Quien llega por primera vez, comienza a descubrir sus encantos apenas traspasa los últimas ondulaciones del camino compactado en muy buen estado, ya que tras el cartel de bienvenida, la laguna en el acceso ofrece la primera impresión de empezar a estar en el lugar que uno vino a buscar.
Y al poco transitar, un pueblo tranquilo y casi soñado abre sus puertas al placer de disfrutar de tamaña naturaleza y orden junto al mar, que se esconde detrás de los médanos.
Ante de acceder al sector urbano, el entorno habla por sí solo y lo reciben respetuosos y amables policías, quienes a todos sin distinción le requieren la documentación correspondiente y consultan por el tiempo de estadía, intercambiando algún comentario que hacen sentir bienvenido al visitante.
Al ingresar a la villa, la policía registra todo vehículo
Hecho el trámite, que demora unas poquitos minutos, uno se adentra en un paraíso natural de distintos verdes adornados con flores de varias tonalidades y un ambiente pleno de paz que lo transportan a un clima de distensión total, mientras se van descubriendo casas de diferentes tipos cuidadosamente presentadas entre árboles y colores que hacen sentir al visitante en un lugar soñado pero sin imaginar que podía encontrarse allí.
Sus calles prolijas y tranquilas, como se vive en todo el pueblo, hacen que toda velocidad esté demás y el andar lento lleve a disfrutar más de cada vista, sentir el pasar del viento entre las plantas mezclado con el trinar de las aves y rodearse de una paz difícil de encontrar en estos tiempos.
El verde, tonalizado por los colores de distintas floraciones, le dan un toque de distinción al lugar
Ese es el espíritu que reina en el lugar, donde todo está armoniosamente ligado para hacer del conjunto un vergel junto al mar, que aparece trasponiendo la última cadena de médanos a invita a sentir que todo está equilibrado entre la playa y el pueblo.
Es que la misma tranquilidad que se siente ni bien se ingresa a la villa se traslada hasta la propia orilla del Atlántico, predominando siempre el ambiente familiar y un entorno donde solamente son los protagonistas la arena y el mar.
Solamente irrumpen una construcción de muchos años que oficia de lugar de esparcimiento nocturno y sobresale en un paisaje totalmente cortado por algunos tamariscos. Y dicen que a ese inmueble le queda poco tiempo, ya que su demolición sería inminente para limpiar el lugar de toda contaminación visual.
Uno de los lugares que ofrece el Balneario al visitante
A unos doscientos metros de la playa, un moderno parador ofrece servicios de gastronomía y otros, junto a los baños públicos que están a disposición de la gente con sus instalaciones en perfecto estado de cuidado e higiene, y una atención digna de quienes se sienten orgullosos anfitriones de tan hermoso lugar. Nada más se interpone en el ancho espacio que al regreso traspone los médanos para volver a insertarse en el verde y prolijo ejido urbano.
Es que por ahora está todo estratégicamente pensado para que el paisaje natural no sea modificado por la intervención del hombre, y la arena se mueva al compás de los vientos en su hábitat, evitando así la erosión y cualquier otra alteración que no sea producto de la naturaleza.
De ahí que la extensión urbana del Balneario San Cayetano no irrumpe contra el mar, sino hacia cualquiera de los demás puntos cardinales y siempre en armonía con lo hecho.