El laboreo no resuelve el problema de fondo
Defender la siembra directa no significa simplemente pedir que no se labre. Es invitar a desarrollar sistemas más robustos, capaces de responder a los nuevos desafíos productivos sin perder los atributos que hicieron valiosa a esta tecnología
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La siembra directa no sólo posicionó a la Argentina como líder en prevención de la erosión (reduciendo su riesgo en un 33%), sino que además mejoró la eficiencia en el uso del agua y permitió producir en zonas áridas donde antes era impesado.
Potenciada por la biotecnología y los nuevos conocimientos en técnicas como la fertilización y el manejo de cultivos, la SD habilitó un salto productivo sin precedentes: el país cuadruplicó su producción entre 1970 y 2012, pasando de 20 a 90 - 100 millones de toneladas anuales para los principales cultivos extensivos (mientras la superficie cultivada sólo se duplicó).
A esto se suman beneficios clave en un contexto marcado por el cambio climático, como es el incremento en la captura de carbono en el suelo - comparable en algunos casos a la de la vegetación nativa -, y la reducción en las emisiones GEI.
Frente a este escenario, la REM asegura que concluir que la SD “no funciona” y que la labranza vuelve a ser necesaria, es echar por tierra años de evidencia científica que demuestra que la labranza es una respuesta de corto plazo que no resuelve las causas profundas de esos problemas
Desde Aapresid, el desafío es claro: no se trata solamente de conservar hectáreas bajo SD, sino de generar las condiciones para que la remoción deje de ser la respuesta a problemas que necesitan soluciones de fondo
En el caso de las malezas, estudios liderados por FAUBA y la Universidad de Clemson (USA) en Argentina revelan que las labranzas ocasionales sobre lotes con 20 años de historia en SD no generan diferencias significativas en la riqueza y abundancia de malezas y no son una práctica efectiva para controlar un problema cada vez más complejo, y acentuado por esquemas bajo SD, donde no se aplica mirada sistémica: diversificación e intensificación de rotaciones, monitoreos, diagnósticos, y combinación de herramientas tecnológicas ajustadas a cada ambiente.
En cuanto a compactación, meta-análisis de FAUBA en la Pampa Húmeda revela que las labores subsuperficiales sin inversión como estrategia para mitigar la compactación en profundidad tienen una durabilidad no mayor a 17 meses, y advierte que de no incorporar prácticas preventivas y regenerativas como cultivos de cobertura, rotaciones diversificadas y tránsito controlado, el problema indefectiblemente vuelve.
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Caer en la discusión binaria “siembra directa sí o no”, es postergar una conversación más profunda: ¿qué está haciendo que cada vez más productores necesiten recurrir a la remoción?
Las malezas se adaptaron. Los ambientes se modificaron. La maquinaria aumentó su capacidad y peso. La estructura de costos es diferente. Los esquemas de arrendamiento condicionan decisiones. Las restricciones de uso de determinadas herramientas aparecen en algunos territorios. Y los productores deben tomar decisiones dentro de ese escenario.
Defender la siembra directa no significa simplemente pedir que no se labre. Significa invitar a desarrollar sistemas más robustos, capaces de responder a esas presiones sin perder los atributos que hicieron valiosa a esta tecnología. Sostener los principios del sistema frente a nuevos desafíos productivos.
Responder a estos desafíos exige diagnóstico local, conocimiento, investigación y herramientas adaptadas a cada ambiente. También exige reconocer las restricciones coyunturales que atraviesan las decisiones productivas.
Desde Aapresid, el desafío es claro: no se trata solamente de conservar hectáreas bajo SD, sino de generar las condiciones para que la remoción deje de ser la respuesta a problemas que necesitan soluciones de fondo. Y lo que está en juego no es poco: perder en una campaña un capital que la agricultura argentina tardó décadas en construir.
Aapresid


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