En la hondonada, al lado de uno de los arroyos que surca el pueblo, asomaba el ranchito descuajering

Opinión

Recuerdos de gauchos, peones y otras yerbas

La pulpería del puente Carucho

02|08|20 11:08 hs.

Por Valentina Pereyra


La noche se esfumó entre los incipientes reflejos del sol naciente, demasiado tarde para volver al pueblo, así que, los gauchos, peones y señoritos convidados al festín de guiso carrero, ensillaron, montaron y a galope se alejaron del rancho. Nadie cruzó el puente, pero el candado que lo clausuraba yacía abierto sobre una piedra calcina que amortiguó su caída. Apolinario Ferreyra, el dueño de la pulpería, quedó boquiabierto cuando descubrió que de uno de los eslabones de la gruesa cadena que cortaba el camino pendía la flor que su hija lució la noche anterior. 

Los parroquianos tenían cita obligada en el “Rancho del Puente Carucho” porque no podían volver al pueblo -a 25 kilómetros del lugar- sin pasar por ahí y pagar el peaje. Sin embargo nadie lo hacía de mala gana, al fin y al cabo recibían dos premios: ver la belleza de Rufina después de una jornada larga al sol sin hablar con nadie, además de comer el guiso carrero preparado por aquella jovencita. 

Llegaban del sur para embriagarse, buscar pelea o perder sus morlacos en la taba o en los juegos de naipes. 

La hija del pulpero aprendió de su padre a cocinar el guiso, vivían solos, su madre había muerto el día de su nacimiento, por eso no le quedó otra que ocuparse del rancho desde que pudo, sin más aspiración que mejorar la receta y cultivar la huerta. El mundo de paisanos sudorosos, peleas camperas y domingos solitarios la decidió. Ese domingo empezó temprano a preparar el festín, los días de paga se llenaba el rancho y la ganancia no era nada despreciable. 

En la hondonada, al lado de uno de los arroyos que surca el pueblo, cerca del Molino Mayolas, asomaba el ranchito descuajeringado de los Ferreyra construido con palos, ramas de eucalipto y un techo de totora. A pocos pasos, un enorme montículo de tierra simulaba un puente montando el sendero hecho con las huellas de caballos, carros y peones de a pie. Apolinario se la tenía bien pensada, bastaba una cadena gruesa y un candado para hacerse de unos morlacos extra. 

Los parroquianos tenían cita obligada en el “Rancho del Puente Carucho” porque no podían volver al pueblo -a 25 kilómetros del lugar- sin pasar por ahí y pagar el peaje. Sin embargo nadie lo hacía de mala gana


El pulpero había enterrado hasta el caracú dos palos a cada lado del camino y le colgó dos ristras de eslabones gordos a los que unía un candado de hierro forjado cambiado por dos cañas al turco Fhar, el mercachifle del pueblo. No se podía pasar sin entrar a la pulpería a buscar la llave y comer el plato casero con galleta crujiente. 

Atrás del rancho la joven había arado la tierra con la ayuda de unas herramientas viejas que su padre sacó a unos borrachines que gastaron más de lo que llevaban en sus bolsillos. Consiguió semillas en la quinta de doña Matilda, una italiana cascarrabias que crió sola a sus hijos cuando su gringo se piantó. Sembró zapallo, morrón, cebolla, choclo, tenía papas salvajes, zanahorias y las semillas de tomates se alzaban con su ayuda en hermosas varas verdes. 

Cerca de la letrina armó un gallinero con alambre que intercambió su padre con los constructores del Molino por peaje gratuito durante una semana, puso las gallinas que le compraron al turco para tener huevos y comida todo el año. La carne se la agenció la italiana que de despostar sabía una bocha. Rufina se colgó el delantal marrón sobre el vestido floreado y deshilachado en el ruedo por tanto caminar entre los abrojos que rodeaban la quinta, juntó toda la verdura que pudo y la envolvió con el trapo atado a su cintura, entró y empezó con la preparación del guiso. Cortó en pequeños trozos su cosecha y entre rebanada y rebanada relojeó por el agujero de entrada el horizonte verde y sintió el perfume de la libertad. 

Al atardecer cayeron a la pulpería los trabajadores del Molino construido en la confluencia de los tres arroyos, los capataces, los parroquianos que tenían sus ranchitos en las tierras altas que supieron ser de los indios. Apolinario y su hija atendieron a la peonada que llegó de la cosecha, vendieron aguardiente de caña, grapa, ginebra, vino suelto, yerba, tabaco, sal, galletas y azúcar.

Religio era el más joven de los parroquianos y el que más miró a Rufina esa tarde. Le pidió que llene un vaso grande con aguardiente y convidó a los presentes pasándolo de mano en mano. La pulpería empezó a picarse y la chimenea de barro se recalentó hasta encenderse, sobre el fuego, la olla con el caldo de verduras, las hojas de laurel, los yuyos aromatizantes de la quinta, el zapallo, los tomates, choclos, papas, ají del turco, batata, zanahoria, cebolla y la carne cortada a cuchillazos. Los viajeros llegaron antes de que el sol se escapara de la polvareda que levantaron sus pingos en el apuro de estar a tiempo para el guiso. Para cuando la rueda gigante del Molino se frenó, ya jugaban a los dardos y tiraban unas manitos de cartas. Rufina apuró el fuego mientras se limpió la cara tiznada, revolvió el guiso y se sacó el delantal descolorido que llevaba atado a la cabeza como pañuelo para cambiarlo por la flor que lucía cada domingo.

La hija del pulpero aprendió de su padre a cocinar el guiso, vivían solos, su madre murió el día de su nacimiento, por eso no le quedó otra que ocuparse del rancho desde que pudo, sin más aspiración que mejorar la receta y cultivar la huerta


Religio apoyó toda su paga arriba del mostrador y volvió a invitar una, dos, más vueltas de aguardiente para todos. Las manos de Rufina, llagadas por las chispas que se enfurecían cada vez que las apuraba, no daban abasto, sirvió guiso carrero y vino hasta que rascaron el fondo de la olla y vaciaron los cubos de madera. 

La negrura de la noche tapó la copa de los árboles, nadie pidió la llave para abrir la cadena y pasar al pueblo y, al guiso, le siguió el cuero de chancho salado que el pulpero descolgó de una ganchera. El griterío se calmó con la guitarreada y las apuestas al mejor de los gallos roñosos que peleaban entre los pastizales.

Rufina atendió a todos, en el apuro salpicó sus alpargatas blancas de tomate, caña y vino, al final de la noche el orillo de su vestido era un muestreo de bosta, barro y migas de pan que recogió como escoba en cada servida. Religio se comió la carne primero, las papas, el zapallo, un choclo, y le pasó el pan como hacía siempre. La galleta no estaba tan crujiente, pero no se quejó. Dejó las monedas arriba de los tablones, y le dijo a la chica que se tenía que ir, entonces ella corrió atrás del mostrador, levantó el hacha con la que cortaba los leños más pequeños y desenredó el hilo que colgaba de la llave. Estiró la mano para alcanzársela y rozó la de Religio, clavó sus ojos marrones en la mirada del peón, se secó las manos en el delantal. El joven giró y vio los efectos de tantas rondas de vino y caña, un verdadero desparramo de borrachines llenos de guiso y alcohol. Hasta el pulpero quedó tirado arriba de los troncos. 

La llave del candado se deslizó entre sus dedos, la llevó a la boca y la besó, sintió el aroma a verduras, caldo y vino de las manos de Rufina, acarició los callos de sus yemas y su piel áspera.

Amaneció. Apolinario se incorporó como pudo y cuando todos se fueron llamó a su hija que no respondió, entonces la buscó en la quinta, se fue hasta la letrina, corrió por la cancha cuadrera, gritó y nada. Salió para el puente y ahí encontró el candado de hierro fundido abierto de par en par.