El valor de la inocencia
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Melchor… Gaspar… Baltasar
Los tres legendarios reyes del Oriente que llegaron al humilde pesebre de Belén para homenajear al niño nacido del matrimonio de María y José.
Ese niño, en la pobreza de la cuna y el natural entorno que lo rodeaba, habría de convertirse, con luz propia y trayectoria humana, en el enviado de Dios, como su propio hijo, para redimir al mundo y guiar al género humano, con sus propias leyes, hacia una vida eterna que excedía la existencia terrenal, para todos aquellos que asumieran determinadas conductas morales y prácticas, en su desenvolvimiento comunitario.
A partir de ese episodio, nace la más importante estructura religiosa del mundo, basada en creer, respetar y proclamar las enseñanzas de Dios, prolongadas y difundidas a través de la trayectoria humana de aquel niño, hecho hombre, llamado Jesús.
La Iglesia Católica desde entonces mantiene su creencia, a través del basamento fundamental de su existencia… la fe…
Los Reyes Magos a través del tiempo fueron convirtiéndose en figuras de relieve para los niños, porque la proyección histórica de su existencia los asoció a una festividad que pone de relieve sus figuras legendarias, como jueces inapelables del premio anual que coronaría con el regalo aparecido para cada uno, en la esperada mañana del seis de enero.
Las reglas para comunicarse con los nobles Melchor, Gaspar y Baltasar fueron, durante muchos años, las famosas “cartitas” donde cada uno expresaba su conducta anual; colegio, familia y actos personales habían cumplido con los “buenos ejemplos”.
En la actualidad la multiplicidad de posibilidades comunicacionales ensanchan la brecha de informar a los Reyes Magos y bienvenidos son.
También es absolutamente real que ésta festividad tiene connotaciones para despertar el interés del mundo infantil, tratando de lograr sus preferencias comerciales, actitud normal y lógica en el desenvolvimiento económico comunitario.
Pero hay un aspecto de suma importancia en la presencia de los Reyes Magos, a través de los tiempos y hasta la actualidad, porque el simbolismo de su presencia tiene que ver, al margen de la fe, con algo que debemos preservar en los niños… la inocencia…
Esa inocencia que conforma la antesala del futuro ser humano, hombre o mujer, que necesariamente ingresará a la sociedad que debe recibirlo y donde desarrollará sus actividades humanas y sociales.
La inocencia, es el período de la vida en el que el ser humano comienza a experimentar entre su ser interior y la realidad de la sociedad, donde habrá de convivir sus experiencias positivas y negativas.
Dejemos que los niños construyan su ser interior con la fantasía y la mística de su propia inocencia, que a medida que el tiempo transcurra, indefectiblemente los llevará a descubrir la diferencia entre lo real y lo imaginario, por propia gravitación de su experiencia.
No estamos cuidando a los niños como corresponde, al menos esa es la impresión que nos revela una actualidad, donde se pretende que ellos resuelvan situaciones importantes, que sin la experiencia necesaria, no pueden provocar buenos resultados.
No debe adelantarse la adultez en los niños, hay que dejarlos ser niños; ayudarlos, guiarlos, reprenderlos, mimarlos, dejar que vayan aprendiendo de los consejos y las experiencias de sus mayores en familia, con sus maestros y la propia convivencia con sus pares.
No es en las computadoras donde está el reemplazo para su formación, Porque debemos tener en claro, que ese maravilloso instrumento de la comunicación moderna, también puede esconder acechanzas imprevisibles y hasta trágicas, que pueden destruir sus vidas, como ha acontecido en lamentables experiencias ocurridas.
La niñez es una etapa fundamental y de la vida y hoy está amenazada por los resultados insensibles y negativos de políticas de todo orden institucional, carentes de capacidad de gestión y de responsabilidad social para aportar soluciones reales. Sólo “parches” incompletos, que se exponen con estadísticas vergonzantes en los medios de comunicación de abusos y explotación de la niñez.
Pero “el poncho no aparece” y la realidad supera ampliamente el “bla bla” de los políticos. Los niños siguen en peligro en muchos sectores de la sociedad, pese a reconocidos y valorables esfuerzos de entidades y personas, generalmente del ámbito privado, que tratan de paliar el déficit que provocan inexistentes políticas reales para superar este lamentable flagelo social, que compromete el propio futuro de la sociedad argentina.
Por eso la presencia de los Reyes Magos en la niñez, posee la magia dentro de su mundo interior y proyecta la fantasía con la que cada uno construye su sensibilidad y la convierte en el autor personal de su mundo de niñez, que nadie tiene el derecho a destruir en aras de pragmatismos, insensibles y crueles de apariencias de modernismo, que lo único que revelan es la estúpida mediocridad intelectual que esas ideologías pregonan. Las ideologías muchas veces se han convertido en opio de los pueblos.
Jesucristo proclamó como uno de sus imperativos personales: “Dejad que los niños vengan a mí”…
Todo aquel que destruya la inocencia de un niño o una niña, en cualquier circunstancia de sus vidas, es como darle una cachetada a Dios y eso tendrá su respuesta, más tarde o más temprano del propio Dios, para aquellos que toleraron como sociedad o individualmente que esto quedara impune.
