Efemerides del 17 de junio: El paso a la inmortalidad del Gaucho Salteño
Hoy es el día Nacional de la Libertad Latinoamericana, en conmemoración al fallecimiento del Gral. Martín Miguel de Güemes
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El General Güemes, fue quien, con su ejército gaucho ayudó a José Francisco de San Martín, cubriendo su retaguardia junto a las fuerzas del Gral. Manuel Eduardo Arias desde el Norte, para que el protector del Alto Perú pudiera concentrarse en avanzar por la Cordillera de los Andes sin preocuparse por los intentos de las fuerzas realistas de frustrar sus planes.
Tras haber sido hecho gobernador de la Provincia de Salta, un lejano 17 de junio de 1821, hace 205 años, el “Gaucho Salteño”, quien había ido a la ciudad capital de la Provincia homónima con el objetivo de visitar a su hermana, sería emboscado por los hombres del coronel valenciano José María Valdés, que había sido comisionado por el general Pedro Antonio Olañeta para encarar una nueva invasión a Salta. Paralelamente, Olañeta con 1.000 hombres iría por la quebrada de Humahuaca hacia Jujuy, esperando la buena nueva de Valdés cuando se hiciera dueño de Salta.
El complot de Valdés y la emboscada que acabó con el Gaucho
Esa noche Valdés, quien esperaba el momento propicio en la espesura de la sierra de los Yacones, entró en silencio en la ciudad y se quedó en la plaza principal. Por el comerciante Mariano Benítez, supo que Güemes estaba en la casa de su hermana, y le preparó una encerrona.
Los disparos en la plaza fueron escuchados por Güemes, quien creyó que se estaba desencadenando una revolución. Con sus hombres fue a ver qué era lo que ocurría. Al llegar a una bocacalle le preguntaron “quién vive” y Güemes, comprendiendo la situación, gritó “la Patria”, escapó al galope, salvándose de milagro de los disparos que le hicieron.
Desafortunadamente, al tomar la calle de la Amargura, llegando al viejo puente de piedra que cruzaba el Tagarete de Tineo (tagaretes eran los canales que pasaban por la ciudad) en la esquina de Balcarce y Belgrano se topó con un grupo de fusileros del rey y los enfrentó con los pocos hombres que lo acompañaban, ya que algunos habían caído en la plaza y otros habían sido aprisionados.
En otra esquina volvieron a preguntarle el santo y seña (Clave para confirmar su identidad) y él, sable en mano, saltó con su caballo sobre dos hileras de soldados, armados con fusiles y bayoneta calada.
En la descarga que le hicieron, un proyectil ingresó por su cadera derecha y se alojó en su ingle izquierda.
Aferrado al pescuezo del caballo para no caerse de la silla, galopó en la oscuridad. Al cruzar el río Arias, se encontró con una de sus partidas: “Vengo herido”, les dijo.
Lo bajaron del caballo, le improvisaron una camilla con ramas y ponchos y por el camino de El Chamical, a unas cuatro leguas al sudeste de la ciudad, fueron hasta su finca en La Cruz. Pero como sus hombres consideraron que no era un lugar seguro, decidieron internarse en las sierras y quedarse en la Quebrada de la Horqueta.
Hasta allí fueron llegando paisanos de distintos puntos de la provincia, a medida que se enteraban sobre lo que había ocurrido. Sabía que se moría, por eso fue despidiéndose de todos, haciéndoles prometer que debían seguir la lucha contra los españoles.
Cuando Olañeta, que estaba en Jujuy, se enteró de que estaba herido le envió emisarios. Si se rendía, le abrirían el camino a Buenos Aires para que pudiera ser atendido por los mejores médicos. El salteño, tendido en un catre que le había armado Mateo Ríos, hizo llamar al coronel Vidt, jefe de su estado mayor. En presencia de los emisarios españoles, le ordenó que marchase con sus fuerzas a poner sitio a la capital, haciéndole jurar que continuaría la lucha hasta que no quedase en la tierra un solo argentino o un solo español.
Luego se dirigió a los emisarios. “Diga a su jefe que agradezco sus ofrecimientos sin aceptarlos: está usted despachado”. José Redhead, el médico que había atendido a Manuel Belgrano y que era amigo de Güemes, obtuvo el permiso de los españoles para ir a atenderlo, a quien ya le había adelantado que cualquier herida que recibiera sería mortal, ya que se suponía que sufría de hemofilia.
Pero los intentos tanto de Redhead, como su colega Castellanos, fueron inútiles. Según la tradición oral de la familia Güemes, sus últimas palabras fueron para su esposa Carmen Puch. “Mi Carmen no tardará en seguirme; morirá de mi muerte así como vivió de mi vida”.
El padre Francisco Fernández fue el que lo reconfortó espiritualmente en sus últimos momentos.
Falleció el 17 de junio de 1821 y fue sepultado al día siguiente en la capilla de El Chamical. En 1822 sus restos fueron trasladados a la vieja Catedral, por 1877 al panteón familiar en el Cementerio de la Santa Cruz y finalmente en 1918 a la Catedral de Salta, en el Panteón de las Glorias del Norte.
Conclusión
Hoy celebramos a un hombre honesto que luchó con su vida para beneficiar a otros porque él sabía que eso era lo correcto; Sus logros fueron gigantes, pero si algo podemos llevarnos nosotros de él, es su valentía y su honor, ya que murió como vivió: luchando por la Patria, sin importar si tenía que sacrificarse a sí mismo. Descanse en paz, General.

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