La cultura autoritaria
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La sugestiva intolerancia expuesta por el intendente Carlos Sánchez debido a las críticas formuladas a ciertos actos de su gestión gubernamental por el diario La Voz del Pueblo y el reclamo a la sensatez que le demandó la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas tuvieron una amplia difusión nacional. Demuestran la subsistencia, en algunas localidades del país, de un estilo intolerante para con la prensa como el que parecía agotado ya hace un año. Pero, además, revela que en los comienzos del siglo XXI siguen vigentes dos muestras de la incultura cívica decimonónica que transforman a la democracia constitucional en populismo y a la república en una grotesca parodia.
La primera de estas muestras se presenta cuando los gobernantes conciben a los medios de prensa independientes como adversarios políticos por el hecho de tener opiniones discordantes. Concepción arcaica fruto de la ignorancia o del autoritarismo que se advierte en las sociedades que transitan hacia la cultura democrática o que lo hacen hacia la autocracia. Sociedades desprovistas de una personalidad cultural definida en las cuales la dirigencia política suele ser suplantada por el caciquismo. En los países que están en la avanzada democrática republicana, conflictos como el que protagonizó Sánchez son inconcebibles. Merecerían severas condenas sociales de los ciudadanos, acompañadas por parodias y comentarios risueños que descalifican a los autores de actitudes intolerantes que fomentan el antisistema.
Las recientes decisiones políticas adoptadas por los pueblos de Gran Bretaña y Estados Unidos fueron acompañadas por severas y agudas notas periodísticas aplaudiendo o rechazando ciertos actos y a sus protagonistas. Pero a ninguno se le ocurrió descalificar a los medios de prensa por disentir con ellos. Nadie insinuó, como lo hizo el intendente Sánchez y algunos de sus colaboradores, que un medio de prensa los criticaba porque era un partido político, o que aspira a conquistar el poder, o allanar el camino de alguna agrupación política. Un absurdo que, para José Ingenieros, lindaría con el delirio que demanda una terapia psicológica. En una democracia constitucional los medios de prensa independientes no aspiran a tener una relación, buena o mala, con el gobernante de turno. Sólo pretenden en un marco pluralista brindar la más completa información posible al pueblo sabiendo que la distorsión de la realidad trae aparejada la falta de credibilidad y su inexorable desaparición. Por otra parte, sería bueno que esos detentadores del poder conozcan, al menos elementalmente, la evolución de la libertad de expresión y de los medios de prensa en el siglo XXI. Al lado de los medios clásicos de prensa gráfica cada vez tienen más importancia los medios digitales, que en un proceso de convergencia, determinan que el acceso a las informaciones y opiniones públicas se produzca a través de esos medios, redes sociales, teléfonos celulares, merced a esa maravillosa y relativamente reciente innovación técnica que es Internet, cuya proyección también absorbe los programas radiales y televisivos. Estos cambios en la comunicación social masiva permiten vislumbrar que, en un futuro próximo, los informadores sociales masivos serán Google, Facebook, Twitter u otros espacios de comunicación relegando a los medios gráficos a un rol de información selecta y de alta calidad.
Este proceso de evolución en materia de comunicación social masiva previsto por la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y la Asociación Mundial de Periódicos (WAN), debería ser conocido por ciertos gobernantes para comprender que preservar una cultura intolerante es una muestra de un atraso mental inconcebible en un líder político moderno. ¿Conocen el intendente y sus colaboradores los comentarios y críticas que, sobre su gestión gubernamental, se emiten en las redes sociales y se archivan en los buscadores con total libertad y disfrutando de la amplia protección que les concedió nuestra Corte Suprema de Justicia de la Nación a partir del caso “Rodriguez”? Sería bueno recordar las coplas de Manrique, o al menos el comienzo de una de ellas: “Avive el seso y despierte contemplando…”, para que no se les ocurra trasladar su intolerancia a los nuevos medios de prensa en vez de volcar su esfuerzo hacia la comprensión de la tolerancia democrática.
Reelecciones
La segunda de aquellas muestras se relaciona con los daños que le produce a la esencia republicana la reelección de los gobernantes. Juan Bautista Alberdi, en su proyecto constitucional, se apartó del texto de la Constitución de los Estados Unidos prohibiendo la reelección inmediata del presidente y vicepresidente de la República. Cláusula que fue incorporada a casi todas las constituciones provinciales. Su estricto cumplimiento determinó que Julio A. Roca debió aguardar doce años antes de volver a ejercer la presidencia de la Nación. Tuvieron que pasar 96 años para que, como consecuencia del autoritarismo que comenzó a desplegarse en Europa en la década del 20, se reformara nuestro texto constitucional permitiendo la reelección inmediata e indefinida del presidente de la República. Cláusula derogada en 1957 que recobró parcialmente su vigencia en 1994. A partir de 1949, y especialmente desde 1984, casi todas las provincias –con excepción de Mendoza- permiten la reelección inmediata y hasta indefinida de los gobernadores, y otro tanto de los intendentes.
Años después, Alberdi se arrepintió de su fórmula. Con singular visión destacó que toda reelección es “una forma más o menos encubierta, es un ataque contra el principio republicano, cuya esencia consiste en la movilidad periódica y continua del personal del gobierno”. Aplicando un enfoque empírico y psicológico añadía que “ese gusto que deja el ejercicio del poder, en los que han gozado una vez de él, y el deseo de continuar en su posesión indefinidamente, son los sentimientos más naturales de la condición humana. Lo primero que desea el que ha gozado del poder algunos años, es seguir siéndolo indefinidamente; o volver a serlo si la posesión ha sido interrumpida. No hay que pedir el remedio a un cambio de la naturaleza humana, sino a un cambio de la institución que da facilidades al desarrollo de esas aspiraciones naturales al poder”.
La observación que formulara Alberdi en su ensayo “Reelecciones presidenciales” es similar a la conclusión popular acerca de que “el poder enferma” y trastorna la mentalidad de quienes no tienen arraigados los valores republicanos y que los conduce a adoptar conductas que, en su normalidad previa al goce del poder, las rechazaban. ¿Era ese el pensamiento que albergaba Sánchez cuando se adhirió a los principios republicanos del Movimiento Vecinal para luego olvidarse de ellos y deteriorar la solidez ética de ese grupo político cuando se repostuló a la intendencia en 2011 y 2015? Aparentemente sí, pero no supo enfrentar el canto y encanto del poder cayendo en la intolerancia propia de los autócratas y a ese afán por conservar el poder al que se refirió Austin Mac Donald al destacar que es la causa que proyecta el caudillismo sobre las estructuras constitucionales en los países latinoamericanos.
En otras palabras, 16 años de poder, alteran los valores políticos, democráticos y republicanos de una persona. Se dirá que eso no aconteció con Fraklin D. Roosevelt que fue reelegido cuatro veces presidente de los Estados Unidos, pero es sólo una excepción que confirma la regla general cuyas muestras todos conocemos.
Una parodia
Podemos concluir con una parodia que extrajo Segundo V. Linares Quintana del libro de Miguel Angel Asturias titulado “El Señor Presidente”, con una licencia literaria que la adecue al Partido de Tres Arroyos, dice así: “Ciudadanos: Pronunciar el nombre del señor intendente de la municipalidad, es alumbrar con las antorchas de la paz los sagrados intereses de la comuna que bajo su sabio mandato ha conquistado y sigue conquistando los inapreciables beneficios del progreso en todos los órdenes y del orden en todos los progresos. Como ciudadanos libres, conscientes de la obligación en la que estamos de velar por nuestros destinos, que son los destinos del municipio, y como hombres de bien, enemigos de la anarquía, proclamamos que la alud de la Municipalidad está en la reelección de nuestro egregio mandatario y nada más que en su reelección. ¿Por qué aventurar la barca de la comuna en lo que no conocemos, cuando a la cabeza de ella se encuentra el estadista más completo de nuestro tiempo, aquel a quien la historia saludará grande entre los grandes, sabio entre los sabios, liberal, pensador y demócrata? El solo imaginar a otro que no sea él en tan alta magistratura, es atentatorio contra los destinos de la Municipalidad, que son nuestros destinos, y quien tal osara, que no habrá quien, debería ser recluido por loco peligroso, y de no estar loco, juzgado por traidor a la comuna conforme a nuestras leyes”.
La cultura autoritaria sostenida durante varias décadas en nuestro país por algunos grupos totalitarios trae aparejada la incultura cívica que conduce a cualquier populismo, dictadura o autocracia. Uno de sus instrumentos fue siempre la intolerancia, especialmente con la prensa independiente mediante la censura, la aplicación de sanciones civiles y penales, restricciones a difundir la información pública, negar el derecho de acceso a la información, hasta llegar al extremo de la clausura de los medios y secuestro de sus ejemplares. Medidas que fueron tristes realidades desde hace 65 años, y que se redujeron sensiblemente desde 1984 con la salvedad lamentable del lapso que transcurrió entre 2008 y 2015. Parece evidente que la solidez republicana requiere del pluralismo, de la tolerancia y de una amplia libertad de prensa que es la única garantía eficiente para preservar la vigencia de las restantes libertades del ser humano y de su dignidad.
(*) El autor es abogado, doctor en Derecho, licenciado especializado en Ciencia Política. Docente universitario desde 1968, socio fundador en 1973 del estudio lurídico Linares Quintana, Badeni & Gagliardo y asesor jurídico de ADEPA. Integra la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas de Buenos Aires, y la Academia Nacional de Periodismo, entre otras entidades. Es colaborador de la Sociedad Interamericana de Prensa.
