Homenaje a Ricardo Piglia
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De Ricardo Piglia no podemos dejar de hablar, de pensar en él, de leer y releer sus escritos. Fue impactante su novela “Respiración artificial”, que retrataba la vida en la dictadura proponiendo un modo de relato totalmente innovador, casi extraño. Vino también su libro de relatos: “Prisión perpetua”, y, se sabe que antes había escrito y editado “La invasión” con un premio de Casa de las Américas.
Fueron muchos y bien merecidos los galardones. Su novela “Plata quemada” fue llevada al cine y leída con avidez. Leída como leía él. Ricardo era un lector con una capacidad de concentración envidiable. Trabajé siete años con él y recuerdo una vez que le dí un cuento mío. Se lo acercó a la vista y puso en él su atención fija, abstrayéndose de todo el movimiento de gente que entraba y salía al aula y a los pasillos del Instituto de Filología Hispánica donde hacíamos las reuniones. Después se llevó mis papeles a su casa y me hizo una devolución y me puso un título. Leía todo lo que le dábamos. Ahora que lo recuerdo, no puedo creer su generosidad, la dedicación de su precioso tiempo a nosotros, a mí, que no era más que una principiante insegura.
Esto ocurrió en los años 93 al 2000, en los que él daba sus memorables seminarios en la Facultad de Filosofía y Letras. El aula se llenaba. Nunca tomaba lista. Tenía cientos de alumnos y de oyentes, y también, cientos de monografías largas que él leía paciente y atentamente. Por eso a este escritor, quiero recordarlo como el gran profesor que fue. Llegaba a nuestras reuniones puntualísimo y esa seriedad se nos contagiaba. Nos hizo leer a Mansilla, a Sarmiento, A Paul Valery, a Barthes, y, sobre todo, a Walter Benjamín y a Borges.
Sí, Ricardo Piglia nos enseñó a nuestra generación a leer. Y debo incluir a Enrique Pezón, a Josefina Ludmer, a David Viñas, a Nicolás Rosa, a Noé Jitrik y a Beatriz Sarlo en esta camada de profesores excelentes que tuvimos el privilegio de tener. Literatos que sufrieron proscripciones y exilios, que dieron sus clases en casas particulares al margen de la academia, casi, o del todo clandestinamente.
La nuestra fue una primavera intelectual. Todos ellos pudieron volver y trabajar en la Facultad y no escatimaron en nada su saber.
El trabajo que con mi grupo hicimos con Piglia fue una larga e intensa investigación sobre Macedonio Fernández que dio como resultado un diccionario macedoniano cuyas entradas son los conceptos y las locuras literarias de quien fuera el padre de nuestros padres literarios. Pero, por sobre todo, Ricardo fue un macedoniano profundo por eso de querer ficcionalizar la experiencia misma de narrar, de querer contar y darle un universo propio y autónomo al trabajo del escritor. Y escribir, como decía Macedonio, para asir lo perdido, para traer hacia uno al que está ausente y tenerlo con nosotros eternamente.
