El calvario de ser padres frente al acoso: Cuando el miedo es el compañero
Romina y Pablo son padres de una alumna tresarroyense que sufre acoso escolar. En septiembre pasado recibió un botellazo en la cabeza mientras disfrutaba de la primavera en Claromecó. Cómo viven el dolor y el miedo de cada día con su hija adolescente
:format(webp):quality(40)/https://lavozdelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/04/padres.jpg)
La primavera suele ser sinónimo de celebración, de grupos de adolescentes copando las playas y de la efervescencia propia de la edad. Sin embargo, para Romina y Pablo, el recuerdo de septiembre de 2025 no trae sol ni festejos, sino el sonido seco de un impacto y el terror de lo que pudo ser una tragedia irreversible. Su hija fue agredida con un botellazo en la cabeza mientras disfrutaba de la Fiesta de la Primavera en Claromecó. Fue el azar —o un rodete en el cabello que amortiguó el golpe— lo que evitó una lesión mayor, pero nada pudo frenar la herida invisible que, desde hace meses, sangra en el seno de esta familia tresarroyense.
Esta es la historia de un padecimiento que excede lo escolar. Por estrictos motivos de reserva, este diario mantendrá en el anonimato la identidad de la menor y de la institución educativa en la que se dan los hechos. El objetivo no es señalar un edificio, sino visibilizar el desamparo de los padres ante un fenómeno social que parece no encontrar límites ni respuestas institucionales efectivas.
El origen de la grieta
Lo que comenzó como una amistad terminó en una persecución sistemática. Un conflicto ajeno a las menores detonó la violencia. Romina lo explica con la claridad que da el cansancio: “Nosotros nos juntamos con sus padres para tratar de apaciguar los ánimos y yo opté porque dejen de verse un tiempo. Esta chica se enojó y empezaron los problemas”.
A partir de allí, la vida de la joven se convirtió en un campo de batalla digital y físico. El ciberbullying no dio tregua, cruzando líneas personales que afectan a todo el entorno familiar. “Mi hija empieza a ser atacada muchísimo a través de redes sociales y después ataques cotidianos en la escuela. En redes, hubo insultos y mensajes, mientras que en la escuela, cualquier problema termina con mi hija como blanco. Incluso ha llegado a decir que va a ir a la escuela a matar a todos”, relatan con una angustia que se potencia con los hechos de violencia escolar que recientemente sacudieron al país.
El eco de la tragedia
La noticia de lo ocurrido a fines de marzo en San Cristóbal, Santa Fe, donde la violencia escaló a niveles fatales, fue un espejo donde Romina y Pablo se negaron a mirarse. El miedo dejó de ser una sensación para volverse una decisión: “Me agarró miedo, temor, y directamente le dije que ese día no vaya a clases, porque viendo hasta donde llegó la situación y que nadie puede hacer nada, cuando nosotros lo único que habíamos pedido es que cada una esté en una sala distinta”, confiesa Romina.
La violencia, según describen, no es estática; es un proceso que los directivos no han sabido o podido detener. “La agresividad siempre fue de menor a mayor, hasta hubo alguna pelea a la salida de la escuela. Nosotros nos acercamos a hablar con los directores, pero ellos siempre quieren apaciguar, tratar de que ellas puedan dialogar, entenderse, pero nada de eso ocurrió”.
Para estos padres, la sensación de soledad frente a la institución es total. Sienten que el sistema, en su intento por ser inclusivo o comprensivo con los contextos familiares de los agresores, termina desprotegiendo a la víctima. “Ayuda en la escuela, nunca la recibimos. Siempre nos responden como justificando los problemas que tiene en su familia. Entonces es como que uno tiene que entender”, lamentan.
La vía judicial tampoco ha traído soluciones definitivas. La perimetral otorgada tras el ataque en Claromecó venció en diciembre y la burocracia exige un nuevo hecho de violencia para renovarla. Una paradoja cruel: esperar el golpe para obtener la protección. “Dijeron que iban a hacer una mediación, pero a los padres de la otra chica no les importa nada. Se hizo una reunión con inspectores, la chica nunca se cambió de salón, se minimizó siempre la situación hasta que pasó lo de Claromecó, que fue el límite”.
El presente robado
Hoy, la hija de Romina y Pablo vive una adolescencia recortada. Mientras sus pares planifican salidas, ella permanece en casa por seguridad. “Se perdió los egresos de los amigos. No sabemos qué otra cosa le va a tocar perderse”. En el hogar, el silencio de la incertidumbre lo llena todo. Pablo es tajante sobre el temor que late en la ciudad: “Los chicos ven esas noticias y nosotros pensamos que en Tres Arroyos puede repetirse”.
La lucha hoy es por algo que parece sencillo pero se ha vuelto una quimera: que las dos alumnas cursen en salones diferentes. “La idea nuestra es poder lograr que quede cada una en distintos cursos, pero parece un capricho que la escuela no puede solucionar”. Mientras tanto, el reloj avanza hacia el último año de secundaria, un tiempo que debería ser de despedida y alegría, pero que para ellos es una cuenta regresiva de riesgos.
La pregunta final de Romina queda flotando en el aire, interpelando a autoridades, docentes y a la sociedad entera: “Todavía nos queda un año de clases y, cada vez que va al colegio, no sabés lo que va a pasar. Te pasas todo el día pensando lo que puede pasarle. Si a mi hija le pasa algo, ¿quién va a ser el responsable?”.

Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión