El arte salva
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Luis Alvarado es un ex combatiente de Malvinas que dedicó su vida profesional post-guerra a las artes y el diseño. Desde hace muchos años vive en Ciudad de México, pero sigue volviendo a Tres Arroyos para visitar a su familia. En estos días, presentó por primera vez en la ciudad una muestra de su autoría, en el cierre de Malvinas Siempre invitado por Rosana Greco y Carlos Molfese. En una extensa y cálida entrevista con La Voz del Pueblo, Luis habló de su vida tras la guerra, de los recuerdos de la misma y cómo el arte fue guiando su camino hasta la actualidad
Estar en una guerra deja huellas, marcas, cicatrices… a veces físicas, pero en la mayoría de los casos, quedan en la mente. Pero afortunadamente muchos de los ex combatientes de Malvinas han decidido tomar otro rumbo en ese camino, dejando aquellos recuerdos en sepia atrás y empezando a buscar su propia vida y tomando sus propias decisiones.
Ese quizás fue el primer paso fundamental para la sanación de Luis Alvarado, un tresarroyense que con 18 años le “tocó” Malvinas, “porque es así, te toca”. Ese fue el primer cambio importante en su vida, aunque luego de la guerra siguieron otros cuantos más… Pasó a vivir a La Plata a estudiar Diseño y Comunicación Visual y Artes Plásticas; luego el tiempo lo llevó a México, donde finalmente pudo establecerse y desarrollarse profesionalmente.
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Pero siempre retorna a su ciudad de origen, donde vive su padre Carlos Alvarado, su hermana y sus dos sobrinos. Y hace algunas semanas que se encuentra aquí disfrutando de un tiempo en familia. Aprovechando la ocasión, trajo una muestra en conjunto con el artista Jean-René Maendly Díaz, que presentó en el cierre de Malvinas Siempre con Rosana Greco y Carlos Molfese, con una charla amena de por medio en la que contó su experiencia en la guerra.
Y también aprovechando que él estaba en la ciudad, La Voz del Pueblo tuvo una extensa charla con Luis, en la que dialogó sobre su vida en México, su paso por Malvinas y la manera en que el arte lo fue guiando en este camino de sanación.
-¿Cómo fue tu retorno de Malvinas?
-A partir de ahí empecé a buscar qué iba a hacer de mi vida porque, la sensación que tuve, es que me sentía como que te podían llevar y traer como querían. Eso me marcó mucho y tenía ganas de hacer otra cosa, de buscar qué me gustaba, hacer mi propio camino. Vivimos experiencias duras; yo estaba en el aeropuerto, donde cargábamos unos cañones antiaéreos que se rompían muy seguido. El mayor problema nuestro fue la desorganización. No había radar, entonces de repente nosotros mismos nos convertíamos en radares e íbamos a los cerros a ver qué venía… después estuvimos prisioneros de los ingleses.
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La vuelta y el regreso a casa, significó un cambio de dinámica familiar… a partir de ese momento estuve más cerca de mis viejos y mi abuelo. Decidí terminar el secundario, como buscando qué me gustaba. En el fondo siempre me gustaron las artes, el diseño, dibujar, entonces en el año 87 me fui a vivir a La Plata, con lo que tenía. Me anoté en la carrera de Diseño y Comunicación Visual, me las rebuscaba con pequeños trabajos y vivía en pensiones porque La Plata era muy cara para mí. Pero hice la carrera en tiempo e hice varias materias de Artes Plásticas, que me encantaba. También fui al CECIM, que es el Centro de Ex Combatientes de La Plata, donde empecé una terapia que me movió un montón, y de ahí en más no dejé nunca de hacer terapia.
-Fueron muchos cambios juntos desde que volviste de las Islas
-Yo creo que estaba como voraz por hacer otras cosas, no quedarme acá. No quería quedarme en Tres Arroyos porque yo sabía que podía buscar una vida. Además, no había nada de lo que me interesaba en ese momento; igualmente La Plata no era fácil para mis posibilidades económicas, pero me fui con varios amigos.
Después de que me recibí empecé a trabajar en la misma universidad como ayudante. También comencé a ver que muchos amigos se iban a otros países y a mí me dieron ganas de hacer una maestría. Es algo que me marcó de Malvinas, que necesitaba moverme, no me podía quedar con lo que se me daba nada más.
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-¿Esa inquietud fue la que te llevó a México? ¿Cómo llegaste allá?
-Una profesora me contó que tenía un departamento en Cuerna Vaca, México, que me lo rentaba. Me fui, estuve seis meses en Cuerna Vaca, ilustré en algún periódico chiquito de allí; después empezamos con unos amigos a buscar un departamento en Ciudad de México, que fue muy difícil conseguir. Busqué trabajo, me aceptaron en la maestría y me dieron una beca de cooperación internacional, que fue bastante importante porque eran 1500 dólares por mes.
Trabajé en la universidad del Claustro de Sor Juana, en la Universidad Anáhuac, en muchísimas universidades “patito” como las llaman allá. Ahora estoy trabajando en una sola privada, que se llama Centro, y me he especializado en talleres de color.
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-¿De qué fue la maestría que hiciste en México?
-Fue en Artes Plásticas, en la Academia de San Carlos, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue mi venganza porque siempre hice materias sueltas de esa carrera y nunca llegué a hacerla toda porque era demasiado para alguien que estudiaba otra carrera y también trabajaba. Pero me aceptaron en esta maestría en la universidad más importante de México. La Academia de San Carlos es la más antigua de América, ahí fue director Diego Rivera. Fue impresionante y la academia es bellísima.
En la maestría hablé mucho sobre cine porque me interesa la dirección de arte del cine, la producción de los Estudios Churubusco, y lo relacioné con la producción de imágenes de la época de oro del cine argentino. Me fue bien, conocí mucha gente, me abrió otros caminos. México es un país muy generoso y ahí fui conectando para trabajar con universidades.
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-Y hoy en día seguís trabajando en universidades
-Empecé en el año 2001 dando clases. Ahora soy profesor e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, que es una de las tres mejores universidades públicas de México. Este año me pedí un sabático para poder visitar a mi papá, pero también quería bajar un cambio a tantas horas de clases porque tengo talleres de color y materias que se relacionan con la historia del diseño; y me permitió viajar.
También hago proyectos por afuera, que últimamente me han salido varios de diseño de interiores, que los hago porque me gusta mucho.
-Yéndonos a la cuestión de emigrar, ¿cómo sentís que te recibieron en México?
-La llegada a México para mí fue un shock porque no me esperaba eso. Es un país muy rico, que tiene muchísimos extranjeros. A mí me recibieron bárbaro, me sentí bien desde que llegué. Es un país muy cálido, la gente es muy cálida. Sí cuesta hacerse un lugar, los primeros años fueron de un poco de soledad. Además, es un país tan impresionante visualmente, hay muestras por todos lados, hay una gran variedad de culturas. Creo que a mí me enamoró rápidamente. Siempre digo que fue un cambio impresionante y de mucho riesgo porque yo de Argentina me fui con 700 dólares nada más. Pero creo que tenía que ver con las ganas de vivir, de pasar otras experiencias.
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-Hablando de Malvinas, ¿hubo algo que te haya marcado? Quizás el sentir la muerte cercana o la pérdida de algún compañero…
-Yo allá siempre sentía que lo que estaba pasando, no me estaba pasando a mí. Fue un shock. Yo tuve un solo entrenamiento de tirar fusiles, no tenía idea de nada, todo era muy improvisado. No quiero nada a los militares, no volví jamás a tener una reunión con los suboficiales porque nunca pude; siempre fue muy difícil para mí estar en la misma mesa porque nunca fue democrático el asunto, era bien vertical.
-¿Volviste a Malvinas?
-No. Nunca me interesó, no me nace volver. Lo único que haría, sería un viaje exprés al Cementerio Argentino porque me produce cosas muy encontradas; me da ternura porque son chicos los que están ahí, me estremece la soledad del lugar y la indiferencia de los isleños. He visto fotos desgarradoras y es algo que me conmueve porque es gente que la pasó muy mal; y no solo nosotros, los familiares también.
En estas reuniones que tuve con Rosana Greco y Carlos Molfese, me resulta impresionante ver las fotos y Malvinas hoy; ahí te das cuenta de la presencia de la OTAN. Cuando yo fui, era como si fueras a dar una vuelta por un ferrocarril abandonado, todo oxidado, no había nada; pero hoy lo ves y parece Noruega. Es muy loca la percepción también porque yo recuerdo todo en sepia, el viento, los gritos de los compañeros… tengo como un recuerdo de película antigua.
Cuando me fui a La Plata empecé a hacer terapia porque lo de Malvinas era algo que no resolvía. Fue muy conflictivo para mí porque quería salir de ese lugar de ser “el que fue a Malvinas”, incluso durante muchos años no hablé del tema. Pero también me refugié y me refugio mucho en amigos.
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-En esta relación que establecieron con Carlos y Rosana, surgió la posibilidad de exponer por primera vez en Tres Arroyos una muestra tuya
-Sí, esto lo hicimos con un amigo, Jean-René Maendly Díaz, que es artista también, fotógrafo y profesor de francés. En el período de pandemia decidimos hacer algo con material que teníamos: él tenía buenas fotos y yo dibujos y borradores. Lo que hicimos fue empezar a pensar qué nos dejan las vacaciones, que en general se resumen a una foto vieja. Si fueron buenas, una las recuerda con buenas fotos; y si fueron malas, se pueden recordar monocromáticas o blanco y negro. Justo vine en esta época por un mes y medio, le comenté a Rosana que tenía la muestra y le gustó la idea porque ellos hacían un cierre de Malvinas, así que me invitaron. Es la primera vez que hago una muestra acá porque me cuesta un poco, entonces esto fue como abrirme…
-¿Qué proyectos te esperan para el 2024?
-Por empezar, quiero hacer un proyecto sobre juegos y juguetes. Hace rato que los compro, los tengo en casa, los miro, los doy vuelta y voy viendo qué puede salir. Y también espero que sigan saliendo proyectos de diseño de interior porque me ha ido bien. A veces me sale diseñar alguna portada de libro… Pero, sobre todo, quiero tener salud para hacer todo lo que quiero. Y para la Argentina también espero que sea un buen año.

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