Un goleador en la terapia
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Por Fernando Catalano
Andrés Guzmán tenía 20 años cuando Hugo Tocalli le hizo un lugar en la primera de Vélez Sarsfield. Recuerda que intentó llegar a un buscapié que tiró en el área de Boca, su compañero y volante del equipo, Toti Ríos. Pero no llegó y no pudo convertir el gol con el que sabe -en su interior- que hubiera tenido otras oportunidades de triunfar en el fútbol grande.
El joven orensano que había llegado a la institución de Liniers a los 16 años, después de haber estado un año probándose en Boca y viviendo en Casa Amarilla, debutó en la categoría mayor del fútbol argentino ante Lanús, con una victoria.
Con la camiseta de Vélez, en un partido contra Lanús
Pudo jugar cuatro partidos, y el más importante fue contra el xeneize, en el que entró como titular.
“Después se fue Tocalli, y vino Gareca. Estuve en su plantel pero siempre muy tapado”, cuenta resignado el Tanque orensano que muchos recuerdan en Tres Arroyos.
“Después se fue Tocalli, y vino Gareca. Estuve en su plantel pero siempre muy tapado”, cuenta resignado el Tanque orensano que muchos recuerdan en Tres Arroyos.
Claro, jugando de 9 tenía a jugadores como el Tanque Silva, Roly Zarate, Rodrigo López, Baty Larrivey, Roberto Nanni y Leandro Caruso, en esa misma época queriendo hacer goles para El Fortín.
“Era imposible jugar, y esos eran los que jugaban de 9, después estaban el Churry Cristaldo, el Burrito Martínez, jugaba en un gran club y en un plantel muy bueno y no tenía lugar”, expresó Andrés que por esos días para no perder continuidad buscó otras opciones.
“Era imposible jugar, y esos eran los que jugaban de 9, después estaban el Churry Cristaldo, el Burrito Martínez, jugaba en un gran club y en un plantel muy bueno y no tenía lugar”, expresó Andrés que por esos días para no perder continuidad buscó otras opciones.

Andrés Guzmán junto al Tigre Gareca, en el banco. Celebrando un gol con al Tanque Silva. Y peleando en lo alto una pelota en el partido contra Boca, que siempre recordará


En el ascenso
Rescindió el contrato. Mientras preparaba su futuro en Colombia, la chance que asomaba en el país cafetero se le cayó. Para ese entonces el tiempo había volado y quedó libre cuatro meses. “De estar en la primera de Vélez pasé a no tener club. Y cuando se abrió el libro de pases vino Defensores de Belgrano, en la época del Burrito Ortega. Fui su compañero; y ahí arranqué mi carrera en el ascenso”, contó.
En su vida como futbolista supo construir buenas amistades, sobre todo en Vélez, con Riky Alvarez a quien considera su “hermano”, también con Nico Otamendi, Marcos Torsiglieri, Gastón Díaz, Santiago Vergini.
Fue compañero de Marcelo Barovero y también de Franco Armani en Deportivo Merlo, en este caso en su experiencia por los clubes del ascenso.
Todavía en Vélez. En una práctica con Maxi Moralez (arriba) y festejando el título (abajo)
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Todavía no se retiró. Tiene 32 años y viene de jugar en General Lamadrid, un club del ascenso capitalino en el que quedó libre al sufrir las consecuencias de la cuarentena impuesta durante la pandemia por Covid-19.
El kinesiólogo
En el fútbol profesional lleva doce años, pero en el transcurso de su vida como futbolista se hizo el tiempo necesario para estudiar kinesiología, una profesión que en una época sin fútbol le permite proyectarse profesionalmente, ganarse la vida, y ayudar a salvar la de otros.
Se desempeña en el Sanatorio Antártida donde se atienden exclusivamente casos de Covid-19; y desde donde destaca el trabajo que realizan -en este duro contexto- los kinesiólogos.
“Lamentablemente no dan abasto los que se especializan en terapia intensiva, entonces nos convocan a los que no tenemos experiencia”, dijo Andrés a quien aceptaron rápidamente después de haber enviado un currículum.
“Lamentablemente no dan abasto los que se especializan en terapia intensiva, entonces nos convocan a los que no tenemos experiencia”, dijo Andrés a quien aceptaron rápidamente después de haber enviado un currículum.
Estudió kinesiología e integra el equipo de trabajo del Sanatorio Antártida
Cumple su función rehabilitando a pacientes con coronavirus que salen terapia intensiva, interviniendo sobre sus consecuencias respiratorias y motoras. “También estoy con los que no estuvieron en terapia y los están mandando a piso, están ingresando pacientes bastantes graves”, contó.
Dijo además que “el rol del kinesiólogo en la terapia es sumamente importante porque estamos a la par del médico, y somos los que permanecemos todo el tiempo con los pacientes. Asistimos en la intubación y somos los que estamos con el respirador, controlamos hasta cómo degluten para que no se aspiren y se ahoguen. Hasta les enseñamos a expectorar porque hay quienes quedan con debilidad a la hora de limpiar sus vías respiratorias”, describió.
Explicó además que cuando el paciente permanece mucho tiempo en terapia intensiva, requiere de analgésicos, sedantes, bloqueantes neuromusculares. “Cuando salen después de tantos días sin poder mover el cuerpo las articulaciones están rígidas, no tienen fuerza, no tienen músculo, se atrofian”, apuntó para describir bien los alcances de la intervención que tienen los kinesiólogos en este tipo de casos.
El orensano
Es hijo de ‘Yayo’ David Guzmán, un conocido bombero voluntario retirado de la localidad de Orense; y de la maestra de grado Adela Shjot. Sus padres siguieron a sus hijos y se fueron con ellos a vivir a capital federal una vez jubilados y mientras Celeste -que ahora vive en Portugal- se iba a iniciar sus estudios superiores.
En Orense, con su familia y amigos en los esperados reencuentros

Para entonces, Pablo el mayor, llevaba años estudiando en Buenos Aires, donde había llegado Andrés para hacerle compañía mientras intentaba quedar en un club grande del fútbol argentino.
Recuerda los nombres de Carlos Teófilo, y posteriormente los de Gustavo Scorza y Carlos Mastrangelo, al momento contar cómo es que despega su historia como futbolista desde el ámbito local, hasta que decidió irse a probarse en clubes como Gimnasia, Estudiantes, Boca y finalmente Vélez Sarsfield.
Con los hijos ya grandes sus padres regresaron años después a vivir nuevamente a Orense, donde Andrés también vuelve de visita cada vez que puede.
Mide 1.84 metro y tiene el porte y la edad por delante para seguir inflando las redes del fútbol del ascenso, sólo que ello hoy no sólo queda en sus manos sino en cómo termine de escribirse la historia de la pandemia que todavía no permite el regreso del futbol profesional en la Argentina. Y ese tiempo que corre, no vuelve.
Pero curiosamente -y en una profesión ligada al deporte- el también hincha fanático de Racing nacido en Tres Arroyos y criado en Orense finalmente encontró en la salud, y de manera extraordinaria en tiempos de una pandemia mundial, la revancha que el fútbol grande no le pudo dar, contribuyendo nada menos que a salvar vidas a diario en una cuarentena que sigue contando días, y en un nuevo formato.

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