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      Tras los pasos de Garza

      23 de mayo de 2021 | 08:50
      Tras los pasos de Garza
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      Por Valentina Pereyra 
      Producción fotográfica:
      Marianela Hut

      Es sábado, Blanca Mansilla
      espera como todos los
      días la visita de sus nietas
      Lucrecia y Alejandra Damiani.
      Parece una tarde cualquiera,
      pero es distinta. Las chicas buscan
      respuestas para reconstruir una
      historia que llegó a sus vidas por
      casualidad, así como llegan esas
      historias. Garza es el apellido de
      su madre, de su tío, de su abuelo.
      Garza es el nombre del “Paso”,
      de la granja, pero sólo tienen eso,
      un nombre. 

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      El relato empieza a correr, las
      anécdotas caen de a una y se ensamblan
      con las fotos que Lucrecia
      buscó el día anterior. Blanca
      toma la palabra y dice.
      – La granja Xan Marica fue desde
      1940 propiedad de los Garza.
      Todo empezó así, cuando mi
      suegro compró ese lote. 
      La torta de coco que hizo Lucrecia
      circula en delicadas porciones
      sobre los platitos del juego de té
      que le regalaron a Blanca cuando
      se casó. Alejandra sirve el jugo
      de naranja. 
      Marilú, sobrina de Blanca,
      llega unos minutos después, se
      incorpora a la ronda, se sienta y
      desempolva un artículo periodístico
      que rescató de los recuerdos
      que le dejó su madre. María Luz
      Sande, hija de Luz Garza, nieta
      de José y Eléctrica -que siempre
      se hizo llamar Elena- encontró
      un recorte del diario “La Hora”
      del 9 de julio de 1954 con una
      entrevista a José Garza titulada:
      “La granja Xan Marica, raro exponente
      en esta zona de un sistema
      para la división y la explotación
      racional de los terrenos”. 

       “Muchas veces me paré a orillas del arroyo para contemplar su hermoso caudal de agua que corre velozmente para perderse en el mar dejando a su paso a penas un diez por ciento de su beneficio, eso me hacía pensar la importancia que el aprovechamiento que la fuerza hidráulica tiene para los pueblos que la poseen”. José Ramón Garza

      En el cuento “El Todo que surca
      la Nada”, de César Aira, el narrador
      dice de su abuela: “Su fuerza
      nos da las razones de existir que
      no encontramos nosotros mismos”. 
      Blanca Mansilla es la nuera
      de don José Ramón Garza, el del
      Paso. Tiene 94 años y es esa fuerza
      que les da las razones de existir.
      Blanca brinda con exactitud las
      indicaciones para llegar hasta la
      Granja de Garza -a quince kilómetros
      hacia el sur de la ciudad,
      camino a Lin Calel-. Son cincuenta
      hectáreas atravesadas por el arroyo
      Claromecó. 
       – El paisaje cambia según de qué
      lado del arroyo te pares, dice. 
      Si entrás por el camino a Lin Calel
      te sorprende la granja, muda.
      Si estacionás por el camino del
      Cementerio, te reciben los sauces,
      alguna palmera, los álamos y el
      arroyo que busca su cauce entre las
      piedras y restos de construcciones
      pasadas. 
      – Esos árboles de ese lado del
      arroyo- dice Blanca- los plantó mi
      marido cuando tenía 20 años. La
      gente le pedía permiso para pasar
      a pescar, pero si no entrabas por la
      casa, el camino era libre y no había
      que pedir permiso. 
      Floreal, Horacio y Clamor, hijos
      de José, plantaron los árboles
      formando una perfecta cuadrícula.
      Prepararon el terreno
      para recibir riego, colaboraron
      en el trazado de la granja, de
      la plantación dispuestas en cuadrados
      y de la instalación de las
      dependencias para la avicultura,
      apicultura y horticultura. “Las
      plantas son mi vida”, decía José
      en la nota que rescató Marilú. 

      Si entrás por el camino a Lin Calel te sorprende la granja, muda. Si estacionás por el camino del Cementerio, te reciben los sauces, alguna palmera, los álamos y el arroyo que busca su cauce entre las piedras y restos de construcciones pasadas

      – ¡Te acordás tía! En el parque
      había una mesa de material
      redonda con un pilar arriba, ahí
      hicieron el altar para el casamiento
      de mis padres. Mis tíos
      Clamor y Titi Garza también tuvieron
      su boda en la granja. Siempre
      me acuerdo de esa mesa, y de
      los casamientos debajo del cedro
      azul que había en el parque, dice
      Marilú a la que su abuelo llamaba
      Mariuxinia. 
      El parque, un claro en la granja
      rodeado de pinos y cipreses tenía
      nombre propio: “El rincón amable”,
      un espacio que fue testigo
      de imponentes asados criollos para
      los coterráneos del Club Español,
      para los amigos del Rotary, de las
      fiestas de casamiento y los clásicos
      encuentros de domingo. 
      Más que una granja 
      – Mi suegro la llamó “Xan Marica”
      por Juan y María sus padres
      gallegos que llegaron a Argentina
      cuando él tenía nueve años.
      Los Garza se radicaron en nuestra
      ciudad entusiasmados por
      Victoriano Garza, hermano de
      José que les pintó un panorama
      prometedor. “En Tres Arroyos
      hay todo para hacer de todo”,
      les dijo. 
      En 1930 José y Elena vivían
      en una quinta en Buenos Aires;
      él era ferroviario, trabajaba en
      los tranvías. Con la venta de esa
      propiedad compraron la tierra al
      lado del arroyo. Floreal vivió en
      la granja hasta que se casó con
      Blanca. Sus hermanos Horacio
      Luz y Clamor vivían allí también.
      Floreal, estaba encargado de la
      quinta mientras sus padres -que
      se habían mudado a Energíaatendían
      un vivero. En esa ciudad
      José también dejó su huella al
      fundar dos escuelas. 
      Don José Garza trajo a nuestra
      ciudad mucho más que bienes
      materiales, llegó con esperanzas
      e ilusiones que forjó desde muy
      joven a pesar de que realizaba
      trabajos administrativos en Buenos
      Aires que no tenían nada que
      ver con cultivar la tierra o atender
      animales. Esto, sin embrago, no
      fue obstáculo para los proyectos
      que desarrolló en la chacra. En
      unos años la convirtió en modelo
      de cultivo hortícola, además de
      incorporar el uso de la energía
      hídrica para abastecer a la granja. 

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      La mesa redonda de material, que otrora formó parte de un altar, hoy se mantiene estoica entre los restos de lo que fue Xan Marica

      A Garza lo preocupaba encontrar
      la manera para tener riego
      abundante y bien distribuido, así
      que no cesó hasta conseguirlo. Lo
      logró a partir de la contemplación
      del movimiento del caudal
      del arroyo Claromecó y luego
      de analizar la importancia de
      aprovechar al máximo su fuerza
      hidráulica. 
      – La granja empezó a surgir
      cuando inauguran la turbina para
      darle luz, había un molinito, pero
      no alcanzaba para iluminar toda
      la propiedad, dice Blanca. Fue un
      sistema muy innovador. ¡Hasta se
      podía escuchar la radio! 
      El día que inauguraron la turbina
      se hizo una gran fiesta y a
      partir de ese momento se generó
      energía para toda la granja. 
      La turbina 
      – Mi suegro y mi cuñado Clamor
      empezaron a armar la turbina
      bajo las órdenes del ingeniero
      Ismael Ricci, oriundo de Bahía
      Blanca y muy conocido en la
      región. Para hacer eso tuvieron
      que cambiar el rumbo del arroyo,
      lo desviaron poniendo bolsas de
      arena y tierra para trabajar en la
      turbina sin el agua, dice Blanca.
      Una vez finalizada la obra se quitaron
      las bolsas que interrumpieron
      el paso del arroyo que volvió
      a su cauce. 
      El sueño de Garza cobró sentido
      con esa construcción, antes
      había hecho pequeños canales
      para que el agua llegara adonde
      fuera necesaria. “Mi sueño
      era una granja-decía José- muy
      adentro tengo un profundo amor
      por las plantas, las aves y todo lo
      que se cultiva y se produce. Ahora
      hago todo eso al lado mismo de
      mi hogar y ya dueño de un pedazo
      de tierra, el estrictamente
      necesario para la realización de
      mis sueños”. 

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      La edificación conserva tres
      paredes y la cuarta está semi
      derrumbada, adentro hay un
      eje que fue el receptáculo de la
      turbina “Kuplan” de unos 15 HP
      que se instaló junto al arroyo en
      el que se construyó un pequeño
      dique. 
      – Mi suegro quiso hacer un balneario
      con el ancho del arroyo,
      unos diez metros hacia adentro
      revocó con cemento una pileta.
      En esa parte, lisa completamente,
      nos bañábamos. ¡Vieras que
      claridad el agua!, dice Blanca y
      apoya su mano en el pecho para
      marcar hasta donde les llegaba el
      arroyo cuando se metían. 
      – Todo lo que hubo de bueno
      lo hizo él, dice Marilú. 
      – Mi suegro hizo una trampa
      grande cerca de la turbina como
      un enorme trasmallo, todo cerrado
      donde los peces quedaban.
      Compró en Sierra de la Ventana
      alevines y truchas y sembró los
      peces en ese boquete que hizo
      en la tierra. Lo alimentó con agua
      del arroyo desde un caño grande.
      Funcionó como dos años, después
      una crecida desapareció todo,
      dice Blanca. 
      Los domingos en familia 
      – Abuela, contá del día que
      se fueron caminando hasta la
      granja. 
      José revisaba la plantación de
      manzanas, ciruelos, perales, cerezas,
      citrus, unas tres mil plantas
      frutales que no podía descuidar
      ni siquiera los domingos. En la
      cocina con vista al arco de entrada
      a la granja, Elena amasaba
      los ñoquis y preparaba la salsa
      con los tomates que había
      cosechado al amanecer. años.
      Le agregaba unas hojas de
      laurel que traía de la despensa,
      donde los ponía a secar,
      abundaban en la granja, eran casi
      una plaga. 
      Antes de cocinar, ordeñaba las
      vacas y buscaba los huevos que
      luego su hija Luz usaba para la
      torta con la que agasajaba a su
      novio. Arreglaba el jardín, sacaba
      algunos yuyos y preparaba la mesa
      y los bancos que decoraban el imponente
      parque. 
      Los ñoquis de doña Elena convocaban
      a la familia que se reunía en
      la granja todos los domingos. Blanca
      y Floreal estaban recién casados
      y como el amor todo lo puede, una
      mañana dominguera decidieron
      caminar desde el pueblo hasta la
      quinta. Unos kilómetros antes,
      pararon a visitar a su vecino, Abelardo
      “Chiquito” Álvarez que no
      sólo los recibió con el más rico e
      inolvidable jamón crudo que jamás
      comieran, sino que los arrimó hasta
      la entrada de la granja. 
      – No dábamos más, dice Blanca
      sesenta y pico de años después. 
      Luz Garza, la única hija mujer
      de José Ramón y Elena, la mimada
      de su padre, se trepaba del molino
      para ver llegar a su novio. Con la
      mano libre -la otra la sujetaba a
      los hierros de la torre- hacía visera
      sobre sus ojos que usaba como binoculares.
      Cholo, hijo de Eduarda
      Vilarino y Francisco Sande, iba a
      la Granja de Garza en el micro o
      en bicicleta. 
      – Tu mamá le hacía una torta de
      chocolate con forma de tronco y no
      dejaba que nadie la probara hasta
      que él cortara la primera porción. 
      Xan Marica 
      – No tenían nada, así empezaron,
      de cero. 
      Blanca mira una foto y explica
      que fue tomada desde el techo de
      la cocina de Xan Marica. Desde allí
      se puede ver el camino de ingreso,
      el parque y los frutales. 
      – Volví una sola vez después
      de la venta de la granja. Fui con
      mi suegra. Entramos por
      atrás porque no encontramos a quién pedirle permiso.
      Golpeamos las manos y
      como no salió nadie nos metimos
      en la casa. De repente apareció el
      nuevo dueño que con hostilidad
      nos dijo: ¡Cómo se atreven a
      entrar, tengo perros muy malos
      que no sé cómo no las atacaron!
      Así que nos fuimos volando, pero
      vimos que el parque estaba descuidado
      y los árboles caídos. Ya
      no había nada. 
      Blanca tiene la promesa de sus
      nietas, van a ir a conocer el lugar.
      Después de tramitar el permiso,
      cumplen. 

      Desde el techo de la cocina de Xan Marica. En la imagen se puede ver el camino de ingreso, el parque y los frutales

      – Poné el Google Maps, dice
      Lucrecia antes de salir para la
      granja mientras Andrés Calamaro
      suena en la radio del auto: “Voy
      a volver donde nací /Porque vivir
      puedo vivir / A dónde estoy, pero
      me voy /Voy a volver”. 
      La doble pared de ladrillos revela
      otra época, grita nombres,
      mensajes que dejaron visitantes
      furtivos sin tener idea de la historia
      que guarda el lugar. Atrás del
      alambrado aparecen las ruinas.
      Basta cruzar un lote para llegar
      a lo que fue una hilera perfecta
      de eucaliptos y álamos. 
      Escombros, troncos comidos
      por el tiempo, techos sin techos,
      paredes desnudas, pisos que
      gritan nombres desde grabados
      hechos con piedritas, el arco
      que sostiene la Nada. La huella
      de un canal que llega hasta otra
      pequeña construcción, una especie
      de esclusa que seguramente
      regulaba el ingreso del agua a
      la plantación, retazos de historia
      lista para rescatar. 
      – Mi suegro era socialista y
      vivía como tal. En pleno invierno
      salía con la asada al hombro a
      proteger a las plantas de la helada,
      para eso usaba un sistema
      de calor. Después pasaba por la
      herrería, atendía a las abejas,
      los dos trabajaron de sol a sol.
      Fue un granjero que se dedicó a
      cultivar plantas frutales, árboles
      de castañas que nunca alcanzaron
      a madurar, almendros, tuvo
      gallinas y abejas, tenía la idea
      de poner una cámara frigorífica
      para la conservación de frutas,
      hortalizas y huevos. 
      Lucrecia y Alejandra atraviesan
      agujeros donde hubo puertas, se
      hunden en el suelo donde hubo
      pisos, pasan entre boquetes donde
      hubo paredes. 
      La Granja de Garza tuvo dos
      edificios sobresalientes, además
      de la turbina al lado del arroyo,
      uno de ellos, la casa que construyó
      la empresa local “Zurita” y el
      otro un galpón donde había una
      herrería. 
      La casa tenía dos entradas,
      la primera por la cocina, de ahí
      se pasaba por una puerta que
      conducía a un vestíbulo grande,
      a la izquierda, el escritorio de
      Don José. 

      El Paso de Garza es elegido, gracias a su belleza, por diversos visitantes

      “Los libros fueron su
      tesoro y no quería que nadie se
      los tocara”, dice Blanca y menciona:
      “Tenía poesías de Rocío de
      Castro y libros autografiados por
      Alfredo Palacios y Alicia Moreau
      de Justo”.
      Los libros tuvieron un final
      tremendo. 
      – Mi suegra me los había dado
      para que los guarde en mi casa,
      estaban forrados con papel madera
      para no identificar las tapas.
      Cuando vinieron los militares a
      Tres Arroyos los fui a buscar a la
      biblioteca, nos sentamos en el
      piso con mi hija Rita y los fuimos
      tirando uno por uno al pozo ciego
      de mi casa de calle Balcarce.
      Así que se perdieron. 
      El living estaba en el centro de
      la casa y era enorme, a la izquierda
      un baño y dos habitaciones.
      A continuación de éstas otras
      dos habitaciones que tenían una
      puerta que daba a un lavadero
      por la que se salía al parque. Al
      otro lado, las colmenas, la herrería
      y en un galpón enorme, las
      máquinas. Le seguía el gallinero. 
      José sufrió un ataque al corazón
      lo que precipitó la venta de
      la granja. El matrimonio Garza
      compró una quinta frente al
      Golf en la que vivieron hasta el
      fallecimiento del granjero en
      1978. Elena vendió la quinta y
      alquiló en Azcuénaga al 800, luego
      compró un departamento en
      los Monoblocks. Falleció a los 94
      años en 1997 quince días después
      que su hijo Horacio. 
      “El Todo que surca la Nada”,
      esa Nada que encontró José y la
      colmó de tecnología, infraestructura,
      riego, plantaciones, criaderos,
      ese Todo que hoy es Nada.
      —————————————-
      Floreal y
      Blanca

      Las fotos pelean su lugar en
      la caja de zapatos en la que
      están revueltas. Tienen ese
      qué se yo. 
      Blanca toma una y describe
      el compromiso que se retrata en
      el comedor de la granja “Xan Marica”.
      En la pared del fondo cuelgan
      dos cuadros, un retrato de Floreal
      Garza y al lado, otro de su hermana
      Luz. En la larga mesa que cruza el
      ambiente, sentados, los novios y a
      los costados, atrás y más atrás, los
      padres, hermanos y la familia política
      de cada uno de ellos.
      Blanca Mansilla y Floreal Garza se
      casaron en la Iglesia Nuestra Señora
      del Carmen y la fiesta la hicieron en
      “Xan Marica” más conocida como la
      Granja de Garza. 
      Cuando Floreal se casó con Blanca
      trabajaba en la fábrica Rossi y su
      esposa en Istilart donde estuvo cinco
      años. Tenía 18 recién cumplidos
      cuando empezó a ocuparse de la parte
      administrativa de la emblemática
      fábrica a las órdenes del contador
      Larrondo. 

      La familia Garza, debajo de un ciprés en el parque

      Luego trabajó en Rentas -para ello
      rindió un examen en la ciudad de
      Juárez- donde se jubiló como jefa. Al
      mismo tiempo ejerció en la secretaría
      del Colegio Jesús Adolescente. 
      Los Garza vivieron dos años en
      Tres Cerros, Santa Cruz donde se
      hicieron cargo de una hostería del
      Automóvil Club Argentino. Floreal
      expendía gasolina y Blanca atendía,
      cocinaba, daba vida al refugio en
      medio de las montañas.
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