Opinión

Editorial

Ante el eterno problema argentino

02|08|20 18:46 hs.

El canje de la deuda bajo ley extranjera logró dentro del país una aceptación del 92%, hasta el jueves 30 de julio, un importante avance respecto del 70% que se había sumado en la primera etapa, que cerró el 8 de mayo. Ese porcentaje, equivale a unos USD 5400 millones, sobre una deuda de USD 64.800 millones que el Gobierno pretende reestructurar. Se trata básicamente de inversores minoristas. 


La disputa mayor se da con tres grupos de acreedores extranjeros que concentran la mitad de la deuda en negociación. Pareciera que en ese punto, la discusión esta amesetada y por ese motivo, el gobierno argentino estudia extender sus plazos hasta fines de agosto. 

Luego del exponencial crecimiento de la deuda externa, como consecuencia del desmanejo económico del denominado Proceso de Reorganización Nacional, nuestro país transitó innumerables negociaciones con el objetivo de resolver su voluminoso y creciente endeudamiento. A estas alturas, podríamos decir sin titubeos, que se ha convertido en otro lastre creado por sucesivos y diversos gobiernos, en dónde no es razonable como tampoco cierto, indicar a una sola gestión de gobierno como responsable. 

La mala administración de nuestro crédito tiene consecuencias directas y prácticas en la vida económica nacional. Por ejemplo, y fundamentalmente, en la imposibilidad de acceder al mercado de capitales internacional a tasas razonables para inversiones a corto y, sobre todo, a largo plazo, como así también para el financiamiento de importaciones, en un mundo altamente interrelacionado. Por otro lado, tiene su correlato en la pérdida de valor del peso, que conlleva una caída de los ingresos/salarios medidos a valores reales, lo cual erosiona sistemática y constantemente el estándar de vida de los argentinos y argentinas. Esto último, a raíz de su combinación con una inflación crónica, da como resultado un crecimiento del PBI anual promedio, en los últimos 40 años del %0,6. Una cifra bajísima. Para decirlo de otra manera: necesitamos más de 100 años para duplicar el PBI per cápita (es decir lo que gana cada habitante en promedio en el año). Qué la pobreza sea estructural y crezca, es una consecuencia natural de una performance económica general, de mediocre a mala. La pandemia no hizo más que correr el velo, de forma definitiva y concluyente, para poder visualizar sin metáforas y eufemismos, la enorme pobreza, las escandalosas asimetrías y las desigualdades existentes, a lo largo y a lo ancho del país. Un panorama crudo, severo, que no implica la pérdida de la esperanza, pero supone enfrentar los males con la entereza, la consistencia y la premura que requieren. 

La Argentina es un país pobre, con islas de desarrollo. No lo inverso. Los sueños de “Argentina potencia” y de la “Estados Unidos de América del Sur”, tan fuertes durante muchas décadas del siglo XX, quedaron presos de una realidad dolorosa que requiere soluciones sin aspavientos ni discursos vacíos. Tener claro este punto, supone incorporar definitivamente la verdad de nuestros males en nuestros análisis y explicaciones, para, de este modo, comenzar a desterrarlos de forma definitiva. 

El problema de la deuda está necesariamente vinculado a un comienzo, que no sabemos cómo será o si, lo que es aún peor, existe en la imaginación, las ideas y en los planes de la dirigencia. Un inicio que debe ser rápido, hacia una senda ordenada, que posibilite la solución de las materias desaprobadas de la historia social y económica del país. Nuestro pasado y lo que hicimos con él, en este sentido, no es muy alentador, pero, nobleza obliga, un acuerdo cerrado con los acreedores, es un mojón imprescindible para continuar con otras instancias destinadas a la reconstrucción argentina. 

Pero hay un eslabón que debe estar necesariamente, que une las partes e hilvana los distintos planes, qué armoniza las expectativas y les da una forma coherente, qué define un fin, un horizonte de objetivos y una arquitectura de país que irá cobrando forma, despacio, pero ordenadamente. Algo tan simple cómo una idea de país cierta, creíble y sustentable. Un propósito de lo que definitivamente queremos ser como nación. Si eso no ocurre, continuaremos transitando la larga, tortuosa, contradictoria y desigual vía del recurrente y eterno problema argentino.