Opinión

Editorial

Mérito

27|09|20 19:57 hs.

La vida social está atravesada por situaciones, momentos, acciones, prácticas, tareas, trabajos, circunstancias, carreras profesionales, ascensos, descensos, promociones, recompensas, estímulos, motivaciones, diálogos, discusiones, en donde el mérito está presente sin ser necesariamente nombrado o traído a la conversación de forma taxativa. Forma parte de nuestra vida, queramos o no; polemicemos con él o ignoremos consciente o inconscientemente su presencia real. Existe, es un valor que constituye nuestro modo de ser social. Y está bien que así sea. 


Remontándonos al potrero, el famoso “…pan, queso, pan, queso…” para determinar la conformación de los equipos para jugar un partido de fútbol, recala también en el universo valorativo del mérito. Queremos jugar con nuestros amigos pero a la hora de conformar nuestro equipo, elegimos a los que juegan mejor y se esfuerzan en demostrarlo. 

 Y el ejemplo llano del picado de fútbol nos brinda el pie para un agregado crucial. El gobierno del mérito no es absoluto, no constituye él solo una especie de monarquía en dónde ejerce su primacía sobre el resto de los valores, en donde se encuentra solitario, observando a los demás, desde un pedestal. La condición humana nos brinda extraordinarias facetas que nos constituyen como personas y contribuyen a nuestro crecimiento y desarrollo, a la par que lo transmiten para el beneficio de las comunidades en las cuales vivimos. Solidaridad, compasión, empatía, espíritu colaborativo, son otros valores que hacen más democráticas y humanas a las sociedades. Junto al mérito, no debajo. A la par, en diálogo, mezclados con él, constituyendo en colaboración la argamasa que contribuye a sostener el bienestar social.

En la discusión de estos últimos días, a raíz de declaraciones del Presidente de la República, el tema volvió a la palestra pública. En algunos casos, como otra forma de crítica partidaria, en otros, con calidad argumental e invitando a una reflexión concienzuda sobre qué tipo de sociedad queremos y sobre qué valores deseamos que se reconstituya. En el contexto de este último grupo, es en donde las mejores reflexiones surgen y en donde se puede profundizar mejor acerca de qué hablamos cuando nos referimos a una sociedad mejor. 

En el picado de fútbol, generalmente queremos jugar con amigos o con conocidos. Prima, al comienzo, ese criterio sobre cualquier otro, de forma casi intuitiva. Luego elegimos a los que juegan mejor, a los que tienen garra, a los que se esfuerzan en cada jugada y luchan todas las pelotas. Una forma futbolística del mérito. Forma que no está siempre por sobre los criterios que determinaron con quién decidimos juntarnos a jugar. Criterios variados, pero imprescindibles, como la amistad, la buena competencia, el disfrute. 

El mérito debe ser más que si mismo. Sobre todo cuando hablamos de la sociedad en general. Y esta contradicción aparente supone comprender que no todos parten desde la misma línea y en posesión de una similar situación social, que no todos cuentan con la libertad de elegir cómo desearían vivir, por carecer de los instrumentos emocionales y materiales para hacerlo, a pesar de desearlo, a pesar de esforzarse para ello, a pesar de hacer mérito para conseguirlos. El mérito instaurado como valor supremo en sociedades desiguales, asimétricas e injustas, contribuye a reproducir lo mismo que dice que viene a solucionar. Es por eso que la discusión acerca de cómo construimos una sociedad mejor, debería de estar nutrida por otros valores que contribuyen como él, a fraguar una comunidad política más equitativa y justa. Estos son: la cooperación, la compasión, la solidaridad, la empatía, la diversidad. 

 El progreso económico es importante y necesario. Pero también lo son las razones, los valores que lo sustentan. Es el contenido espiritual y de ideas lo que sostiene a las sociedades, el que les otorga un sentido de propósito, el que les permite imaginar un futuro. Y dentro de ese bagaje, el mérito en una condición necesaria. Pero no suficiente.