Claudio es marinero, Diego y Pablo los propietarios de Nacho. Los acompaña en la foto, Martín Bancur

La Ciudad

Los Screpante

Tres generaciones unidas por la pesca artesanal

27|09|20 12:28 hs.

Por Fernando Catalano


Ser el portero de un edificio de once pisos en Ramos Mejía -partido de La Matanza- a mediados de los 80’, y con dos hijos del preescolar, fue suficiente para Pepe como para querer buscar otro horizonte para su familia. Había conocido las playas de Claromecó mientras era novio de Patricia, cuando su suegro los traía de vacaciones a la costa tresarroyense. 

Vendió todo y se compró un Citroën con el que agarró la ruta hasta llegar a la localidad costera del distrito más desarrollada turísticamente. 

Por más que hoy observe desde lejos, en México, con añoranzas al pueblo donde crió a sus hijos; aquella decisión finalmente cumplió el propósito de criar a su descendencia en un ámbito muy distinto del cual nacieron y de donde el matrimonio vivió una parte de su vida juntos. 

“Otra crianza”
“Se vino acá y compró una casa premoldeada cerca del faro y nos vinimos. Cuando nacimos con mi hermano no quiso que pasemos lo que pasó él en Buenos Aires. La vida allá es otra cosa, fue siempre lo que me dijo mi viejo. Se vino acá para que tengamos otra crianza. Yo tenía 5 años y mi hermano 4. Arranqué primer grado y mi hermano terminó el jardín”, contó Pablo, el mayor. 

Recordó que su padre “siempre hizo pesca artesanal y lo que pintaba, más en esa época en que no había laburo. Era bravo vivir en Claromecó. Vivíamos comiendo pescado porque estaba bravo y no había otra cosa para morfar. Se la rebuscó con eso”, dijo al hablar de aquellos duros primeros años durante los cuales crecían -con su hermano Diego- rodeados de una realidad mucho más amigable de lo que les hubiera esperado en el Gran Buenos Aires.


Por estos días, el mero moviliza a los pescadores claromequenses (Caro Mulder)


Incluso debieron enfrentar la pérdida de la casa, de lo cual se fueron recuperando de a poco hasta que compraron la esquina de 11 y 18. Recuerda que debieron cambiarse de casa unas 39 veces, alternando los veranos en el camping Los Troncos, donde también trabajaba Pepe.

Una forma de vida 
Los primeros tiempos en la pesca transcurrieron junto a Carly Groenenberg y ‘Gallina’ Huici, en la Tortuga y La Buenos Aires; posteriormente trabajaría con el Lobo Mulder y Mario Iriarte, padre del Negro Osvaldo. También fue compañero del Pollo Llanos, del Pulgón Lamberti y hasta del Chivo Jara; los nombres de la vieja guardia que habitan y caminan las calles de Claromecó. 

“De chiquitos estuvimos en la pesca, mi viejo llegaba, limpiábamos el pescado y salíamos a venderlo. Logramos comprar la lancha nuestra después, pasamos a la que tenemos ahora que es más grande. Hace 25 años que estoy en esto”, contó Pablo que bautizó a la nave con el nombre de Nacho, por su primer hijo, Juan Ignacio Screpante. 

El haberse criado en el ámbito de la pesca artesanal hace que tanto Diego como Pablo compartan con el grupo de pescadores de la localidad una forma de vivir y de disfrutar de la actividad, que es muy especial, y no siempre genera la recompensa esperada. Pero a diario anhelan entrar al mar y estar mezclados entre trasmallos, canastas, olor a pescado, la rompiente y compartir las charlas de radio mientras buscan el paso de las especies que buscan, como ahora con el mero. 


Diego, por un año, es el menor de los Screpante. Durante la salida de este viernes después de una jornada dedicada al mero (Caro Mulder)


Es de familia. No tiene dudas, Pablo, que la de los Screpante es una historia de pesca forjada por los cuatro (Caro Mulder)


Junto a un grupo que componen otros pescadores, acordaron desde hace tiempo vender juntos su producción para alcanzar mejores precios y clientes. “Es algo que lo llevas en la sangre. Por ahí pasa una semana que no salimos y estamos desesperados por entrar al mar. Me gusta mucho la caza mayor, si por ahí me voy una semana a cazar a La Pampa, cuando vuelvo, primero voy a ver el mar y después voy a mi casa. Extrañás el ruido del mar”, explicó. 

“Uno lo hace por un medio económico pero también porque le gusta. Es inexplicable”, apuntó Pablo que en la lancha -además de Diego- sale con Claudio, un marinero que se sumó a la actividad con tantas ganas como ellos. 

La puede contar 
Como en toda actividad, también hay anécdotas importantes en la pesca artesanal como una que Pablo recuerda a menudo, porque puede contarla. “Se me cortó una linga y casi me mató. Soy el que le pegó la linga”, dijo estableciendo un consenso con el entrevistador sobre un hecho que fue conocido en su momento. Y así fue. 

Con tres tractores estaban asistiendo a un compañero local al que se le había parado el motor de la lancha, que se había llenado de agua y estaba cargada con el producto de la pesca. “Enganchamos tres tractores uno atrás del otro, y yo estaba en el medio. Desde el primero que estaba sujetado a la lancha se soltó un enganche, estábamos tirando los tres a la vez con mucho peso, y el tornillo del gancho -con mucha fuerza- me pegó en la cabeza”, describió. 

Después de tener que ser asistido por sus amigos y compañeros, fue llevado a la unidad sanitaria y luego hacia el Hospital Penna, de Bahía Blanca. “Hundimiento craneal” cerca de la sien, apuntó desde el fondo su madre, Patricia, que estaba escuchando la entrevista. Después de la operación, pudo regresar al sexto día a Claromecó. 

“Un año llorando” 
Pero para que la vida de pescadores que pueden contar los Screpante, pueda haberse dado, uno entiende que hay una persona que ha cumplido una función indelegable durante todos estos años. Patricia Pastor, recuerda cuánto lloró cuando con José Antonio ’Pepe’ decidieron vivir en Claromecó. “Me quería matar. Un año llorando me la pasé porque dejé a toda mi familia en Buenos Aires, y vinimos los cuatro con mi prima. Pero después nunca más me quise ir, sólo voy de visita. Eramos 980 personas cuando vinimos”, dijo al recordar aquellos momentos. 


Patricia Pastor, junto a sus hijos Diego y Pablo Screpante


Con 18 años, Nacho Screpante es la tercera generación de pescadores artesanales


Por estos días Patricia es conocida por los pescadores del sector, que son recibidos a tomar mate en su casa. “Todos vienen, tengo todo limpio y me llenan todo de pescado, entran, salen. Me cansan, todos los años con lo mismo; pero si no vienen los extraño”, confió la simpática mujer que también es un pilar del proyecto pesquero de los Screpante en Claromecó. 

“Me llama a cada rato”
“Mi viejo me llama a cada rato para preguntar qué pesqué, dónde, con qué encarno. Es un enfermo, cuando viene va derecho al rolo, que es lo que gira para que suban los trasmallos y canastos”, contó entre risas, Pablo. 


Pepe Screpante, desde México, se mantiene al tanto del trabajo de sus hijos casi todos los días



(Caro Mulder)


Pepe acompañó a Diego unos años en su experiencia por México. Y una vez que el hijo menor regresó, Pepe pareció haber encontrado las motivaciones necesarias para seguir en el país azteca, donde se dedica al rubro inmobiliario y a actividades de distintos oficios, algo a lo que había tenido que acostumbrarse en Claromecó porque –claro- a veces la pesca no es suficiente. 

Un gran recurso 
Pablo no tiene dudas que la pesca artesanal “es uno de los principales recursos” económicos en Claromecó. Pero además destaca la actividad de la construcción, o la leña. “Otra cosa no hay, después tenés el verano. Somos muchas familias las que vivimos de la pesca y la plata queda acá”, dijo el pescador que además es albañil, hace pozos, poda un árbol o corta plantas para llevar el sustento a su casa. 

Todo ello ocurre mientras su hijo Nacho, con 18 años, es el responsable de “toda la movida en tierra, con cajones, carros, camioneta y la espera con el tractor hasta pesar la pesca diaria”.  


(Caro Mulder)