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      Perpetua II

      14 de marzo de 2020 | 22:53
      Perpetua II
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      “Mi seguridad personal es inexistente”, decía De Gaulle. Y agregaba: “Bastaría con que una persona quisiera cambiar su vida por la mía”.
      El factor sorpresa suele ser todo. Mi amigo llevaba siempre su .45 en la cintura. Diría que era una Bersa Thunder. O quizá una Taurus brasileña. Y los amigos sabíamos que el primer cartucho era de los denominados “de supervivencia”: no poseen un proyectil sólido, sino pequeños perdigones, a la manera de una escopeta. Su creencia era que ese primer tiro no sería letal, pero lastimaría –incapacitaría- a su oponente, aunque el disparo no fuera certero. Y ya tenía luz para un segundo tiro, de bala sólida y bien apuntado. Así lo pensó, y así lo armó, con ese cartucho en la recámara. Murió con la pistola en la cintura. El hombre propone… 
      Y el celular en el bolsillo. Que sonó y sonó hasta quedar sin batería. Algo así me refirió su esposa. Porque no regresaba y las horas fueron pasando. 
      Y el detalle del cartucho pasó por un tubo. Tampoco era relevante. 
      Dicen que los cuerpos hablan. Las camionetas también.
      En Fiscalía me presentaron a alguien venido de La Plata, como “investigador” del cuerpo de fiscales. No policía. Abogado. 
      Vestía con el discreto encanto de los platenses, saco marrón, corbata e impecable peinada. Educado y muy amable. 
      “Mire este informe de la policía”, me dijo casi ofuscado. Como yo sólo miraba, agregó: “No dice si la camioneta tenía rocío encima”. Evidentemente lo seguía mirando, porque hizo un tercer agregado: “Eso me dice si la camioneta pasó la noche allí o no”. 
      Dije “ah”. No olviden que esta fue la primera y última perpetua en Tres Arroyos. Y sin asesino a la vista. Éramos novatos todos. 
      El investigador se marchó como llegó, suposición que baso en que no lo vi más en mi vida. Era una persona amable.
      Y no estaba tan errado, porque el horario del hecho tenía lo que suele llamarse “un rol protagónico”. En algún horario, un eventual sospechoso estaba con amigos. En otro horario nadie lo había visto. Y el lugar del hecho estaba muy alejado de la planta urbana. Difícilmente alguien podría decir “voy al baño”; salirse por la claraboya, ir allí y cometer el hecho, regresar a la mesa del bar y explicar que se trabó el flotante del inodoro, y de allí la demora. Pero existieron, verán luego, algunas coartadas extravagantes.
      El cadáver habla, sí, pero en un idioma que hay que entender. La pérdida de calor, por ejemplo, depende de muchísimos factores: no es lo mismo un niño que un adulto; no es lo mismo vestido que desnudo; o cuánto tejido adiposo posee. Tampoco se enfría parejamente: empieza por pies y manos, las extremidades y la cara. Lo último sería el abdomen. Que también depende de que haya comido o no. 
      Y esa baja de temperatura tampoco es constante: se va amesetando conforme se aproxima a la temperatura ambiente, que también tiene parte en estos cálculos.
      Esa temperatura ambiente es la que rodea al cadáver, no la que da el boletín meteorológico. En el caso Nisman no tenían la temperatura del baño y los gendarmes -otra burrada- tomaron alegremente la del boletín informativo. La temperatura del baño jamás podía ser la misma de la calle. Vi en TV al “perito” de gendarmería “explicando” el tema. Me he criado entre criollos, y bien: el hombre –grande- tenía el aspecto del criollo y hablaba como criollo, tranquilo y bien poco científico. Sobre la hora de muerte terminó así: “Habría que verlo de vuelta”. O algo muy parecido. Lo dijo con desgano, sin convicción ninguna, y el periodista lo dejó ir. 
      La camioneta de mi amigo estaba en mitad del campo, con las ventanillas abiertas. Así quedó. Aquí sí se podía tomar la temperatura ambiente. Se tomó. Está el informe meteorológico de Fuerza Aérea agregado por allí. Y aquí procedo a saltear una serie de datos médicos interesantísimos. Los ojos -las córneas- se examinan, obviamente. Pero la conclusión dependerá de si esos ojos quedaron abiertos o cerrados. Mostraré sólo un detalle.
      Que ahora recuerde, actuaron tres peritos médicos. El Dr. Villada, médico de policía con residencia en Gonzales Chaves. Brindó un informe prolijo y detallado, donde indicó la hora de la muerte. Que siempre es aproximada.
      Ahora bánqueme una digresión. Usted terminó de cenar con un tío viejo, aficionado al vino. A los postres el tío se adormece. Al rato ronca, cabeza echada atrás y boca abierta. Ahora una mosca le camina por la mejilla, pero el tío ni mosquea. En ese momento no ronca, y la mosca se pasea tranquila. 
      Pero si la mosca se introduce en la boca o la nariz es porque el tío acaba de fallecer. Y la mosca se da cuenta en el primer segundo, a diferencia de usted, que pudo haber demorado una hora en advertirlo. Ella busca un lugar donde desovar. Pero volvamos. 
      Luego de Villada aparece el Dr. Julio César Julián, médico legista de la Dirección de Homicidios. Discute la hora de la muerte. Tiene la desventaja de no haber participado en la autopsia, claro. Su informe, sin embargo, es un tratado teórico-práctico sobre el tema. 
      Habla de la comúnmente llamada “mosca verde”. Pero atrás de dicha mosca verde vienen especies secundarias, “segunda oleada”. Y dice “La oviposición se produce siempre en horas del día, ya que la intensidad de la luz es un factor desencadenante del comportamiento de oviposición”. Dedica un meduloso párrafo a las costumbres de la mosca verde, y aclara que el lapso entre la puesta de huevos y las primeras larvas es de 12 horas. Entre muchos –admirables- detalles. 
      Y agrega: “Es decir entonces que si el profesional actuante a fs. 225, percibe la presencia de “larvas” a nivel de la herida por proyectil de arma de fuego en el rostro el dia 18-01-02, y considerando que la oviposición se produce siempre en horas del día, ya que la intensidad de la luz es un factor desencadenante del comportamiento de oviposición, que además la oviposición conlleva un tiempo necesario en su producción y que son necesarias un promedio de 12 horas para que emerjan las larvas, todo este proceso no puede demorar menos de 12 horas”. Agrega otros elementos de juicio y sigue: “…podemos afirmar pues, que estamos en presencia del período de putrefacción, por lo tanto el tiempo estimado de la data de muerte a esta altura debe ser de 24 a 36 horas y es además coincidente con el proceso de oviposición y emergencia de larvas de moscas cadavéricas (Phaenicia sericata)”. 
      Su data de muerte: 24 horas previas al primer examen. El Dr. Villada había dictaminado “entre 10 y 12 horas” anteriores a su examen. El tercer perito coincidió con el Dr. Julián. 
      Dedicado a quienes creen que la mosca es un animal enteramente inútil. Nos ayudó a encuadrar el hecho. Hoy hasta aquí. La seguimos. 
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