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      “Todos los 31 de agosto son otro aniversario de mi vida”

      31 de agosto de 2019 | 13:19
      “Todos los 31 de agosto son otro aniversario de mi vida”
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      Por Quique Mendiberri

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      Hace 20 años, la tresarroyense Lucrecia Correa Malaccorto disfrutaba de los primeros pasos de una prometedora carrera profesional. Poco después de recibirse de contadora, había entrado al Banco de Tornquist y, junto a sus compañeros Inés Viggiano y Rubén Perotti, viajarían desde el aeropuerto Jorge Newbery en el vuelo 3142 de la empresa Líneas Áreas Privadas Argentinas (LAPA) hacia la ciudad de Córdoba a realizar la auditoría de una sucursal de la entidad financiera. 
      El 31 de agosto de 1999 el avión nunca llegó a levantar vuelo y terminó protagonizando el cuarto accidente más grave de la aviación argentina. La tresarroyense y sus compañeros fueron parte de los únicos cinco sobrevivientes que resultaron completamente ilesos. Sin embargo, superar el milagro, le costó mucho trabajo, terapias y la sensación de renacer en cada aniversario de la tragedia. 
      En diálogo con LA VOZ DEL PUEBLO desde el Distrito Federal de México, donde hace varios años que vive con su familia (está casada y es madre de tres hijos), acepta revivir la experiencia en esta fecha tan especial. 
      “Es un volver a reiniciar tu vida. Todos los 31 de agosto son otro aniversario de mi vida”, dice acerca de aquel momento vivido cuando tenía 26 años. 
      “Hacía poco que había entrado a trabajar, estaba empezando una vida más profesional, de recibida, una vida normal”, recordó antes del impacto que cambaría su vida.

      Lucrecia Correa Malaccorto. Vivió para contarla

      “En principio fue un shock fuerte. Fue tan traumático que hasta pensé que iba a ir al banco al otro día (del accidente). Después uno empieza a ver el impacto social que tuvo la tragedia y nota que era bastante intenso para trabajar. Era casi imposible volver a hacerlo después de 15 días de licencia. Fue muy fuerte. Sobre todo al ver lo que generaba en la gente saber que uno era de los sobrevivientes de LAPA”, comentó. 

      De los 100 ocupantes del avión (95 pasajeros y cinco tripulantes) perdieron la vida 63; se sumaron dos de los ocupantes de uno de los autos arrollados por el avión. A 20 años de la tragedia, Lucrecia tiene grabados detalles de esa noche de terror, donde aún recuerda el sonido de la famosa alarma no advertida por los tripulantes

      Negligencia 
      Ese día, el comandante de la nave, Gustavo Weigel, y su copiloto, Luis Etcheverry, omitieron realizar tareas elementales en la fase previa de despegue. Primero, un error calificado posteriormente por especialistas como “garrafal” de olvidar setear los flaps -planos variables de las alas- en la posición de despegue. Luego, cuando las alarmas empezaron a sonar, desconocieron el origen de la anomalía que el tablero les señalaba y siguieron con la aceleración de la nave para un decolaje que nunca consiguieron con las alas “planas”. 
      El Boeing 737-204, patente LV-WRZ, sobrepasó la punta de pista, destrozó la reja perimetral del Aeroparque, una parada de colectivos, arrolló dos autos que circulaban por la Costanera, una caseta con una instalación de gas natural y dos máquinas excavadoras, hasta estrellarse en el talud del Driving Range, situado frente a la aeroestación. Allí, a las 20.54, el B737-200 se convirtió en una bola de fuego. 
      De los 100 ocupantes del avión (95 pasajeros y cinco tripulantes) perdieron la vida 63; se sumaron dos de los ocupantes de uno de los autos arrollados por el avión. 
      A 20 años de la tragedia, Lucrecia tiene grabados detalles de esa noche de terror, donde aún recuerda el sonido de la famosa alarma no advertida por los tripulantes. 
      “El avión carretea para despegar. Hay un momento, en los que uno sabe que el avión levanta la trompa y despega. Cuando hace ese intento y cae la trompa, sonaba una alarma. Tras el golpe, caen las mascarillas, hay todo un movimiento del avión, en el que sentimos que la cola se quiebra, se descarrila de la pista. Se incendia la turbina izquierda y ahí es donde veo como una bola de fuego que se come al avión”. 
      Mientras el avión comenzaba a envolverse en llamas, una azafata que pasó corriendo junto a su fila abrió una puerta trasera y ellos se tiraron sin saber hacia dónde caerían. “Cuando me di cuenta estaba toda bañada en combustible”, dijo al recordar donde lo había hecho. 

      “Teniendo hijos me cambió todo. Una cosa es cuando te pasan las cosas de soltera y otra es cuando uno tiene hijos, familia. En mi caso, nunca había tenido miedo a los vuelos, todo lo contrario, disfrutaba de los vuelos, pero me cambió todo”

      La posibilidad de llegar al exterior se dio porque el daño más crítico se dio apenas cinco filas delante de su ubicación, “salimos tan rápido porque estábamos en fila 19A 19B, en la 20 estaba Rubén. Yo fui la primera y ellos atrás mío. Ni bien salimos corrimos atrás de una estación de servicio ESSO. Cuando empiezan los rescates, un chico que nos vio, impactado, nos llevó al hospital Argerich. En la filas 13, 14 y 15 fue donde se partió el avión y estaban los sobrevivientes que fueron sometidos a más de 50 operaciones posteriores, los cordobeses. El avión luego se quema en tres minutos. Fue todo muy rápido”. 
      Volver a volar 
      Contra lo que cualquiera puede imaginar, subirse otra vez a un avión fue un desafío que parecía haber superado pronto, “me subí enseguida ese mismo año. Fui a Tres Arroyos en avión, en aquel momento había vuelos desde la capital federal. Después hice un viaje al exterior, que me costó muchísimo, pero siempre pensé ‘o lo hago ahora o no lo hago más’ y, tras eso, estuve casi 10 años sin poder volar. Tuve un tema con los aviones“. 
      La familia y los hijos revivieron en su mente esos fantasmas que la fortaleza de la soledad le habían permitido combatir con temeridad, “teniendo hijos me cambió todo. Una cosa es cuando te pasan las cosas de soltera y otra es cuando uno tiene hijos, familia. Ahora no me queda otra, sobre todo porque viajo una o dos veces por año a la Argentina”, dijo y agregó, “en mi caso, nunca había tenido miedo a los vuelos, todo lo contrario, disfrutaba de los vuelos, pero me cambió todo”.

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      El día después. Una vista aérea del escenario que dejó el accidente aéreo del 31 de agosto de 1999

      Los años de pánico encontraron un final abrupto cuando su marido le comunicó que su vida continuaría en México, “después, la primera vez que me subo a un avión, fue cuando a mi marido lo trasladan a México por trabajo y dije ‘bueno, si me subo, me subo’. Me tocó viajar sola porque mi familia ya estaba acá (por la ciudad norteamericana). Después lo fui superando con terapias y un trabajo personal importante”. 
      Hoy, cuando observa por televisión los conflictos gremiales que envuelven a las líneas aéreas en Argentina, recuerda el entorno que derivó en la tragedia y se imagina menos segura, “es toda la seguridad que debemos tener y no la tenemos. Ese día, sonó la alarma de un avión, que había hecho no sé cuántos viajes en un día, que no tenía mantenimiento. También tienen que ver las empresas, donde ponen las responsabilidades”. 
      Después de reconocer que vivir en México no es muy diferente a la Argentina, “para nada, acá también suceden cosas. Hace poco un avión tuvo un aterrizaje forzoso y se vivieron cosas nada lindas. Con todos los avances que ha habido, también puede haber sucedido algo”, afirma que nunca habló sobre esta experiencia con sus hijos, “siempre fue un tema muy difícil y, sobre todo, porque nos tenemos que subir al avión varias veces al año”. 
      Hoy, como todos los 31 de agosto, tendrá la misma sensación que se viene repitiendo en los últimos 20 años, y lo vivirá, tal como lo sostuvo, “con mucha gratitud, agradecimiento y apostando a seguir viviendo bien, disfrutando del proyecto de vida que he logrado”.  
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