Carta de lectores: Por quienes aún esperan su Hannah
Camila Bog compartió su experiencia al recibir un trasplante de médula ósea y selló con la frase “eres la esperanza para alguien en el mundo”
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Señora directora:
En septiembre de 2022, después de haber vivido por casi 28 años con una enfermedad llamada mielofibrmieosis, venía atravesando una racha de transfusiones de sangre cada vez más frecuentes sumadas a varias complicaciones e internaciones. Mi hematólogo me dijo que era “el” momento para realizar un trasplante de médula ósea, era joven, no tenía grandes complicaciones y era la mejor opción. Torbellino de pensamientos... ¿Qué hacer? ¿Seguir viviendo en la incertidumbre de la enfermedad, de las complicaciones, de no poder hacer deportes, no poder subir una escalera sin agitarme, o arriesgarme a un trasplante que podía cambiarme la vida? Con mil dudas y pocas certezas me armé una lista de preguntas y frente a mi médico: una de las tantas era ¿qué probabilidad de morirme en el proceso había? Salí decidida a enfrentar el proceso, todo lo que vino después se dio demasiado rápido, como si algo conspirara a mi favor, ya que al no tener compatibles en mi familia, se buscó en el banco mundial, mis células viajaron a EE.UU., ya que en ese momento se realizaba de esa manera, y al tiempo tuve la respuesta más de 100 compatibles, una locura: se podía elegir al que fuera el más compatible. Y así fue. Mientras googleaba lugares en los que pudiera conseguir pelucas, tomaba coraje para cortarme el pelo lo más corto que pudiera para entrar a internarme (ya que así me lo había recomendado el médico) la verdad es que no fue demasiado corto pero fue lo que me salió: me teñí de morocha, total, solo se vive una vez y el pelo se iba a caer.
El 19 de septiembre entré a internación. No voy a negar que el primer día quise salir corriendo: tenía que estar aislada, con visitas de solamente dos horas por día y con un ruido bastante insoportable que me hizo no poder dormir las primeras noches (el de las máquinas que depuraban el aire). Después de las quimios, algunas complicaciones y malestares de todo tipo, llegó el día 0, el día del trasplante. Recuerdo haberle preguntado a la enfermera si sabía quién era mi donante y me dijo: “lo único que sabemos es que es de Alemania” así que me imaginaba el trayecto en avión, toda la logística, el trabajo del INCUCAI y de tanta gente… y pensaba en mi donante. ¡Qué gran acto que hermoso el de la gente que toma el coraje y pone el cuerpo para salvar a otra persona que ni siquiera conoce!
El tiempo adentro de la clínica se hizo bastante eterno aunque no fue tanto. Taché los días como hacen los presos mientras esperábamos que me dijeran que la médula había prendido: vomité como el exorcista, dormí para que pasara más rápido el tiempo, me agarraron alergias, fiebre, pero también escribí, pinte y escuche música. Y un día entró mi hematólogo Patricio a decirme: “Cami, hay 120 glóbulos blancos, ya hace unos días vienen subiendo muy de a poquito. Y eso quiere decir que está comenzando a funcionar tu nueva médula”. ¡Cuánto alivio y felicidad! Ahí arrancaba otra etapa: ya veía más próximo el alta aunque había que lograr poder comer sin alimentación por vía y estar sin ninguna otra complicación. Ese día llegó. Con bastante miedo salí de la clínica y en casa me esperaba un contenedor de medicaciones que tenía que tomar en el horario correcto, con un equipo de diez atrás mío, mi familia, se logró que todo saliera bien. Pasaron días, hubo complicaciones, me hice estudios y tuve más vómitos. Pero poco a poco iba pudiendo comer más cosas, volver a tomar mate, salir a pasear y mirar el cielo; darme una ducha en casa fue de lo más placentero en ese momento. Tuve un equipo maravilloso… ¡Cuántas personas jugando para mí! Sin ellos hubiera sido imposible.
El tiempo fue pasando y mes a mes iba mejorando. Al año me habían sacado todos los medicamentos: un alivio inexplicable. Y me hacían una punción para saber si estaba funcionando la nueva médula: quimerismo 100% (todas las células de mi donante funcionando, indicando el éxito del trasplante): otra cosa para celebrar. Después de la guerra entre medicaciones, complicaciones y la vida misma, un día consulté en el INCUCAI si podía saber quién era la persona que me había salvado la vida. Me explicaron que en Alemania recién liberaban los datos del donante a los dos años del trasplante así que exactamente en mi cumple de dos años post trasplante volví a mandar el email. La respuesta fue que la donante había sido una chica llamada Hannah que vive en Alemania, que tenía 25 años cuando donó y me daban su email. ¡Qué alegría, emoción, llanto, todo junto! Ansiosa, pensaba en qué idioma escribirle: si en alemán, en español o en inglés. Le mandé un e-mail pero no hubo respuesta. Al tiempo le envié otro y así insistí varias veces. Desde el INCUCAI me dijeron que ellos iban a dar aviso a la donante para informarle que yo estaba intentando contactarme con ella pero me aclararon que muchas veces ellos no desean tener contacto. El 14 de marzo de este año, apareció su respuesta: todos los mails habían ido a su Spam. ¡Qué felicidad enorme poder contactarme con ella finalmente! Y aunque mis palabras siempre van a quedar pequeñas frente a semejante acto, el gracias era ínfimo, pero me daba una sensación tan hermosa… Ese día nos contamos nuestras vidas, nos mandamos fotos: ella me mostraba cómo donó y yo le envié las mías recibiendo sus células: una persona que vino a salvarme y con quien soñamos un día poder encontrarnos.
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Escribo esto para devolver aunque sea un poquito de todo el amor que yo recibí. Y para destacar la importancia de inscribirse como potencial donante de medula ósea, así como Hannah lo hizo en 2015 y me salvó la vida en 2022, por todos los que hoy esperan su compatible y por aquellos que no tuvieron esa oportunidad.
Camila Bog
DNI 37.940.268

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