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Siento que me sacude del hombro hasta que despierto. Otra vez tengo esa brutal pesadilla. O es uno de los tantos recuerdos que se me borraron. Tal vez, esa es la forma de reconstruir una parte de mi historia, esa que está escondida y que trato de sacar a la luz con todos los tratamientos a los que me derivaron después la muerte de mi hermana.
Cuando Martin me despierta, toco mis mejillas, pero están secas. Aún guardo la sensación del grito mudo, porque en sueños no me sale la voz. Busco su abrazo. Ahí me siento protegida. Pero él se pone a dormir de espaldas a mí.
Estoy despierta dándole vueltas a la pesadilla recurrente. Creo que maté a alguien. Pero no estoy segura. Y ese alguien viene a cobrarse su muerte durante mi descanso.
Me levanto. Voy a la cocina a calentar un poco de leche. Pero en la oscuridad, no encuentro la leche. No enciendo las luces porque no quiero despertar a Martin. No tengo ganas ahora de que me pregunte cosas porque no quiero revivir despierta.
Vuelvo a la cama con la intención de tomar otra pastilla para dormir. Mala suerte la mía. Ya no tengo más. Quiero dormir sin soñar que viene ese alguien a culparme y a amenazarme. Entonces, si no voy a dormir, me quedaré con los ojos bien abiertos. A veces, sueño con los ojos cerrados, pero estoy despierta porque escucho todos los ruidos de la noche. Yo creo que no lo maté. No soy una asesina. No sé quién es. ¿Por qué se repite ese horrible sueño?
Amanece y me parece oír la voz de Alicia que se acerca por el pasillo. Sí, es ella. Le pido a Martin que le abra la puerta. Martin no escucha, entonces voy yo. Cuando la veo a mi hermana quiero abrazarla, pero se deshace en el aire y quedo enroscada en mi propio abrazo. ¿Y Alicia? «¡Alicia!», grito y la busco mientras repaso con la mirada el pasillo. No está. Ella tampoco sabe. Nadie sabe si yo maté a alguien. Yo tampoco.
Estoy agobiada con esta incertidumbre. No sé si sigo soñando o estoy despierta cuando recorro los recuerdos borrosos. Vivo la eterna alucinación de un asesinato. Veo mis manos en la espalda de una persona a la que empujo al vacío. ¿Quién es? ¿Por qué? Si Martin se entera de que yo maté a alguien me dejará. Y voy a estar sola, sin su abrazo de consuelo en mis infiernos nocturnos y en los días aciagos cuando él se va.
Es domingo. Vamos a la plaza con Martin. Es hermoso estar sentados en este banco con el sol pegándonos en la cara mientras nos entibia el cuerpo en esta tarde fría. Ahí llega Alicia con su canichito que es como su hijo. El perrito salta y se sube a la falda de Martin y le lava la cara a lengüetazos. Ellos se ríen de la travesura del canichito. Nos levantamos del banco y damos un paseo por la plaza hasta que empezamos a sentir frio. Entonces volvemos.
No sé cómo llegué hasta acá, ahora estoy tomando un té con pan y manteca, en esta sala que no conozco. Lo que más me angustia es que Alicia y Martin no estén ahora conmigo.
El psiquiatra me dice que escriba el sueño, que relate los detalles. No tengo más remedio de repasar si quiero sanar. Llevo mucho tiempo con esta carga. ¿Qué me pasó? No puedo seguir con la culpa de cargar a un muerto. ¿Y si Martin se entera? ¿Dónde está mi familia? ¿Por qué no llega Martin todavía? Hace mucho que mi hermana no viene.
Volví a tener la pesadilla: Es una mujer. Mato a una mujer. Pero no sé a quién. Eso voy a escribirle al psiquiatra. Me desperté en el momento justo que la mujer iba a darse vuelta hacia mí cuando estaba a punto de bajar la escalera. En ese mismo momento me abalancé sobre ella y la empujé al vació.
Despierto bañada en sudor, aunque tirito por el frío. Sentada en la cama busco a Martin palpando su lugar, pero no está. Habrá ido al baño. No quiero asustarlo esta vez, entonces, me doy vuelta para mi lado, con los ojos apretados para que Martin no me vea despierta cuando vuelva. Pero Martin no volvió.
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(*) La autora es de Ramos Mejía


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