Sociales

Por Valentina Pereyra

Pablo Manorro fue su mejor invento

09|08|20 11:32 hs.

El patio le quedó chico, los plátanos se resisten a dar frutos, pero no perdió la esperanza de que suceda, los surcos de chapa de su quinta son sin dudas la señal inequívoca de que su inventiva no tiene límites, el compost, las macetas y las plantas abren la puerta al otro patio, al suyo, al de juegos. 

Le pusieron un sobrenombre que tuvo que explicar y que no tenía onda en el mundo que creó. Registró su marca sin quererlo, la disfrutó y también lidió con ella, se enamoró de una profesión que lo rozó cuando recién comenzaba la secundaria y que todavía hoy no lo suelta. 

Pablo Romano creó un personaje que alguna vez se lo llevó puesto, sin embargo la usina de ideas que lo acompañó desde niño nunca dejó de funcionar. Su timidez no le impidió poner garra y corazón en las fiestas que ideó y protagonizó. 

Construyó su mundo desde cero, imaginó más allá del infinito, armó y desarmó juguetes para reconstruir otros, esos que proyectó en su cabeza. Armó y desarmó consolas, bafles, transformadores, sistemas eléctricos, acústicos, hizo plomería, electricidad y, pasó música. Declaró tener inteligencia emocional, ser pragmático y confiar en sus abogados de la mente. 


Pablo hoy, en el verde y la tranquilidad de su patio


Apareció “Manorro” y con él un estilo lúdico de poner música, un club de amigos que disfrutaba de un boliche. “Se paraba todo para hacer un juego o mostrar alguna actuación, a la entrada puse un libro en el que la gente escribía lo que sentía, lo que pensaba, ahí está todo, incluso las filmaciones que hoy hacen historia”. 

El disc jockey nació antes de que lo supiera, ya en la niñez practicó con los discos de música clásica que hacía girar en el tocadiscos familiar, con los Bee Gees y los programas de radio que le permitían grabar enganchados en casetes que disfrutaba una y otra vez. 

En 1981 empezó a jugar con la música en la casa de amigos que tenían equipos para hacer enganches y en el ‘82 sus compañeros le pidieron que animara las fiestas que hacían para juntar fondos para el baile y fiesta de egresados. 

Usó equipos prestados hasta que se hizo los propios, “plata que agarraba iba para equipos o discos o lo que tuviera para construir, como los bafles o materiales para ensamblar”. 


Las imágenes de su pasado como DJ y bolichero llenan varias páginas de los libros de sus recuerdos


El ingeniero oculto 
El ventanal del living-comedor de su casa descubre un patio de verdes plenos y un taller al que Pablo Romano describe como su sala de juegos. “La cuarentena no me afectó para nada, no porque sea antisocial, sino porque ahí adentro está todo lo que necesito para construir, re construir, para jugar y ser feliz. A veces me preguntan por qué no compro cosas nuevas, pero no es igual, me gustan los inventos, lo que tengo en la cabeza y quiero construir”. 

Las escenas de su infancia aparecieron nítidas, la casa en la que vivió a los tres años en Belgrano 865, o las salitas del Jardín N° 1 que era muy nuevito para ese entonces, el Colegio Holandés, sus amigos de la pileta de Costa Sud. 

“En esa época era raro querer ser DJ, no se le ocurría a tantos chicos, a mí me rozó porque tenía amigos que estaban en eso”. 

Al finalizar la primaria su madre le preguntó: 
“¿Vas a ir al Colegio Industrial, no?”, y el camino fue de ida. 

 La afición por la mecánica y la electricidad que cultivó de chico se potenció en la secundaria, “el Colegio Industrial me enseñó muchísimo, te da seguridad a la hora de pensar o soñar lo que querés fabricar, te da el piso del conocimiento”. 

Los trabajos que había que hacer en clase los terminaba rápido para poder armar los propios. 

“Tuvimos que hacer un cargador de batería en electricidad, pero yo lo hice en una semana y en el resto del mes me dediqué a construir transformadores para las luces de mi humilde equipo, ya en ese momento había empezado a poner música”. 



Estudiar o trabajar fue la cuestión 
Se caía de maduro que tenía que estudiar ingeniería electrónica, el DJ ya tenía su lugar y el conocimiento se tornó indispensable para avanzar hacia sus sueños. Pero los tiempos de los programas universitarios nada tenían que ver con los de Pablo, “quería armar y diseñar mis equipos, quería inventar, pero me di cuenta que eso no lo iba a lograr con la ingeniería, era demasiada carrera para el objetivo que yo tenía, necesitaba algo práctico y más cortito”. 

La opción fue un curso de electrónica a distancia a través del que pensó podría encontrar algo que le sirviera, pero en esa modalidad fue imposible. 

Su admiración por Carlos Ochandio y su experiencia en el equipo de natación de Costa Sud y en los campamentos lo hicieron pensar que lo suyo era la educación física, aunque tampoco funcionó. 

La película “La Sociedad de los Poetas Muertos” lo inspiró y a pesar de su búsqueda de conocimiento, la actitud de una profesora lo devolvió a Tres Arroyos en la misma moto en la que iba y venía al instituto de Educación Física recién inaugurado en Necochea. “Me choqué con una realidad que no superé, iba a aprender no a que me forrearan”. 


Manorro en una de sus tantas noches de DJ


Carlos Ochandio
“Fue un segundo padre para mí, no tengo dudas que gracias a Carlos Ochandio que fue mi profe en la pileta de Costa Sud y en el Colegio Industrial elegí incluir el juego y la actividad física en los boliches”. 

Ochandio fue un referente, el profesor que le prestó el oído, “te hacía llegar el afecto, te estimulaba”. Los torneos con el equipo de natación, los campamentos con sus amigos, fueron las experiencias más lindas de su vida, “momentos muy enriquecedores y Carlitos siempre estaba ahí”. 

Esta faceta la desarrolló como DJ, “ponía música y armaba el juego de las sillas y la vocación para que la gente la pase bien y se divierta, de ahí nace hacer los juegos de la primavera, juegos con cucharas, carreras de mareados, vóley, fútbol”, actividades en las que su hermana Patricia tuvo mucho que ver, ya que lo ayudaba con el listado de los juegos y otras veces en la puesta en marcha de esa parte del evento.


Los emblemáticos afiches de Monkey


Nace Manorro 
Pablo Romano nació el 12 de diciembre, hace 53 años y Manorro unos años después versionado por su amigo Judy Ruiz. Un año antes de terminar la secundaria -en el ‘85- ya trabajaba viernes y sábado sin parar, tanto, que algunos eventos los corrían de fecha con tal de que él pudiera estar. 

La sucesión de asaltos en el Centro Danés, en la Agraria, los cumpleaños de 15 no le deban respiro. La primavera del ‘86 en Chaplin, el verano ’88-‘89 en Yamó, el invierno de ese año en el mismo boliche construyeron a Manorro. 

Un 23 de enero a las 11 de la noche alguien le prendió fuego el boliche que armó con su padre en la esquina de la calle 22 y 5 en Claromecó. En cinco días lo reconstruyó con la ayuda de mucha gente y rompió su propio record de trabajo continuo, “saqué fuerzas de las personas que venían al boliche, trabajé 56 horas seguidas”. 

 En 2002 se renegó de la competencia desleal y de la cantidad de denuncias que hizo, “nadie me escuchó, entonces los costos y la situación injusta me cansaron y me fui, no me dieron bolilla, no hubo caso, así que pensé: ‘o hago un juicio o cierro’, como nadie accionó cerré en el verano de 2003”.

La vuelta fue en 2009 cuando transformó a Monkey en salón de eventos y una noche a la semana como boliche, pero saturado de cuestiones que circundan la actividad bolichera y sin poder sostener aquella vieja filosofía que lo enamoró en la adolescencia volvió a cerrar hace tres años. “Busqué empacharme, sacarme las ganas y terminar con todo, pero me fue mal esa primavera en Claromecó, me choqué con el cambio de la gente que estaba más afuera o en las previas que en el boliche, ese vértigo no se tradujo en querer ir a bailar, la gente entraba, miraba y salía, así que eso también me decidió”.

La energía interior no le dio respiro, “la vocación me lleva puesto, así que me guste o no, hago lo que sea para llevar adelante los proyectos”. 

Nunca tiró nada, guardó cada recuerdo, trabajo, cartita, mensaje, videos, fotos, “no me subí al éxito, ni a la fama, ni a la moda, la gente me devolvía cuando la veía disfrutar. A veces me salta el Robin Hood y esa negociación interna es brava porque pienso que algo debe ser para todos y para que todo el mundo disfrute”. 

En febrero de este año pensó en empezar con los eventos, hacer fiestas para gente más grande, pero la pandemia lo hizo desistir y dejó esa posibilidad. “Ya estaba a punto caramelo, había conseguido las cajas registradoras viejas para rearmar y estaba programando, pero después sentí que no quería”. 

La semana pasada decidió dejar los boliches, parece bastante convencido a pesar de que lo intentó largar otras veces. “Sigo una vida de laburo, si no genero, no gasto, tengo esa política. Sigo aprendiendo y eso es genial, sigo conociéndome y buscando ser feliz, estar en paz”. 

De la vorágine de la noche bolichera a la familia, “me llegó el momento, quizá sea la edad o que me despegué de Manorro y del boliche, el personaje se llevó puesto esa parte mía, por la misma vocación me inmolaba, esta es otra etapa”. 

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Monkey: mucho más que un nombre

“Quisiera decir que el nombre se me ocurrió a mí, pero no”, reconoce Manorro. 

En el ‘90 un grupo de gente con la que trabajó tuvo la idea de poner un boliche, aunque nadie tenía la plata para hacerlo. “Justo había un muchacho que se puso en el medio mío y de uno que tenía plata y juntos hicimos Monkey, nombre que surgió de una lista que armamos entre los tres socios”. 

Monkey fue un plagio a una marca de ropa estadounidense -que ya desapareció- y de todos los nombres del listado ese fue el que más se ajustó a la idea de Manorro. “Tenía que ser un personaje que pudiera hablar, decir algo, yo venía del Tucu, de la época en la que me peleaba en los afiches con el Oso (José Luis Suárez) que tenía “Chaplin” al que le ponía un globito en la boca y lo hacía hablar. Si miras al Tucu y a Monkey es re loco, los dos dicen: ‘¡Conmigo no vas a poder! Los dos de lentes negros, vestidos como Isidorito Cañones con cara de ‘¡Cómo te voy a torcer, seguí intentando!’”. 

El boliche no arrancó bien a pesar de que Manorro ya era una marca, lo conocían de las fiestas de egresados, de las fiestas del Golf, de las primaveras, pero el verano era muy diferente. “Empezamos una semana bien y después fuimos en picada hasta que lo remontamos en febrero, algo inédito. Los boliches que pisan mal ¡chau! Pero acá hubo garra, fue a pura creatividad y nació el concepto de ‘Verano de Fiesta’”. 

La publicidad, las tarjetas de invitación que se repartían parecen de fiestitas infantiles, colores, frases provocativas, pero simples, dibujos infantiles, básicos, “es un caso milagroso estar en el mundo del boliche con onda y armás un jardín de infantes, proponés cosas re naif, fiestas para jugar como ‘la playera’ para la que acarreábamos 40 carretillas de arena a la pista que después había que sacar para limpiar; las ‘fiestas de disfraces’, las de ‘los record’, ‘la del ridículo’ y por supuesto, ‘la fiesta de la espuma’; siempre se pareció más a un club de amigos que a un boliche”. 

Monkey de Claromecó se inauguró en la primavera del ‘93 y en Tres Arroyos en el ’98. “Hubo que hacer un boliche adentro de otro boliche, fue un laburo chino poner las membranas entre las paredes, hubiera sido más fácil hablar con alguien que supiera porque después aprendí que era mejor poner arena, aunque le erré en pocas cosas”. 

Pablo diseñó y pintó a mano los afiches para anunciar las diferentes fiestas, hasta los del “Big Monkey” emulando al Gran Hermano con su “Gran Elmono”, tesoros guardados en cajas de cartón, enmarcados y colgados en su patio de juegos. 

Con sus manos y la ayuda de su padre construyó -menos levantar las paredes- todo los que hay en sus boliches, la carpintería, la electricidad, los techos, la plomería. Su hermana Patricia le dio una mano enorme, “era el apoyo que yo no pedía, ella me lo proponía y participó especialmente en la decoración de los boliches, era el ojo femenino, pintó el mono del boliche de Tres Arroyos que es una obra de arte. En Claromecó también hizo un decorado, me ayudó con los juegos que era algo que le encantaba hacer. Pensé que a mi hermano Christian le iba a gustar seguir mis pasos, pero me di cuenta que no le interesaba, no era su vocación, era muy tímido”.