Cómo me hackearon el WhatsApp y engañaron a dos de mis contactos
Un llamado, una historia coincidente que se conjuga con una distracción fue aprovechada por delincuentes comunes que, desde una cárcel, me robaron la identidad por un par de horas y estafaron a dos amigos
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Por Enrique Mendiberri
Los delitos virtuales son la nueva forma de delinquir. Acorralados por las cámaras de seguridad, muchos delincuentes decidieron dejar las armas y usar su tiempo en prisión para capacitarse en el hackeo de cuentas de gmail y WhatsApp, cuando no logran la introducción de un link que, directamente, clona nuestros celulares y puede provocarnos una tragedia económica sino tomamos los recaudos suficientes.
Ayer me tocó a mí. En este caso, me clonaron la cuenta de WhatsApp y empezaron a pedir plata a mis contactos fingiendo la existencia de una emergencia mecánica.
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¿Pero cómo lo hicieron si yo estoy atento a no compartir datos y, por mi trabajo, me la paso escuchando casos parecidos? Bueno, se dieron un par de casualidades. Usando una etiqueta del Correo Andreani como foto de perfil, me dijeron que tenían que entregarme un paquete que ya estaba pago. Como en mi familia acabábamos de hacer algunas compras en plataformas que entregan por ese correo, me valió la inocencia.
Seguramente después de hackear algún otro contacto, llegaron a los datos que comparto en el perfil de mi cuenta comercial de WhatsApp Business, la variante que se usa para trabajar con esa aplicación, y (ayudados un poco por la suerte de la casualidad), lograron hacerme creer que yo debía tener a mano un código para que la persona que vaya a recibir el paquete en mi casa no tenga problemas para hacerlo.
Distraído, repetí el código de cuatro cifras que me llegó (no lo escribí en ningún lado) y, tras eso, me pidieron que de ok al contenido de un email. Después de ver escrita esta parte en la denuncia policial me puse colorado de vergüenza, pero hay una explicación. Como yo tenía abierto mi gmail en simultáneo en otra computadora, y tengo ese método de verificación de dos pasos, no me extrañó que me pregunte si era yo el que pretendía entrar, cuando en realidad, el que lo estaba haciendo era el ladrón.
Restaurado de fábrica
En ese preciso instante, el celular se me restauró de fábrica. O sea, se apagó y se le quitaron todas las apps que contenía.
Afortunadamente, me encontraba en la redacción del diario acompañado de colegas idóneos como Juani Falcone, quien apenas notó mi situación, se puso manos a la obra y me ayudó a recuperar inmediatamente la cuenta de Gmail. Lamentablemente, para el WhatsApp, bajó la app de WhatsApp simple y los hackers me habían clonado el WhatsApp Business, un detalle que postergó aún más el fin del avance delictivo.
Lamentablemente dos contactos accedieron a enviar dinero sin hablar conmigo antes o, de alguna manera, chequear si era una situación real. Uno de ellos, cuando se dio cuenta, se comunicó con el instructor judicial Martín Iparraguirre, quien inmediatamente me derivó con el sargento Emanuel Neffe, un especialista en delitos informáticos, quien después de más de una hora de “batallar” con los delincuentes, logró expulsarlos de mi cuenta y eliminar el clon con singular habilidad.
No está de más expresar mi más sincero agradecimiento al sargento Neffe, al oficial ayudante Hugo Villagrán y al comisario Cristian Tedini, quienes apenas conocida mi situación se pusieron manos a la obra para tratar de acabar con el ataque delictivo que, según confiaron los propios delincuentes, me era realizado desde una Unidad Penitenciaria.
Párrafo aparte para las autoridades garantistas que permiten la tenencia de dispositivos para comunicarse a los presos quienes, de esta manera, no sólo ven más aliviado su castigo, sino que además desarrollan un sistema de recaudación del que cuesta imaginarse que ellos son los únicos beneficiarios.
Y así llegó el final del día, sentado frente a mí máquina recordando detalles de una jornada para el olvido, donde como bonus track, supe lo que es tener a tu hija mencionada por presidiarios que aseguraban tener sus datos también. Una circunstancia muy lejana a lo que es un secuestro virtual, pero que me ayudó a entender el dolor de todas las personas que lo padecieron y los desenlaces, en algunos casos trágicos, que conllevó esa conducta en repetidas oportunidades a lo largo de la historia del delito informático.
Ahora sólo me queda pedirles a los lectores que estén atentos al atender el celular (valga la redundancia), que no respondan a números que no conocen y que, si están cansado u ocupados, directamente dejen pasar la llamada. Pueden evitarse un gran dolor de cabeza o una amargura innecesaria.

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