Un tablero en La Plata y otro en Nueva York
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Jugar al ajedrez por radio fue fantástico. Fue algo así como jugar ajedrez con un fantasma. Una sensación nueva, desconocida…
Fueron diez ajedrecistas, en representación del Jockey Club de La Plata, que se ubicaron ante diez tableros, enfrentados a… nadie, porque los adversarios, estaban en Nueva York, -a una distancia de miles de kilómetros- solos también con sus tableros, con sus piezas y con las piezas de sus rivales, unidos a través del éter por una permanente comunicación radiotelegráfica. Esto pasó a finales del año 1947.
La reina y el rey, sin moverse del pequeño territorio cuadriculado de ese patio de baldosas claras y obscuras que constituye todo su predio, iban, sin embardo, como los Reyes Magos a lanzarse a la aventura del aire.
Los caballos se transformaban en pegasos de una velocidad indescriptibles.
Alfiles y peones volaban como cohetes interplanetarios.
Durante tres horas al ritmo no sólo del reloj, sino también por el lenguaje que inventó Morse, hombres que no se veían los rostros, frente a cuyas miradas no aparecía un solo gesto en el que adivinar una intención, estuvieron consagrados a ese ejercicio de la inteligencia.
Y vencieron los nuestros, conquistando para la Argentina, el segundo lugar entre los países ajedrecísticos del mundo.
La representación norteamericana encabezada por Sammy Reshevzky, que se señalaba como el más probable contenedor de Botwinnik para el campeonato del mundo; esa representación que, aunque vencida en un match contra los rusos, había acreditado su maestría, dejaba paso a la nuestra en esta singular competencia por radio, en la que si no existió la proximidad física de los adversarios, nada de ellos faltó en el plano de los recursos mentales.
La fama obtenida por las delegaciones de ajedrecistas argentinos que en el pasado tan buen papel hicieron en varios torneos jugados en Europa, se reafirmó ampliamente.
Antes de comenzar el match entre el Jockey Club de La Plata y el Manhattan Chess Club de Nueva York –esto es, entre las representaciones del ajedrez argentino y el ajedrez nortemericano, todos estaban nerviosos.
Por donde se la examinara, la empresa aparecía ardua. Pero en ese ambiente de incertidumbre, alguien puso una reflexión serena. Fue el presidente del Jockey Club, doctor Uberto Vignarte, que, organizador del match, lo había preparado en todos sus detalles. A él se debía la iniciativa de las partidas y a él iba a deberse, en gran parte, la certeza en el triunfo.
Por teletipo –en ese entonces no existía internet- había convenido las condiciones de la competencia y había asegurado el respeto al fair play.
El conjunto representativo del Jockey Club platense perdió una sola partida; la del primer tablero, ocupado por el maestro sueco Gideon Stajlberg, profesor en ese momento del Jockey Club platense.
Cuatro triunfos y cinco empates inclinaron definitivamente la balanza en favor del equipo nacional. Cuando se conocieron los resultados –la madrugada asentaba su filo- una emoción intensa ganó a todos los presentes. Los abrazos efusivos expresaron bien a las claras la trascendencia de la victoria.
El ajedrez, donde no se improvisan campeones, pues detrás de cada uno de ellos hay días de desvelo, años de estudio, además de natural talento creador, abría nuevas perspectivas para los aficionados de nuestro país. Aquello que hace más de setenta décadas habría parecido más fantástico que el ajedrez a través del espacio, hoy podemos lograrlo, no por declinación de los otros, sino por la elevación que estamos conquistando.
