El adiós a Hugo Scattone, cultor de la vida simple y de los afectos
Se sentía agradecido por la familia y la gran cantidad de amigos. Fue músico, se desempeñó en el rubro panadero y fue propietario del emblemático local Timoteo
Hugo Scattone tenía perfil bajo y se llevaba bien con la tranquilidad. No se la creía, entendía que se pueden alcanzar logros, pero les daba una importancia relativa. Los pilares eran la familia y una numerosa cantidad de amigos que recibió en distintas épocas en su casa.
El domingo se produjo su fallecimiento, a los 73 años de edad. Tuvo una participación valiosa en el ámbito de la música, no únicamente al tocar y cantar, sino por la generosidad con la que se vinculaba con sus pares. También construyó una trayectoria interesante al incursionar en la actividad panadera y además abrió un local llamado Timoteo, frente al Parque Hotel, para ir a tomar algo, donde pasaron muchos artistas.
En una entrevista que le realizó Héctor Asef en julio de 2023 para el programa “Séptima Noche”, que se emite por CELTAtv, expresó sus sentimientos y agradeció por las experiencias de su vida.
Hugo Scattone nació en Tres Arroyos, su padre era de De la Garma y su madre de Orense. Por razones de trabajo de ellos, su infancia y adolescencia transcurrió en Cascallares, donde conoció a Itatí, su esposa y madre de su hija Giovina; con emoción, Hugo habló también de su nieta Violetta. “Me hace profundamente feliz”, señaló.
Destacó el acompañamiento de su familia en Timoteo, porque requería trabajar de noche con artistas y en ocasiones darles alojamiento en su casa.
Allí cantaron Pedro y Pablo en más de una oportunidad, Guillermo Fernández, Willy Quiroga con Vox Dei y “estaba como integrante Sergio Pessina”, en sus inicios brindó un show Gato Peters, estuvo Norma Aleandro, entre otros. Una mención especial merece la visita de Soda Stereo, cuando en noviembre de 1990 cruzaron desde el Parque Hotel Gustavo Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti tras el show en El Gigante. “Fueron con Luis Miguel Tróccoli”, puntualizó Hugo en la mencionada entrevista.
Tenía allí un escenario propio. Un piano, batería, otros instrumentos, equipamiento de música. Estaba todo listo para interpretar un canción, “tenía ese toque”.
El comercio
La incursión como panadero se concretó porque su esposa y su suegra adquirieron el comercio ubicado en Reconquista y Larrea.
Aprendió el oficio del “señor Sáenz”, a quien definía con su maestro, y también de un confitero de apellido Wilgenhoff. Desconocía la tarea, poco a poco sumó conocimientos, hasta que pudo conducir la panadería.
Luego abrió confitería Amaretto, sobre calle Chacabuco, en el centro de la ciudad y “nos fue muy bien”, decía en plural, con la mirada en el equipo. Valoraba el empeño, la imaginación y las ganas. Su mano derecha fue César Larsen, actual propietario de Espigas del Sol, a quien consideraba una gran persona.
Hugo valoraba especialmente las ganas, el empeño y la imaginación, ofrecer algo distinto. Y con satisfacción, pudo apreciar que los negocios que impulsó gustaban, quienes asistían en general se sentían muy bien.
La música
Tuvo sus comienzos en una banda cuando era muy joven, de manera fortuita. “Soy musiquero, no músico”, aclaraba.
Una tarde, un hombre llegó a su casa de Cascallares para ver a su padre. Pero justo no estaba, observó que había una guitarra y le pidió a Hugo que la tocara. Se trataba de Jorge Sangermano, un pianista, bajista y cantante.
Regresó horas después para solicitarle a su padre permiso para llevar a Hugo a Tres Arroyos, primero con la finalidad de que participe en ensayos y luego para integrar un grupo junto a Pedro Villegas, quien tenía una batería blanca, entre otros. Semanas más tarde, participó de un recital por primera vez en un baile en el Paraje 43 y ganó su primera plata, que entregó sin dudarlo a su mamá.
En el período más reciente, tras numerosas vivencias como músico que sería imposible mencionar en un solo artículo, interpretó canciones de rock nacional con el baterista Adolfo Matar, de Necochea; el bajista Cristian Cravenna; y el guitarrista Sebastián Iturralde. El placer de poder hacer “las canciones que siempre me gustaron cantar”.
Asimismo, abrió un local en calle Hipólito Yrigoyen, entre Chacabuco y 25 de Mayo, donde vendía instrumentos. Sin horarios y ya sin empleados, para combinar trabajo y la diversión que le generaba cualquier iniciativa en el mundo de la música.
Brazos abiertos
El fogón de su casa era muy especial, donde con prolijidad guardó antigüedades, material publicitario, chapas esmaltadas, parte adquirido en casas dedicadas a vender estos elementos y mucho también que le dieron como obsequio. Por ejemplo, contaba con una máquina de café que había sido de un club de De la Garma.
Trasladó además a este espacio mobiliario y bienes que se encontraban en Timoteo, “un bar tipo San Telmo”. Entonces, cuando iba al fogón, en cierta forma retornaba un poco a un lugar que apreció mucho.
Su casa constituía la sede de una peña abierta. Con encuentros con una cantidad diversa de participantes que celebraban la amistad.
Aquel pequeño que iba a los bailes en Cascallares con sus padres y permanecía pegado al escenario mirando a las orquestas, pudo tocar al pasar los años con varios grupos, estar cerca toda la vida de la música y construir una relación afectuosa con artistas.
En la conversación con Asef, repitió la palabra “tranqui” y “agradecido”. Sentía inquietud por ayudar al prójimo, que la gente esté bien. Se mostró dispuesto a dar, en estas horas lo despiden con cariño tantos que lo conocieron, charlaron y pasaron momentos de un valor único, porque quedan en la memoria.

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