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      El celibato

      28 de enero de 2018 | 08:05
      El celibato
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      Por Juan Francisco Risso 

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      Cerré mi última nota con una referencia al celibato. En efecto, me ha dado por temas piadosos, como el alma de las mujeres, y mencioné -decía- al celibato, quizá por tratarse de un tema conexo. El celibato existe porque existe la mujer. Al menos en sus orígenes. 
      Célibes -reales- he conocido dos: Jorge Luis Borges y Fernando Terren. Al segundo difícilmente lo conozcan porque fue nuestro capataz en Ochandio durante décadas. Bajito y parecido a San Martín en su época de Boulogne Sur Mer, como tantos peones. 
      Por ambos pongo las manos en el fuego, pero… ¡qué podría escribir con datos tan escuetos! El caso fue que a la mañana siguiente de publicarse mi nota sonó el fijo y mi hija se allegó hasta mi nicho ecológico -el lecho, donde meditaba con las manos en la nuca- y me dijo una sola palabra: Galilea. 
      En esta etapa de opúsculos cuasi religiosos esa palabra sonó como una clave del Código Da Vinci: Galilea, la ciudad donde vivió Cristo, y donde -según la Wikipedia- curó a un ciego, amén de otros milagros. Ciudad o distrito. O región. (Consideren que toda mi cultura religiosa es la que me brindó Monseñor Rómulo Digiorno, vicario foráneo, en mi etapa de catecismo. Dignatario que, por precaución, no incluyo en mi listado de célibes). 
      Pero como no andaba en nada parecido al Código Da Vinci (llevo una vida pueblerina) luego pensé en Coco Galilea, propietario de La Casa del Pantalón. Cuando tomé el auricular y escuché “Hola hermano” lo confirmé. Y su orden sonó como un pistoletazo: “Tenés que escribir sobre el celibato”. 
      Agregó que se hallaba en compañía del doctor Perez Pieroni, que avalaba el pedido. Nací sin Internet ni televisión. Pero teníamos una gran biblioteca, aunque -debo decir- huérfana de temas religiosos. Más bien Sartre y El Decamerón, de Bocaccio. 
      Cómo haría para cumplirle a Coco, el tipo más amable y solidario de Tres Arroyos… A ver: imaginen a un sacerdote avinagrado y cejijunto, que desde el púlpito amonesta a los feligreses, recitándoles los diez mandamientos, con voz atronadora e índice acusador. Cuando llega al sexto mandamiento -no fornicar- se le produce un brevísimo lapsus, que casi no se advierte, pero continúa con su enumeración.
      Al parecer, en ese instante -y por asociación- el sacerdote recordó dónde había dejado olvidado su paraguas. Contado por otro sacerdote en una cena que compartimos. Freud da un ejemplo casi idéntico sobre el funcionamiento de la memoria. Chiste o no chiste, recuerden que la ficción es el arte de narrar en forma inexacta un hecho real. 
      Si los propios sacerdotes lo toman un poquito a la chacota, qué esperar de un señor que ameniza una cena con sus cuentos satíricos y festivos, festejados por los comensales. Hace unos 50 años, en la mesa de una buena familia que daba una fiestecita, el señor avanzaba en sus libaciones con verdadera alegría. 
      Y conforme avanzaba en sus libaciones sus cuentos se tornaban más atrevidos. Vean éste. Dos elegantes y alegres damiselas marchaban en un hermoso automóvil, mientras dos monjas hacían dedo a la vera de la ruta. Detienen el auto las muchachas, el señor apura otro trago de vino Zaragozano, y prosigue: “suban, hermanas”, remedando la voz de la alegre conductora.
       Y -quiere el cuento- las hermanas se acomodan en el asiento trasero, y allí quedan, en silencio, por un buen rato. Quizá por cortesía, una de las monjitas dice: “Qué hermoso auto… costar* mucho…”. 
      La conductora suelta una risa cantarina y responde: “Una noche de amor”. La monjita levanta las cejas y allí queda, en silencio. Al rato: “Qué lindo tapado lleva, señorita… no ha de ser nada barato…”. Y la conductora: “Otra noche de amor, ja ja…”. 
      Quedan nuevamente en silencio, mientras el auto rueda por el asfalto. Finalmente, la monjita codea a su compañera y le dice amargamente y por lo bajo: “Y a nosotros el cura nos arregla con estampitas”. 
       -¡Ay, hagan callar a ese hombre! -dice una de las niñas de la casa, muriéndose de risa. Y así -querido Coco Galilea- se toma el celibato. No puedo cambiar la realidad social. Y quedás saludado.   

      Juan Francisco Risso

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