Desregular no es saltar al vacío: es animarse a crecer
Se impuso un sistema que durante mucho tiempo premió la adaptación a la regulación por sobre la expansión productiva. La verdadera discusión que se abre hoy no es ideológica, sino estratégica
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Por Pablo Borioni*
El sector agropecuario argentino atraviesa un proceso inédito. Por primera vez en muchos años, la desregulación no es una consigna declamada desde el sector, sino una realidad impulsada con velocidad desde el propio Estado.
En sanidad, en controles, en procesos administrativos, en lo impositivo para cereales y oleaginosas, las señales son claras: menos intervención, más libertad, mayor responsabilidad individual. Sin embargo, paradójicamente, el agro -que históricamente reclamó estas condiciones- no siempre aparece como la vanguardia activa de este cambio.
La pregunta es inevitable: ¿por qué?
La respuesta no es lineal ni simplista. El agro argentino no es homogéneo, ni en su estructura ni en su representación. Existen entidades de base locales que cumplen un rol fundamental, muchas veces sosteniendo servicios, contención y presencia territorial donde el Estado no llega. También hay instituciones como la Sociedad Rural Argentina, que con claridad conceptual y visión estratégica vienen acompañando este proceso y, en muchos casos, marcando el rumbo hacia una mayor libertad productiva.
Pero al mismo tiempo, es innegable que en ciertos ámbitos subsisten resistencias. Y allí aparece una tensión de fondo que vale la pena poner sobre la mesa: ¿Son los intereses de pocos los que terminan marcando la agenda de muchos?
No se trata de “más o menos Estado”, sino de quién lidera el proceso de transformación. Si el agro no toma ese rol, otros lo harán por él. Y ahí está el punto central: La libertad exige responsabilidad, pero también decisión
Durante décadas, el sector se desenvolvió dentro de un esquema profundamente regulado. Ese sistema no solo ordenaba la producción, sino que también generaba estructuras, recursos y espacios de poder. En algunos casos, la regulación dejó de ser una herramienta para convertirse en un fin en sí mismo.
Por eso, cuando hoy se plantea la desregulación, el temor no siempre está vinculado a la pérdida de control sanitario o ambiental -que el productor sabe perfectamente cómo sostener-, sino a la posible pérdida de esos espacios construidos al calor de las reglas.
Pero hay algo que debemos decir con claridad: La libertad no es desorden, ni abandono, ni vacío.
Dar el salto hacia un esquema más libre no es tirarse al abismo.
Es, en realidad, animarse a innovar, a competir, a crecer.
Porque mientras discutimos estructuras, el mundo avanza. Y nosotros seguimos, en muchos aspectos, en el mismo lugar:
• Hace más de 30 años que producimos en torno a 40 millones de toneladas de soja, sin un salto estructural sostenido.
• El stock ganadero, con altibajos, no logra consolidar un crecimiento significativo.
Esto no es casualidad. Es, en parte, consecuencia de un sistema que durante mucho tiempo premió la adaptación a la regulación por sobre la expansión productiva. La verdadera discusión que se abre hoy no es ideológica, sino estratégica.
No se trata de “más o menos Estado”, sino de quién lidera el proceso de transformación. Si el agro no toma ese rol, otros lo harán por él. Y ahí está el punto central: La libertad exige responsabilidad, pero también decisión.
Decisión de salir de la zona de confort.
Decisión de dejar de administrar lo existente para pasar a construir lo que viene.
Decisión de pensar el crecimiento como objetivo, no como consecuencia.
Las entidades tienen un rol clave en este proceso. Acompañar, contener, ordenar la transición. Pero también -y sobre todo- interpretar hacia dónde va el sector y no quedar atadas a lo que fue.
*Abogado especializado en el sector agropecuario

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