Carlos Mastrangelo: “Más no puedo pedirle a la vida”
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Carlos Mastrangelo siente gratitud por “la familia espectacular que tengo” y recuerda a su señora como “el artífice de todo”. En la escuelita de fútbol de Olimpo, que lleva su nombre, y en las restantes categorías del club, recibe mucho afecto. A los 87 años, sigue compartiendo su experiencia siempre con una pelota cerca
Por Alejandro Vis
La mirada está orientada hacia la cancha, en el predio de la primera cuadra de calle Alberdi. Es el centro de atención para Carlos Mastrangelo, quien poco antes recibió el saludo y varios abrazos de los chicos de la escuelita de fútbol de Olimpo. Llegó luego, para los pequeños, el momento de jugar a la pelota.
La escuelita lleva su nombre. “Es un orgullo”, expresa con gratitud hacia el club en un diálogo con este diario. A los 87 años, Carlos concurre los lunes y jueves a ver a los más chicos en la sede de Alberdi, mientras que sábados y domingos va al complejo de Olimpo “a observar las inferiores y primera, la dirige Cacho Córdoba que sabe muchísimo. Tiene el buen gesto de venir, preguntar, después él decide”.
Se siente bien porque “es una actividad que me gusta, me ayuda para no quedarme sentado todo el día -explica-. Siempre dije, mientras reciba respeto sigo hasta el último día de mi vida en una cancha”.
¡Vaya si lo respetan! Describe que “los chicos vienen corriendo y me abrazan. Pienso ‘debe ser por sus abuelos que me conocen’. También es porque “perciben que los trato bien, me interesa tratar de enseñar. Los padres lo ven, además los pibes van y cuentan”.
Con emoción, dice que “estoy re contento de la vida que he llevado, más no puedo pedirle. Por la familia espectacular que tengo, mi señora que ya no está más fue la artífice de todo esto”. Tuvo un sostén muy valioso, sobre lo cual expresa que “nuestro fútbol no es profesional. A mí me gustó, mi familia me aguantó y ¡mirá lo que duré! Todavía sigo”.
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Cuando Carlos nació, la familia alquilaba una vivienda en avenida Moreno al 1150. “Después mi viejo compró a una cuadra y media de distancia, en la actual calle Benito Machado al 77. Ahí viví hasta que me casé a los 25 años”, recuerda.
Su padre se llamaba Humberto y su madre Estefanía Pérez. Tuvo un hermano menor, Héctor, quién “falleció hace unos cuantos años”.
Humberto se desempeñó como obrero gráfico en el desaparecido diario La Hora y en La Voz del Pueblo. Trabajó como la linotipo, que se exhibe en la esquina de las avenidas San Martín y Almafuerte; “gente de la época me contó que él había manejado esa máquina”, afirma.
En el barrio, jugaban a la pelota cada tanto en la calle. También había encuentros de baby fútbol y los campeonatos Evita, cuando Juan Domingo Perón era presidente.
“La vieja cancha de Quilmes estaba en Moreno y Urquiza, cerca de mi casa”, señala. Por entonces, en las divisiones inferiores solamente existía la quinta división y la cantidad de clubes de la ciudad que participaban en los torneos era más reducida. Menciona que “competían Quilmes, Huracán, Villa, El Nacional, Boca y Colegiales”.
La quinta división estaba integrada por jugadores de hasta 18 años. Carlos jugó un año en inferiores y a los 14 dio sus primeros pasos en primera: “era goleador. En quinta jugaba de nueve, luego en primera me pusieron como extremo por la derecha, un wing como le decían antes. Igual solía usar la camiseta número 9 en el club y años más tarde en la selección de Tres Arroyos”.
Terminó la primaria en la Escuela 8 y tuvo que realizar una elección habitual de la época en muchos hogares. “Tus viejos te decían o estudiás o trabajás’. No me gustaba estudiar, tenía una amistad con la familia Casinghino, me ocuparon en la farmacia como cadete. Hice el mismo trabajo en la farmacia Pasteur y luego por amistad también, me tomó un señor que tenía un taller de bobinaje en avenida Moreno al 850, desde donde se trasladó a la calle Colón, frente a la Escuela 8”, indica.
En el taller tenía como compañero a otro jugador de Quilmes, Manuel Ponce, quien tiene un año más que Carlos. Su debut en primera se produjo con sensaciones encontradas, porque lo convocaron debido al fallecimiento de la mamá de Manuel. El rival fue Independiente de Coronel Dorrego, “íbamos 1 a 1, faltaban dos minutos, tiran un centro desde la izquierda, entro por la derecha, cabeceó y es gol -rememora-. Ganamos 2 a 1, la alegría lógica de un pibe de 14 años. De ahí fuimos al velorio de la madre de este muchacho, llorando desde que salí de la cancha hasta que volví a mi casa. Alegría por un lado y tristeza por el otro”.
Manuel Ponce sigue vinculado al rubro, “tiene un taller en su casa y hace el trabajo de bobinado a los 88 años”.
Lo citaron para el servicio militar en Junín de los Andes, cuando tenía 20 años. Fue la única pausa en su vínculo con el fútbol, que perdura hasta el día de hoy. “Cuando regresé de la colimba seguí jugando en Quilmes un año, después formé parte de Huracán de Necochea, volví a Quilmes, Rivadavia de Aparicio, Quequén de Oriente y en la otra institución de la localidad Oriente Fútbol Club, Huracán Ciclista y Claromecó”, enumera.
En muchas oportunidades fue convocado para jugar en la selección de Tres Arroyos. Sostiene que “empecé en la década del ’50, El Nacional inauguró las luces y vino Platense. Con el plantel del club reforzado armaron una selección, Antonio Mateo Catale fue a mi casa para convocarme”.
Representó a Tres Arroyos además en partidos ante Vélez, Boca y años después frente a River, en tiempos en que atajaba Amadeo Carrizo.
Cuenta una anécdota del encuentro ante Vélez que se desarrolló en El Nacional, ocasión en que lo marcó Simeone, “el tío del Cholo, que tenía el mismo apodo”. Carlos era delantero por la derecha y Simeone jugaba de 3; “me movía rápido y para tratar de pararme, me pegaba. No me olvido porque desde la tribuna de la avenida Belgrano le empezaron a tirar piedras. Ese partido hice un gol de penal”.
Décadas después se encontró sorpresivamente con Simeone en un predio donde entrenaba Boca: “Yo le había llevado jugadores a Jorge Griffa en Newell’s y cuando se fue a Boca me llamó de nuevo. Un día fui con Juan Forchetti, marcador central que le gustó y quedó en el club; andaba alguien con una carretilla, le decían Cholo y era él, estaba como empleado. Me acerqué para confirmarlo, le pregunté si una vez no había jugado con Vélez en Tres Arroyos. “Si, nos trataron bárbaro, menos una hinchada que me empezó a tirar piedras desde una tribuna. Marcaba a una pibe ligerito’, me respondió. Cuando le dije que era yo nos dimos un abrazo, son cosas lindas”.
Carlos conducía el seleccionado Sub-15, que obtuvo un campeonato a mediados de la década del ’90. “Griffa habló con la Liga para que yo armara el Sub-15 y vino a verlo. Al día siguiente estuvo en mi casa. Conversamos con los padres y viajamos en un micro con un montón de pibes. Algunos quedaron y otros no”, manifiesta.
Entre quienes quedaron, hace referencia a Adrián Leguizamón, quien “después decidió volver a Tres Arroyos. Tenía una gran calidad, yo decía que era un Franklin Martínez en chiquito ¡con qué elegancia jugaba!”.
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Cuando Carlos debutó en Quilmes, el director técnico era “el famoso Negro Alvarez. Enfermero del Hospital, masajista y en el club hacia todo, una persona diez puntos”.
De la selección de Tres Arroyos, dice que “para mí Lorenzo Ceballos fue el mejor. No era técnico, como se lo concibe hoy, sí había sido un gran jugador y se hacía entender”.
Se desempeñó como DT en Quilmes, Villa, El Nacional, Argentino, Olimpo, Boca, Colegiales, Echegoyen, Alumni de Orense y Huracán Ciclista. “Quilmes había traído más de veinte jugadores, el técnico era Rubèn Horacio Galletti, quien había sido jugador de Estudiantes y yo era ayudante. Al año siguiente me eligieron a mí, fuimos a buscar dos o tres refuerzos, salimos campeones en 1992”, destaca.
No obstante, con autocrítica, dice que “al otro año, entramos en el torneo regional. Tendría que haber dado un paso al costado porque no estaba capacitado para un nivel distinto. Con un gran plantel no nos fue bien”.
En la etapa siguiente, lo llamaron para aportar sus conocimientos en Boca: “Se comunicó Roberto Colombini, quien era el presidente, para que sea ayudante de Abel Coria en un regional. Me dijo ‘te conozco como persona, nos gustaría que lo acompañes a Coria’. Acepté”.
Nació posteriormente su relación tan especial con Olimpo, cuando “Jeanneret me vino a ver para que dirija”. Tiene muy presente en su memoria el proceso que llevó a armar un gran equipo; el diálogo que mantuvieron con Roberto Marcos Saporiti, director técnico de San Lorenzo, y con el responsable de las inferiores; “no había jugadores para Olimpo, pero nos hablaron de un chico Hidalgo que vivía cerquita del predio, en una casilla”.
En forma paralela, contactaron a Tilger, cuyo hermano se destacó en Boca. “Nos aseguró que podía conseguir los jugadores que estábamos buscando. Así se incorporó Taibo y otros muy buenos refuerzos”, valora. En el arco, Olimpo contrató a Parìs, “estaba en el sur de la provincia. Había sido suplente de Islas en Independiente”.
En el plantel brilló “el Negro Moreno. No sé si acá pisó las canchas un jugador como él, son contados en todo caso los que podían estar a su altura”. Un notable goleador fue Vega, a quien “fui a contactarlo en Benito Juárez”.
Aclara que cita determinados nombres de referentes, como ejemplo, pero que era un plantel en general excelente. Como una limitación, argumenta que “la canchita vieja de Olimpo era muy chiquita. En la cancha actual, ese equipo hubiera marcado muchas más diferencias”.
El club es su casa y reitera que “siento orgullo porque recibo aprecio y afecto, me conocen todos. Es la experiencia, miré todo, no paré nunca, a la larga sirve”.
Pide evitar la soberbia, porque “es un error creernos lo que no somos. En el fútbol y en la vida te das cuenta” y subraya que “nunca fui técnico, sino alguien que había jugado bien, me eligieron y compartí lo que aprendí dentro de la cancha. A veces fui demasiado bueno, quizás es poco conveniente en esta tarea, pero tengo la tranquilidad de haber hecho lo que sentía. Es lo que verdaderamente importa”.
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La familia
La esposa de Carlos Mastrangelo se llamaba Francisca Inés Burgos, “era Negrita para todo el mundo. Tuvimos dos hijas, se me está perdiendo el apellido -dice sonriendo-: María Luján y Sandra”.
La vida le regaló cuatro nietos, quienes son “Ignacio y Maira, hijos de Marìa Luján; Ramiro y Eliana, hijos de Sandra”.
Cinco bisnietos, “Elena y Otto (por parte de Ramiro); Catalina (de Eliana); Baltasar (de Ignacio); y Micaela (por parte de Maira)”.
Se casó con Francisca Inés Burgos en 1960, ella era del barrio, “vivía en avenida Moreno al 1400”.
Con agradecimiento, expresa que para atender a la familia y ocuparse del comercio de pastas, en la primera cuadra de 25 de Mayo, “ella estaba a las seis de la mañana arriba, no dormía siesta, nada. Era todo trabajo. Un tractor. Hace más de dos años que no está. Una persona espectacular”.
Gracias a la penicilina
Cuando tenía 8 años de edad, Carlos recibió un fuerte pelotazo en el pecho durante un partido de fútbol en la calle. “Como era uno de los más chicos me mandaron al arco, jugábamos con pelotas de cuero pesadísimas. Al llegar a mi casa no dije nada, por ahí me retaba mi mamá. Antes era así”, comenta.
La mañana siguiente, al despertar, sentía mucho dolor y tuvo que contarle a su madre lo sucedido. “Me llevaron al hospital, hicieron una placa y vieron que tenía el pulmón fisurado -relata-. Podía cicatrizar, el problema es que sufrí una infección. Estuve tres o cuatro meses en cama. Un día escuché a mi vieja, mi tía, mi prima, todos llorando. Con el tiempo me enteré que el doctor había dicho que ya no tenía más cura, que me moría”.
Pero “apareció la famosa penicilina. Era cara, mi viejo dice ‘vamos a intentarlo’. Me salvó la vida. A la semana o diez días estaba en la vereda corriendo”.
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En Reta, junto a Toli Andreasen
El último verano fue especial para Carlos Mastrangelo. Roberto “Toli” Andreasen, concesionario del camping Martín Reta, lo invitó a este atractivo lugar que recibe a muchos turistas.
“Me dijo si agarro en Reta, te llevo. Me gustó la idea, mi hija tiene casa en Claromecó y en el verano voy algunos días, pero yo quiero ser útil”, subraya.
Carlos se preparó para una experiencia diferente. “Le pedí a Toli que me dé una pieza y baño -puntualiza-. Me interesaba hablar con la gente, ver qué podía hacer; era una cosa nueva para mí. Cuando él salía estaba yo, llevaba a los turistas recién llegados a ver las parcelas, los ubicaba, tomaba los datos. Hablas con uno, con otro, después los grandes y los chicos me buscaban, surgieron amistades”.
Con satisfacción, exclama que “la pasé bárbaro. Me levantaba poco después de las seis, mucho más temprano que en Tres Arroyos. Ayudaba en la cocina. Cuando me mostraron los comentarios positivos de los turistas sobre mí en las redes sociales, me emocioné mucho. Ya me contrató para el año que viene, si estoy bien voy a ir”.
