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      Luz de luna con bagres y dientudos

      20 de enero de 2018 | 17:13
      Luz de luna con bagres y dientudos
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      Por Hernán Cortés Clérici y Horacio Arbasetti  

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      Días pasados, y por una simple curiosidad de la que habíamos sido advertidos, fuimos al Puente Roca a ver una verdadera “obra de arte”. 
      Fruto de la imaginación y la pertenencia que tiene el barrio de esa ciudad estaba allí, majestuoso, como haciéndonos recordar un tiempo pasado. 
      En uno de los costados del inicio del puente se podía ver una imagen que a muchos de los que vivieron -como uno de mis amigos- en esa zona cuando pibes les debe de haber arrancado un lagrimón. 
      Orgulloso y colorido, con ojos más saltones y vivaces que en otros tiempos “El Bagre” del Puente Roca nos mira con verdadera nostalgia y una sonrisa que marca lo que históricamente allí ocurría. 
      Historias del puente 
      “Eran esas tardes de verano en las que el sol bronceaba, pero no sofocaba, en las que la Luna llena, trepando por detrás del frigorífico se instalaba entre las calles empedradas del barrio en el que solamente algunas casas interrumpían la imagen del paso de los trenes entre Buenos Aires y la vieja estación, transformada, ahora, en imponente centro cultural”. 
      “El Puente Roca era parte indivisible del paisaje coronado por el espacio abandonado de lo que alguna vez había sido el Parque Miedan, una especie de opacado espejo de pasadas glorias que inevitablemente había que invadir, en pos de la conquista de los preciados tesoros que escondía ese sector de la ciudad: saludables bagres y dientudos que nuestra fascinación de pibes, menos expertos que curiosos, nos permitía, casi a diario, poder pescar”. 
      “Era el mismo Puente Roca que ahora, en el primer cuarto de este siglo hubo que remodelar, con sus robustos pilares de ladrillos que acariciaba el agua al pasar, con su estructura reflejada en el curso de ese arroyo que ya por entonces, con las lluvias torrenciales, daba demasiado que hablar”. 
      “Pero el lugar, especialísimo para nuestro espíritu aventurero de siete u ocho años de edad, mantenía siempre la tranquilidad de las algas entre las piedras, con las mojarras que quedaban en las redes, las mariposas negras y naranjas y las libélulas que colmaban el entorno. Todo se veía, cada vez, igual… 
      Como si alguien preservara empecinadamente cada imagen en pos de la satisfacción de aquellos vaqueros, indios y piratas con revólveres de cebita, espadas de madera y flechas de plumas coloreadas que alternaban la necesaria interpretación de esos papeles con el objetivo de tomar por asalto el puente y sus alrededores para bajar a pescar… 
      Y quizá, con la necesidad de proteger aquella paz de los tiempos por venir, de los cambios por llegar, nunca pudimos regresar, como tales, a cruzar el parque, a pisar las piedras, a observar el puente desde abajo… 
      Sólo para que todo continuara siendo igual, en ese sitio inaccesible en el que, afortunadamente, lo pudimos preservar”.
      Esto surge como reflexión y anécdota de un protagonista de aquellos tiempos y compañero de tareas. Epocas en que la salida al Puente Roca era “la aventura” por venir en el que las tardes de siesta y pesca marcaban otra impronta. En el que la caña y el “gorro” -hecho con una media de nylon de “la vieja”- eran los dos artilugios obligados para emprender semejante empresa. 
      Los bagres y el fútbol 
      Los tiempos cambiaron y también la fisonomía del Puente Roca, pero no el romanticismo de sus formas aunque hoy estén conformadas por una estructura de hormigón que simula la anterior. Quien de los pibes de esos tiempos no emprendió una excursión por el terraplén que circunda el arroyo… 
      Quien no hizo de las suyas correteando por encima de la estructura de las vías del hoy inerte puente del viejo Ferrocarril Roca, para mirar cómo el arroyo pasaba por debajo de las vías y ¡ni hablar cuando venía crecido! Y despuntar un picado a la costa del arroyo en la “cancha de los Dinamarqueses”, un verdadero estadio en el que el terraplén que protejía las crecidas del arroyo hacía de espectaculares tribunas símiles a cualquiera de los “de primera”.
      Lugar con poco pasto y mucho pozo en el que para poder “pisar” la pelota había que ser más que hábil. 
      La pesca 
      Pero el recuerdo del emblemático Puente Roca y la pesca de bagres y dientudos me vuelve a la memoria. Historias de tardes-noches calurosas en las que había que ver los “bigotudos” que se podían capturar y traíamos orgullosos en las gancheras hechas con un pedazo de alambre acerado “capturado” a la vera de los zanjones del ferrocarril. 
      Los que contenían verdaderos lechos de agua con el que se amortiguaba las vibraciones que producían los trenes y permitían que no se dañaran las construcciones hechas a la vera de las vías. 
      Toda una aventura en el que los oriundos del Barrio del Hospital -hoy devenido en el Barrio Villa del Parque- emprendían con un conocimiento único. 
      “Ellos” eran los verdaderos guías de semejante tour en el que “nosotros”, algunos de los cuales teníamos que “cruzar media ciudad” para disfrutarlo, nos encontrábamos con un verdadero festín de aventura, picaduras de mosquitos y alguna que otra hormiga roja o negra. 
      Gentiles trofeos que con verdaderas “ronchas” marcaban nuestro cuerpo como recuerdo y trofeo del “yo estuve ahí”. Después volver a casa, con la ganchera llena, y la esperanza de que alguno de los “bigotudos” capturados todavía estuviesen vivos.
      Porque en muchos de los patios o “al fondo” había una vieja bañera en la que los bagres nadaban horondos hasta que llegase el momento en que “pasaban a mejor vida”. 
      Y allí aparecía la sapiencia de los cocineros para poder sacarles ese gusto a barro tan particular que estos bichos poseen. 
      Por eso esto de la bañera en el patio, vieja receta del cura Alejandro Rupell muy fana de la pesca en el arroyo Claromecó, a la altura del Puente Gallegos. 
      Este era un verdadero maestro en realizar unas preparaciones casi mágicas en las que mezclaba ajo, perejil y un chorro de leche que no solo le sacaban ese gusto a arroyo sino que lo dejaban hasta “blanquito” de carnes, ni se parecía a bagre luego de la “fritanga”. Pero esta es otra historia… 
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