrantes”.
En este sentido, observa que “necesitas mucha contención, que estén con vos, te hablen y apoyen. La diálisis no es fácil, no la aceptas muy bien al principio, hasta que lográs entender que te da vida. Con este tratamiento, si haces todo como corresponde, vivís años; tengo compañeros que lo realizan desde hace 15 o 20 años y la van peleando”.
Elogia a Cucaiba, porque es “una organización tremenda. Impresionante la coordinación y el servicio que dan a los pacientes”.
Al hablar de Nefra, en Necochea, menciona a “la enfermera Paula y el doctor Eugenio. También de primera, estuvieron atentos en las distintas etapas”.
Tiene muy presentes a “los amigos, vecinos. Nos llamaron, enviaron mensajes de WhatsApp para ver si necesitábamos algo, cómo estábamos. No sabes, muchas veces, como agradecerles a tantas personas que se preocupan por uno”.
En La Plata, percibió “en carne propia” que “se están donando más órganos. La gente se va animando, aunque es cierto que hay muchas listas de espera”.
A partir de su experiencia, durante la entrevista subraya finalmente que “es importante animarse. Quien te dona un riñón, por ejemplo, después hace una vida normal. Hay que intentar el trasplante, buscar a la persona compatible”.
Una historia que nació en la infancia
Se conocieron en Ayacucho, donde nació Julio. Fueron amigos, novios y están casados hace más de 39 años
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Cuando eran muy chicos, Julio César López conoció a María Alejandra Rey en Ayacucho. “Ella tenía 8 años y yo 12. Fuimos a la escuela juntos”, señala. Julio nació en Ayacucho, mientras que María Alejandra residió durante algunos años allí por motivos laborales de su padre, que era maestro mayor de obras. “Trabajaba como topógrafo en una empresa y justo armaron el campamento frente a mi casa”, cuenta. Nació una amistad. Julio recuerda que “mis padres (Julio Domingo López, ya fallecido, y Dora Zetola) hicieron un lindo vínculo con mis suegros (Julio Rey, también fallecido, y Esther Sollano)”. María Alejandra retornó a Tres Arroyos con su familia. La amistad siguió, se escribían cartas con Julio. Tuvieron un noviazgo “de casi seis años. Yo seguía en Ayacucho, hasta que decidimos que viajara para que vivamos en la misma ciudad. Nos casamos el 14 de febrero de 1986, el Día de los Enamorados, hace más de 39 años”. Formaron una familia y tuvieron tres hijos: la mayor Natalia, quien falleció cuando era joven; Gisela, de 34 años de edad, y Ariel, de 31. Observa que “hemos afrontado como padres y como familia la enfermedad de Natalia. Después yo estuve muy grave en 2019, con una neumonía bilateral”. Compraron un terreno, hicieron la casa propia y “tenemos un autito”. En esta descripción, Julio valora que “nuestros hijos ya están criados, haciendo su vida, cada uno tiene su familia”. Trabajó en Servicios Urbanos de la Municipalidad y en el Ente Vial rural, hasta la jubilación. Su señora es ama de casa e impulsó “un emprendimiento de empanadas, pizzas”. Además cuida a los dos nietos Jazmín y Giovanni, hijos de Gisela. “Nada va a sacar el dolor por nuestra hija mayor. Pero la llegada de los nietos amortiguó el golpe, es una gran alegría. Nos ayudó para seguir disfrutando de los hijos y de los nietos. Por suerte, los tenemos a todos en Tres Arroyos”, concluye. |

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