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      La flaca

      20 de enero de 2017 | 21:00
      La flaca
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      Eran tantas las flores que le tiraban cuando pasaba, que en todas las esquinas, los oportunistas de siempre recolectaban rosas, gardenias, claveles… pero cuando el prisma subía y aparecía una orquídea, se comenzaba a vislumbrar algún que otro conflicto por quien la había visto primero… entonces comenzaron a armar puestitos de venta… y lo más triste era que ella ni se enteraba, porque rara vez miraba hacia atrás. Si no, por allí podría haber tratado de hablar con algún señor puestero y pedirle una justa comisión, que, por otra parte no le vendría nada mal, ya que estar separada y con cuatro chicos en casa, alquilando y la guita del sueldo que no alcanza… eso se podría contabilizar como una pequeña ayudita.

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      Si bien ella sabía que cuando pasaba, no pasaba desapercibida, imaginaba que volver la cabeza le significaba que algún señor buscador de tesoros femeninos, girara 180 grados y comenzara, además de caminar junto a ella, con las tantas veces escuchada parlería del levante, y como ella no estaba siempre de buen humor para escuchar propuestas que curiosamente siempre tenían como the end la cama… optaba por caminar erecta, felinamente, colaparadamente… revoloteando sus ojos grises que sin querer atraían mariposas de colores que se mezclaban con el dorado danzar de sus cabellos…

      Por eso, para evitar discursos persuasivos, ella muy pocas veces giraba la cabeza hacia atrás y cuando lo hacía, no podía ver las flores, es más, ni siquiera las orquídeas, que cada vez los puesteros las preparaban más bellamente adornadas… porque su atención se centraba en otra cosa, o sea, un huomo…

      Como tenía un gran poder de concentración sobre lo que se proponía atraer, por allí sin darse cuenta pisaba alguna que otra flor, hecho éste que significaba angustia y pérdida de mercadería para aquellos puesteros que tenía como seguidores, que no se perdían ninguna salida de la flaca, porque los muy piolas sabían que se hacían el día, al margen de los destrozos.

      La flaca en tanto ni se imaginaba lo que pasaba cada vez que salía a la calle… los puesteros habían invertido en un moderno sistema de woki tokis para avisarse por donde iban sus pasos… los quiosquitos crecían e innovaban con exóticos chocolates… los playeros de la estación de servicio detenían su tarea y armados en formación, la miraban pasar… el dueño de la zapatería clásica en persona, rearmaba la vidriera, caminando descalzo de un extremo al otro, sólo por verla… crecían tanto los puestos que al tomar vuelo, se nuclearon en una organización llamada “Pusefla”, puesteros unidos seguidores de la flaca, para no interferirse e invadir las cuadras por donde la flaca transitaba y así todos tenían zonas para trabajar ya otorgadas. Hacían horario corrido e integraron a la familia a la fructífera empresa.

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      El negocio era floreciente.

      Pero ella ni se enteraba, seguía volviendo la cabeza muy de vez en cuando, casi selectivamente…

      Pero… siempre hay un pero… la flaca empezó a sentir que cuando regresaba a casa, la acumulación de mariposas que traía en esos cabellos dorados, no le alcanzaba para decorar su soledad y a pesar que incrementó sus salidas y los puesteros que llegaban de otros distritos eran cada vez más para turnarse… la angustia y la soledad eran cada vez mayores… pisaba casi permanentemente las flores y escuchaba a casi todos.

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      Hoy los puesteros están en default, los quiosqueros no saben qué hacer con los chocolates exóticos, los playeros desorientados y conmovidos sólo atinan a mirar, haciendo viserita con su mano sobre sus ojos, la vereda por dónde pasaba… y al dueño de la clásica, sin comprender, se lo ve apoyado en el mostrador, cruzado de brazos, con la mirada perdida y la vidriera sin renovar. Las calles ya no tienen el aroma de las flores, ni el color de las mariposas.

      Dicen que un día, la flaca, tratando que nadie la viera, escapó por la ventana y se trepó a la bruma, dejando en su cuarto… sólo un aroma de flores muertas.

       

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