Un golpe a la cultura del “todo vale”
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Los piquetes enloquecieron la ciudad de Buenos Aires antes de fin de año y, sin embargo, la sacaron barata. Tránsito colapsado, Metrobús cortado, tacheros alterados, gente harta y bronca contínua contra la tan criticada “inoperancia policial”. Nadie movía un dedo y así, se cerró el año.
Las encuestas no mintieron entonces y marcaron la fatiga social hacia esos grupos violentos, pero también el desgaste del Gobierno en materia de control de la calle.
Como era diciembre, se dijo entonces, la posibilidad de que cualquier revuelta se extendiera hacia límites impensados fogoneada por la política sucia que todo lo aprovecha, hizo que todas las situaciones se manejaran con cuidadoso guante blanco.
Toda esa pasividad se dio hasta que el presidente Mauricio Macri pasó la pelota hacia el otro lado de la red y dijo públicamente que esperaba cambios. Entonces, habló, casi como un caso testigo, de “un comportamiento distinto del gobierno de la Ciudad en términos de poner algún límite” a las protestas callejeras. Luz verde a un cambio de modalidad.
Con la unificación de las policías, que arrancó en 2017, el Jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, ya no podía mirar para otro lado porque ahora tenía bajo su mando directo una fuerza que, aún con las resistencias que se han visto de parte de la Federal, tenía que controlar, tal como le pidieron hasta el cansancio los vecinos, el espacio público del distrito. En primer término, el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires apuntó hacia los manteros, quienes son un caso algo especial por su doble condición de intrusos y de explotados. Ellos son la cara visible de una serie múltiple de actividades presuntamente ilegales que la Justicia deberá determinar y que les permite la venta a precios de regalo en Once y en otros lugares de la capital. En esa línea, hay que marcar el origen probablemente delictivo de la mercadería que, en general, proviene de saldos que se negrean, de falsificaciones de marcas producto de talleres clandestinos derivados de la explotación de personas, de asaltos de piratas del asfalto a camiones con mercaderías o directamente del contrabando. Los fiscales investigan también narcotráfico y lavado de dinero.
Luego, en materia contravencional, se les imputa la ocupación de las veredas, la suciedad que producen y el deterioro del espacio público, cuestiones que se potencian por las transgresiones impositivas de esos mismos vendedores, quienes se ufanan de la competencia desleal frente a los comercios habilitados.
La televisión testimonió durante horas con mucha crudeza como los manteros defendían metro a metro sus posesiones que creen de derecho adquirido. Sin embargo, poco se dice que todos aquellos delitos, de los que muchos sospechan y que también los expone a ellos como cómplices, son parte de la explotación que realizan verdaderas mafias. En años anteriores, con la venia de arriba y con la vista gorda policial, para mostrar acción y meter miedo, algunos encapuchados y otros con palos cortaron calles y tomaron espacios públicos y privados a destajo. De esa manera, se confundieron los piqueteros, producto de organizaciones sociales, con cientos de barras bravas prestos para trabajar al mejor postor, generalmente pagados por punteros políticos o por dirigentes del fútbol.
Mucha gente le pedía a los gobiernos que se pongan los pantalones largos para desactivar esos polos de conflicto. Los hartos insistían que fuera con gases y con camiones celulares “de culata” y los más cautos que lo hicieran por la vía de la persuasión, pero que lo hicieran. En general, la sociedad acuerda en que el Estado retome de una buena vez el control de la calle perdida.
Y aunque hay denuncias de “salvaje represión” en este caso de los manteros, amparada en una orden judicial y sin “protocolos” altisonantes, la nueva policía fusionada de la Ciudad de Buenos Aires actuó en primera instancia con bastante responsabilidad, sólo defendiéndose de las piedras y de las provocaciones. No es arriesgado concluir en que los vendedores ambulantes, quienes siguen ocupando de a miles las veredas de muchos barrios porteños, son un subproducto más de la crisis que plantó la desidia del populismo bajo una supuesta asignación de derechos. Crisis que aún el actual gobierno no supo resolver y que, en algunos casos, potenció.
El resultado de aquel espejismo, que cruzó transversalmente a toda la sociedad durante años, contribuyó aún más a degradarla y a hacerla retroceder en cuanto a sus aspiraciones de progreso y, sobre todo, en materia de valores. La acción frente a los manteros ha sido, de alguna manera, un primer golpe a la cultura del “todo vale”. (DYN).
