La Ciudad

Por Alicia Hurtado

Carta de lectores: Paredes, paredones y añoranzas

10|07|20 13:15 hs.


Señora directora: 

En los albores de la década de los ‘80, comencé a trabajar en la escuela número 29. Ocho años de mi vida laboral transcurrieron en esa casa. Primero como maestra, luego a cargo de la dirección. Fueron, como todos mis años de trabajo escolar en diferentes establecimientos, épocas hermosas, con alegrías, dificultades, logros y, por qué no, también fracasos. Es la vida. 

A lo largo de tantos años tuve la fortuna de conocer cientos y cientos de estudiantes, de los más diversos orígenes, con más o menos facilidades y comodidades, pero aún hoy, ya jubilada, tengo la suerte de mantener un vínculo afectivo con muchos de ellos y sus familias. 

Era una linda escuela, con un edificio que nos remonta a las construcciones de 1950, más o menos. Rodeada de espacio abierto, que permitía, muchas veces, que algún vecino se acercara a la escuela para avisarnos que algún muchachito había ignorado el llamado de la campana y se escondía detrás del gran árbol del patio que da sobre la calle Lamadrid. Nunca casos graves, simples travesuras. 

Los cambios en la educación, algún incremento en los problemas sociales a lo largo de los años, vaciaron de alumnos a la escuela primaria y quedó solo afectada a la enseñanza secundaria, con el número 6.  

Siempre que pasaba por ahí, una tibieza me embargaba, recuerdos queridos, dolor por lo que ya no era, pero siempre estaba ahí, a la vista, abierta al mundo. 

En plena cuarentena, de regreso en auto de un turno médico, me llamó la atención que se hubiera sacado todo el cerco perimetral, de alambre tejido mayoritariamente, pero pensé, inocentemente, que el fin era mejorarlo. 

Hoy una amiga subió a una red social la foto del muro, digno de una cárcel o campo de concentración, con que han escondido a la escuela. Decir que es horrible, es poco. Es un atentado al buen gusto, a la educación, a la libertad. 

En un mundo que cada vez más entiende que no existe libertad sin educación, ni educación sin libertad, rodeamos una escuela de altos muros cuyo objetivo no se entiende, pero que, evidentemente, no fueron pensados como un modo de integrar la escuela a la comunidad. 

Ignoro qué mentes geniales habrán resuelto esto. De algo estoy segura, no puede haber maestros entre los ideólogos, y si los hay, no se merecen el título. 

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