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      Esther te cura la vida

      26 de noviembre de 2017 | 07:56
      Esther te cura la vida
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      Esther es la enfermera de la familia. Inolvidable, siempre presente en todo momento, en cualquier circunstancia. Llegó a nuestro hogar para colaborar con la tía Mabel, pero su enorme disposición también la acercó a mi abuela Teresa y a mi abuelo Héctor, a quien acompañó hasta su último día.

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      Pero Esther curaba mucho más que el cuerpo, estaba ahí para mitigar los dolores del alma, esos que duelen tanto que casi no dejan vivir. Hay un gesto que la pinta, y lo recuerdo bien, fue cuando llegó a mi casa con una cajita hermosa, envuelta en un papel de regalo más bello aún. Me dijo que era para uno de mis hijos, el tercero que era muy pequeño y había pasado por una situación de salud difícil. Al abrir aquel paquete, recostado sobre una almohadilla suave había un angelito de plata, el ángel de la guarda que Esther me pidió le colgara del cuello a mi pequeño, y así lo hice. Todavía lo guardo, ya se lo daré a mis nietos. 
      La recuerdo bajando de los vehículos del Servicio de Enfermería de la CELTA preparada para la lucha que tendría que enfrentar para nebulizar a alguno de mis hijos, tan suave y cariñosa que hasta el gladiador más indómito cedía a sus encantos y dejaba que la mascarilla se acercara a su boca sin problemas. 
       Todavía la veo yendo y viniendo de la cocina al comedor con el tecito calentito para mimar a la tía Mabel, o calentando la comida a cualquier hora con el mismo sentido de cuidar, entender y acompañar. Todo lo hacía con amor. Cuando le pregunté a mi mamá por aquellos días me dijo: “Todo lo que hacía Esther era excepcional”. 
      Estaba seria y triste cuando mi abuelo falleció, pero allí se quedó, firme al pie de la cama hasta el final. “Cuando murió tu abuelo -me contó mi mamá- siguió yendo a atender a Mabel, no como un empleo, no como un trabajo, lo hizo porque la quería, sin interés alguno, sólo porque quería verla bien y sana. Por eso traía todos los elementos que usaba para curarla -la tía tenía una afección en sus piernas- esterilizados, impecables y se tomaba todo el tiempo del mundo para hacer esa tarea”. 
      También me contó que admiraba mucho a su esposo, que la esperaba pacientemente en la puerta de la casa de mis abuelos. La llevaba y traía todas las veces que fuera necesario. Mi mamá se emocionó cuando recordó algunas conversaciones con Esther, “una vez, no hace mucho me dijo que cuando sentía que tenía algo malo, que alguna enfermedad podía conmoverla o se sentía derrotada, la invocaba a la tía Mabel (hermana de mi mamá que falleció en 2010) porque con ella rezaban y pedían a Dios por la salud y el bienestar. Entonces estaba segura que algo bueno pasaría porque tu tía la ayudaría con eso”. 
      Perfumada, elegante socorrió más de una herida, administró más de una antitetánica para prevenir la infección producto de muchas travesuras, tendió todas sus manos, hasta las del corazón que no siempre son visibles a los ojos. Esther es la enfermera, la cuidadora, la acompañante, la mujer más dulce que conocí. Lloró cuando Mabel se fue, lloró ante cada pérdida familiar y colaboró para que el sufrimiento pasara como cuando hay que despegar una curita y debe hacerse rápido y firmemente. 
      Esther fue por todos los años que trabajó y brindó su amistad el angelito de la guarda, igual al que conservo, a ese que siempre nos cuidó. Estuvo presente en el nacimiento de mi cuarto hijo en su rol de enfermera del Sanatorio Hispano, ayudó en esas noches frías de julio a acunarlo y también a contenerme en esos momentos. Quedarán para contar miles de anécdotas, las del sacrificio, los días eternos y sin horarios, las mañanas frías, las noches tristes. 
      Quedarán para contar miles de anécdotas, todas las que resumirán el hacer y ser por el otro, su salud y su amistad. Nunca faltará en ninguna mención hacia ella la admiración y el respeto, una enfermera de la vida. Le pedí a mis hermanas que me escribieran algo sobre ella, entonces María Marta eligió resumir todo lo que Esther fue para ella y para todos: “Es una santa… Un amor”.
      El mejor ejemplo para honrar tan digna profesión, Esther la enfermera de mi casa. 
      Escribe Valentina Pereyra
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