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      Soledad

      30 de mayo de 2021 | 10:44
      Soledad
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      Lo vislumbro frente a su vieja
      computadora de escritorio.
      El monitor símil televisor,
      de los primeros que sacó IBM allá
      por el año ochenta y siete. Sobre
      un viejo y deslucido escritorio de
      roble está desparramado todo el
      aparataje. Un gabinete, el teclado,
      lentes y varios libros muchas
      veces repasados. El clima es frío
      a esta altura del año. Pancho lo
      padece. Sus muchos años, el estar
      muy quieto y la humedad del
      cuarto pese a la fuerte calefacción
      le demandan mucho abrigo. Ropa
      sobre ropa y una bufanda de lana
      que rodea el cuello. 

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      Pancho se atrincheró en la antigua
      casona materna el mismo
      día en que el mundo se detuvo y
      el país se cerró. La radio ubicada
      desde siempre sobre la mesada de
      granito de la cocina, entre interferencias
      y algunos ruidos dio en
      alto volumen la noticia del confinamiento
      obligatorio. Era preciso
      guardarse y temeroso así lo hizo. 
      Pasaron los días y también los
      meses. El virus fue diezmando los
      abuelos y abuelas y también algún
      rebelde que por ser más joven se
      sintió seguro. 
      No ve a sus nietos desde hace
      mucho. Al principio los padres se
      los llevaban y los veía a través del
      vidrio de la ventana. Pegadas sus
      caritas haciendo morisquetas y poniendo
      las manitas. Han quedado
      los vestigios de lengüitas y dedos
      con dulces como mudo testimonio
      de que vinieron a verle al abuelo. 
      De sus hijos algunos cumplen y
      se ocupan de que al necesitado
      sujeto no le falten alimentos y
      muera ya no de tristeza sino de
      inanición. Los que viven fuera de
      la ciudad argumentan que no se
      puede viajar. Pancho afortunadamente
      desconoce que con solo
      un permiso y los cuidados del caso
      podrían darse una vuelta de tanto
      en tanto y verse las caras. Con
      barbijo y distancia los que todavía
      lo visitan alcanzan provisiones a la
      puerta de la vivienda. Un escueto
      saludo para extender las bolsas
      que el veterano va a desinfectar
      y almacenar en el armario. Sin
      muchas palabras, porque el dialogo
      sensibiliza y se corre el riesgo
      de empezar a llorar y tal vez no
      poder parar. 
      Misión cumplida. Acalladas las
      culpas. Otra cosa no se puede.
      Hay que aislar a los viejos. Es lo
      que hay. 
      Y así Pancho tiene lo necesario
      y sigue sobreviviendo al Covid.
      Todas las mañanas sabe de algún
      par que se fue al otro barrio, ese
      del que ya no se vuelve. 
      Despierta tarde porque el sueño
      lo vence avanzada la madrugada.
      Desayuna entre las migas de la
      cena y luego arrastrando torpemente
      las pantuflas se traslada
      hasta el venerable escritorio. 
      Para el almuerzo una suerte de
      sopa guiso con lo que encuentra
      a mano. Un cocido a fuego lento
      en la memorable marmita de fundición
      porque la artillería dental
      ha sufrido algunas bajas. 
      Vía telefónica se conecta con los
      amigos que fueron los habitués en
      la mesa de café. El dialogo no es
      por este medio tan fluido como
      antaño. Tampoco satisfactorio.
      Faltan los gestos, falta el tono de
      voz, el mirarse y el adivinarse. En
      la emblemática mesa se discutía
      de política, economía y también
      se inventaban, entre risotadas,
      algunas proezas sexuales. Ostentaciones
      poco probables por
      aquello de las comorbilidades
      propias de la senectud. Más que
      nada, expresiones de deseo. 
      El gallego fue un ejemplar de
      buen ver. Alto y corpulento, de
      rasgos armónicos y ojos verdes
      enmarcados por espesas cejas tan
      oscuras como lo fue su cabello.
      Pestañas pobladas, resabio de
      los moriscos que invadieron la
      península. 
      Fue un irresistible seductor y
      tuvo varias reinas con y sin corona.
      La primera oficial le dio dos
      hijos y la segunda también dos.
      Se jactaba de que todos los había
      hecho igualitos. 
      Las que siguieron fueron más
      bien una dinastía de pasiones
      conforme a los años de experiencia
      en esas lides y de urgencia
      por el escaso tiempo restante. Le
      dejaron recuerdos de noches muy
      encendidas y la billetera no tan
      abultada. 
      En estos meses de encierro obligado,
      superados ya los necesarios
      de un embarazo, Pancho ha nacido
      a un tiempo de introspección
      y dialogo interno. Se ha cuestionado
      sus deslices y devaneos. Y
      ha concluido sin culpas en que
      no fue tan malo. No ha matado a
      nadie. Solo ha sido un poco infiel.
      Donde está escrito que el hombre
      debe renunciar a vivir muchos y
      variados amores. Lo triste y que
      no tiene remedio es que hoy en
      día está solo. Y parece que este
      será su destino buscado o no. El
      Covid en compañía de alguna de
      sus dulcineas otra cosa sería. Pero
      ahora en reclusión solo le queda
      echar mano a los recuerdos…
      y respirar… y esperar. Pasar el
      tiempo sin desesperar porque
      todo llega. 
      El otro día despidió desde su
      vetusta computadora a un amigo
      de la infancia. Se enteró por el
      periódico que día a día plancha
      para desactivar el potencial virus.
      Con un nudo en la garganta le
      dedicó unas pocas palabras en su
      muro. Y el “adiós amigo de la infancia”
      sonó a un “hasta pronto”
      resignado. 
      Por las noches deambula un
      poco sosteniéndose con el bastón
      y con alguna pared amiga que lo
      afirma. Camina la casa, se tarda
      frente a los retratos de familia y
      por último se despide de su madre,
      que joven y lozana lo mira tiernamente
      desde una fotografía amarronada.
      Finalizada la recorrida, ya
      en el baño el espejo le devuelve la
      imagen de un desconocido. Él se
      siente interiormente como aquel
      semental al que se daban vuelta
      las mujeres para mirarlo. Conserva
      intacta la oratoria con la que
      caían embelesadas en sus fuertes
      brazos. Y pensar que ahora por un
      piropo pueden demandarle por
      acoso. Por dentro es el mismo, no
      ha cambiado. Se conmueve con las
      mismas melodías y le entusiasman
      los acostumbrados recuerdos. El
      envoltorio es lo que está deteriorado
      y descuidado. Saluda al extraño
      del espejo con un hasta mañana
      y le hace la venia. Camina luego
      fatigosamente hacia el lecho. Una
      vez recostado, con dos almohadas
      que alivian su respiración, recita
      quedamente aquel “Angel de la
      guarda, dulce compañía no me
      desampares ni de noche ni de
      día…” que su amorosa madre le
      enseñara de pequeño. Inexorablemente,
      como cada noche, el
      piadoso descanso llegará.
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