El acoso como síntoma actual: entre el protocolo y la escucha adulta
La tragedia ocurrida días atrás en San Cristóbal volvió a poner sobre la mesa la necesidad de atención en las conductas de niños y adolescentes. LAVOZ DEL PUEBLO consultó a docentes y profesionales de la psicología locales para conocer su visión de lo que, profesionalmente, debe definirse como un síntoma social. ¿Pueden evitarse hechos lamentables con una comunicación efectiva?
Por Redacción La Voz del Pueblo
Cuando todavía no pasaron dos semanas de la tragedia en el colegio santafesino de San Cristóbal, un giro en la investigación descarta la raíz del ataque en una consecuencia del acoso escolar. Sin embargo, del contacto con profesionales tresarroyenses de la educación y la psicología, se desprende la validez de encontrar un factor en la carencia de comunicación efectiva entre jóvenes, docentes y familias para evitar que otros episodios de este tipo se repitan.
Aunque la justicia santafesina hoy mire hacia otro lado, la sociedad ha vuelto a mirar hacia las aulas. En esa mirada descubrimos que, más allá de un caso puntual, el acoso escolar o “bullying” es una realidad estructural que requiere protocolos claros, una escucha atenta y un compromiso adulto que no puede esperar a la próxima noticia de impacto. Bajo esta premisa, instituciones locales como el Colegio Hogar San José, que cuenta con una matrícula de 411 alumnos entre sus tres niveles, trabajan diariamente en la delgada línea que separa el conflicto vincular del hostigamiento sistemático.
El primer desafío que enfrentan los educadores es la precisión semántica. En un contexto de hipervigilancia social, el término "bullying" suele aplicarse de forma indiscriminada, lo que puede entorpecer los diagnósticos precisos. Sabrina Albornoz, directora de Nivel Secundario del Colegio San José, señala que en su gestión han enfrentado situaciones conflictivas, pero no siempre ligadas al acoso. “Quizás socialmente se ha empezado a usar la palabra bullying para todo, pero no todo es bullying; considero que existe y tenemos casos”, explica la docente. Dentro del ámbito escolar se dan “conflictos normales entre estudiantes donde se dan la mayor cantidad de casos diarios y son importantes de atender; conflictos que tienen violencia verbal, física, son los que más se ven”.
No obstante, la institución mantiene una postura de “0 tolerancia al bullying”, activando protocolos específicos que priorizan el trato con dignidad. Para Albornoz, la clave reside en no minimizar lo sucedido: “Debemos atender a la víctima, documentar toda la situación, escuchar su relato y lograr que se sienta lo más cómodo posible hasta poder comunicarse con la familia”. Una vez atendida la situación, el equipo docente inicia un proceso de introspección: “Tenemos que analizar qué pasó, qué se nos escapó, qué no vimos”, confiesa la directora, entendiendo que el compromiso institucional es la primera barrera de contención frente a la vulnerabilidad del menor.
La “invisibilidad” digital
La complejidad del problema aumenta a medida que los estudiantes crecen y las dinámicas de poder se vuelven más sutiles. Mientras que en los niveles iniciales la agresión suele ser más evidente, en el nivel secundario el acoso suele camuflarse en "burlas, risitas o alguna cosa que se dijo por ahí" que muchas veces escapa al ojo adulto. A esto se suma el factor determinante de la tecnología. “Ahora contamos también, lamentablemente, con la otra pata que son las redes sociales y que por ahí se nos escapan”, advierte Albornoz.
Ante esta "escuela sin muros", Lucía Calo, responsable del Equipo de Orientación Escolar, destaca que la cercanía y el conocimiento profundo del alumnado son las herramientas más eficaces para la detección.
“Ver la situación de algún alumno en particular que lo notas muy diferente o se cambió totalmente de grupo ayuda mucho para lograr conversar con ellos y detectar si pasó algo más, además de estar en diálogo permanente con la familia”, comenta Calo.
El abordaje institucional es claro: aunque muchos problemas se originan en ámbitos extraescolares, como grupos de WhatsApp, la escuela debe intervenir. “Si la familia lo comunica y nosotros podemos detectarlo, nos permite abordarlo desde la institución porque, por más que pase en otro ámbito, los estudiantes comparten mucho tiempo acá”, añade la profesional. El objetivo es que el espacio de diálogo sea percibido como un lugar seguro y confidencial, donde el alumno sepa que "lo que se habla acá, queda acá", rompiendo así el pacto de silencio entre pares que suele proteger al agresor.
Perspectiva clínica
Desde una perspectiva clínica, la psicóloga especialista en niños, Dina Benavente, miembro del servicio de Salud Mental del Hospital Pirovano e integrante del IOM3, aporta una visión que trasciende lo pedagógico para adentrarse en lo estructural. Para el psicoanálisis, se homologa la palabra acoso escolar a una situación entre pares con una “intencionalidad clara y puntual por parte del agresor, donde existe una diferencia que le impida a la víctima defenderse”. Benavente invita a pensar el bullying como un “síntoma de esta época”, un fenómeno que debe ser analizado en función del contexto social actual. No se trata simplemente de actos de violencia aislados, sino de una manifestación del "matonismo" que ha transitado siempre las aulas pero que hoy adquiere nuevas dimensiones.
Benavente identifica tres elementos críticos que atraviesan este síntoma. El primero es el declive de la autoridad tradicional. “Hay una autoridad que no está funcionando, puede ser a través de un gobernante, un sacerdote, un docente, el director de la escuela o un padre como alguien que establece cierto orden al decir ‘hasta acá’”, explica. Cuando ese límite simbólico no ordena como en otros momentos, los niños y adolescentes quedan desamparados frente a sus propios impulsos.
:format(webp):quality(40)/https://lavozdelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/04/dina_benavente.jpeg)
El segundo elemento es la cultura de la imagen: “Las redes y todo lo que tiene que ver con la promoción de lo que se mira invaden a los niños y adolescentes; mirar y ser mirado es un objeto que siempre está presente”, analiza la profesional.
El tercer factor fundamental es la metamorfosis adolescente. En esta etapa, los jóvenes buscan identificarse en masa mediante intereses comunes como influencers, música o deportistas. En esa búsqueda de pertenencia grupal, “el que muestra algo diferente puede generar una diferencia que no se tolera y genera acoso para ver qué puede responder el otro”. Esta intolerancia a lo singular se convierte en el motor de la agresión. Frente a este panorama, Benavente es categórica respecto a la responsabilidad del mundo adulto: “a veces hay cosas que no se dicen o que quedan por fuera del mundo adulto. Hay también que responsabilizar un poco a los adultos sobre qué escucha se les presta (a los niños y jóvenes), porque para llegar a lo que se llegó, alguna pista tiene que haber habido y alguien lo pasó por alto o debió escucharlo. Habrá que escuchar el sufrimiento de estos adolescentes cuando vienen con algo de esto”.
La intervención a tiempo no solo busca resolver el conflicto escolar inmediato, sino evitar consecuencias que pueden marcar la vida entera. “Ojalá no llegue a tener una vida adulta sin haber superado todo eso; las consecuencias pueden ser múltiples”, advierte la psicóloga.
De esta manera, la conclusión compartida por docentes y especialistas es que, para evitar tragedias, el adulto no puede pasar por alto ninguna pista.
Así, la comunidad educativa tiene el desafío permanente de mantener los oídos atentos a lo que sucede en el silencio de los pasillos y en la vertiginosidad de las pantallas, donde el bullying no es un problema "de los chicos", sino un desafío que interpela la capacidad de los adultos para observar y actuar.

Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión