“El mostrador me dio satisfacciones”
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Liliana Rueda no quiere salir sola en la foto. Pide un minuto y llama a Darío y a Alejandro. Le gustaría que también la acompañara Andrea, pero está de franco. Ellos tres son el equipo de Los Toneles, que comanda Vicente. Equipo del que Liliana tiene la camiseta puesta desde hace 20 años. Y la defiende a capa y espada.
“Este es un rubro muy lindo, muy variado. Es un trabajo que me gusta. A mí el mostrador me dio muchas satisfacciones”, cuenta Liliana que toda su vida laboral la experimentó como empleada de comercio. Y que ingresó a Los Toneles para ayudar en las Fiestas o cuando hacía falta en algún momento puntual, hasta que después se generó la vacante y ya quedó fija.
“Entré gracias a Andrea, que ya hacía rato trabajaba acá. Yo venía de estar en comercios, pero en otros rubros. Es más, cuando ya quedé me daba un poco de miedo porque de vinos no sabía nada”, cuenta.
Recuerda una anécdota que pinta a la perfección aquellos tiempos: “Me llevé a mi casa una botellita de vino blanco para probar, nunca había tomado vino, y cuando la probé como no era dulce pensé que estaba picado. Al otro día la traje y le dije a los chicos, que estaba feo… Todos se rieron”.
A Liliana le gusta el mostrador. Si bien alguna vez pensó que su paciencia y predisposición para atender al público tenía fecha de vencimiento, a tres años de jubilarse no está segura que vaya a querer retirarse. “El mostrador me dio muchas satisfacciones. La atención al público me gusta”, repite. Prueba de eso es que sus íntimas amigas de hoy se cruzaron en su vida gracias al comercio.
“Algunas de las mejores amigas que tengo, que veo una o dos veces por semana, las conocí gracias al trabajo”, explica. Y cuenta cómo fue el comienzo de esas relaciones. “Un día vino Patricia a comprar un licor y me contó que iba a ver una peli. Otra vez hablamos de qué le había parecido la película.
Después arreglamos para ir a tomar un café. Y un par de meses después nos fuimos de vacaciones”, dice.
Algo parecido le pasó con Laura, que entró una vez a Los Toneles y resultó ser la hermana de un viejo compañero de escuela. Recuerdo va, recuerdo viene, nació la amistad. También con Mónica ocurrió algo parecido. Hoy las chicas forman un lindo grupo de amigas.
Otra alegría que le dio el mostrador fue el reencuentro con Marta Grande, su maestra de cuarto grado en la Escuela 24. “Ella era clienta, pero nunca me había tocado atenderla. Hasta que un día entró y dijo que quería que la atendiera Liliana Rueda. Ahí fui yo, la vi, y nos dimos un gran abrazo. A ella se le cayeron las lágrimas”, recuerda.
“Son cosas lindas que te pasan en el comercio”, comenta.
Y si de cosas lindas se trata, Liliana cuenta que tiene clientes telefónicos que nunca les vio la cara, pero con los que ya tiene una relación de amistad. “Llaman para hacer regalos, o para fin de año, y te dicen ‘quiero gastar tanto, armame el envío que confío en vos’. Y que te pase eso es muy gratificante. Porque nunca ninguno vino a quejarse”, asegura.
Después de tantos años “algo aprendí de vino”, dice. Y eso hace hasta que muchas veces se anime a recomendarle al cliente qué producto llevar. “La gente también con el paso del tiempo se anima a confiar”, cuenta. “Aunque algunos prefieren que le consulte a Vicente… No se puede conformar a todos”, aclara entre risas.
“Una va creando vínculos con la gente que te hacen bien. Y con el paso del tiempo, ya los conocés a los clientes, y cuando entran sabés cómo tenés que tratarlos. Algunos con más confianza, a otros prefieren la distancia”, explica.
Si bien a Liliana siempre le repitieron que “el cliente siempre se tiene que ir con algo”, como está la situación económica en estos días ésa es una máxima muy ambiciosa y ella le encontró una alternativa: “Como están las cosas hoy yo prefiero que aunque se vayan sin nada, la atención que haya sido buena para que estén decididos a volver porque les gustó la dedicación que una le puso. Acá una está para brindar un servicio. Y la clave es dar lo mejor”.
