“El Amateur, segunda vuelta” El retorno de un poema teatral de alto vuelo
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Por Andrés Mazzitelli
No es habitual que una pieza teatral mantenga su vigencia después de 27 años. Estrenada en 1997 con dirección de Mauricio Kartum, versión fílmica de 1999 dirigida por el gran Juan Bautista Stagnaro, “EL AMATEUR” es una pieza que muestra la resistencia al tiempo de la que solo gozan los clásicos. El mundo ha cambiado mucho desde entonces: películas, obras teatrales, libros y arte en general han sufrido la caducidad, la implacable fecha de vencimiento. No es el caso de este texto escrito por el propio Dayub y que, cuenta la leyenda, ni el propio autor le tenía mucha fe. Fue un éxito en ese momento y desde entonces se ha representado en innumerables producciones con distintos elencos a lo largo y ancho del país.
Ahora, la historia de Pajarito y Lopecito regresa con toda su potencia poética para la segunda vuelta del nuevo título, y captura al público desde el primer minuto en una línea argumental mínima pero muy profunda, como el pozo marginal en el que se sumen estos seres, por momentos tiernos, por momentos desbordantes de patetismo. Con ribetes que acercan la propuesta al circo criollo, incluso al grotesco, en un monumental trabajo actoral no sólo emocional sino sobre todo físico, tanto Mauricio Dayub como Gustavo Luppi logran contagiarnos e interpelarnos con sus dilemas, que son los de todos: el sueño utópico imposible convertido en posible y motor de la existencia, como el empuje de las piernas de Pajarito sobre su bicicleta para batir ese récord que dará sentido a su vida y a la de su amigo, más resignado y vencido, que volverá a tener la ilusión de ganar por fin en algo, allí donde nadie gana en nada, abrazando esa quimera prestada. Por momentos parecerán niños jugando, y el espectador tendrá la libertad de ver la acción como una realidad o también como una fantasía de sus mentes, enturbiadas por el fantasma del alcohol. El humor funciona como válvula de escape en una temática que de otro modo resultaría agobiante. Con la escenógrafa original (la obra requiere un dispositivo cuasi circense no exento de complejidad) y la música, nada menos que del legendario Jaime Ross, la dirección meticulosa de Luis Romero expande el texto, agrega sutiles diferencias respecto del original, aplica un par de oportunos golpes de efecto y moderniza la puesta con algunos detalles tecnológicos que maquillan un trabajo consumado, que de por sí, quizás no necesite maquillaje.
La sala colmada de pie demostró al final lo imprescindible que era que “El Amateur” volviera a pedalear tras su sueño rodante.
