Opinión

Por Roberto Barga

Coronavirus: el éxito y el fracaso son dos impostores

21|06|20 16:42 hs.

El 10 de junio pasado el Presidente Alberto Fernández cumplió seis meses en el sillón de Rivadavia. Qué duda cabe que su mandato está atravesado por circunstancias excepcionales y absolutamente inéditas, en torno a una pandemia que condiciona su gobierno. 


Pero aquí surge un gran interrogante ¿Cuánto de su gobernanza queda condicionado por el Covid-19? El gobierno nacional puso el listón muy alto con respecto al desempeño de la posible crisis sanitaria y da toda la impresión que, la suerte de su performances, quedará sometida al recorrido del virus. 

Otros países, por caso España con 28.315 muertos por causa del Covid, tienen, según anuncia el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) al gobernante Partido Socialista, con el 31% de intención de voto, si las elecciones fueran hoy. Vale recordar que en las últimas elecciones de noviembre, el PSOE obtuvo 28% de los sufragios emitidos, es decir, que según esta encuesta, no sólo no pierde nada de su último caudal electoral, sino que lo aumentaría en 3 puntos. 

En esta misma línea de valorar como juzga la opinión pública a sus gobernantes en un momento de extrema tensión, es interesante el caso italiano. Allí el Primer Ministro, Giuseppe Conte, un gris abogado que, aunque sin el menor carisma, si hoy hubiese elecciones encabezaría todas las preferencias, es la revelación de la política europea, al plantar cara a la Europa del norte y exigir fondos de cohesión, para acelerar la recuperación post pandémica. Es más, en un gesto de audacia, dejó entrar a convoyes militares rusos y a médicos cubanos, para ayudar en tareas sanitarias. Esto último, a mayor gloria de nuestro enfant terrible, Axel Kicillof, que se quedó con las ganas de ver a los herederos de la Sierra Maestra por nuestras pampas. 

Este fin de semana, el premier italiano convoca a la troica del Viejo Mundo: Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea; y a nuestras conocidas Christine Lagarde y Kristalina Georgieva. El “ágape” será en la mansión del Bel Respiro, finca romana que perteneció al Papa Inocencio X, aquel rostro impenetrable, retratado genialmente por Velázquez. Y sí… los italianos son geniales para las escenografías. 

Recordemos que Italia tiene 60 millones de habitantes, 239 mil contagiados y 34.560 muertos sobre sus espaldas a consecuencia del Covid-19. 

En Francia, Macron, comenzó la crisis del conoravirus con el pie izquierdo, al permitir elecciones municipales el domingo 15 de marzo, con el virus ya instalado en tierras galas. Ahora se lo ve campante, al convocar a una comisión de expertos para asesorar a la presidencia de la República en temas de reconstrucción. En la primera reunión de notables, entre los que se encuentran Olivier Blanchard, ex jefe de economistas del FMI y Larry Summers ex secretario del Tesoro de EE.UU, Macron dijo que habría que “repensar el mundo”. A la grandilocuencia francesa no hay con que darle, pero a su astucia política tampoco. 

Tal vez Johnson en Inglaterra esté más cuestionado por su tardía reacción ante el Covid-19, pero en cualquier caso no hay planteada en la Cámara de los Comunes ninguna moción de censura a su gobierno, por tanto no está en cuestión su permanencia en el 10 de Downing Street. 

Un caso aparte es el de U.S.A. Su Presidente, dijo en varias oportunidades una cosa y la contraria y sin embargo, las revueltas que atravesó Trump no son a consecuencia de las derivas de la pandemia (120.000 muertos hasta ahora). Los conflictos tienen relación con el sempiterno tema racial, que arrastra EE.UU. desde su guerra civil. 

Este paneo por países que afrontaron la pandemia con muchos muertos de por medio, lo concluimos en Brasil, donde la continuidad del inefable Presidente Bolsonaro está aparentemente en duda un día sí y otro también. Sin embargo, su base electoral es rocosa y no desciende del 30 %, a pesar de las boutades constantes que comete. Es más, se permite soñar con un autogolpe que liquide al parlamento.

En Argentina la valoración de la opinión pública con respecto al desempeño del gobierno nacional con la pandemia es altamente positivo, como acaba de consignar Urgente24, al reflejar un trabajo demoscópico de Zubán Córdoba y Asociados. Sin embargo, se percibe un raro ambiente en la atmósfera que rodea sobre todo al Gobernador Axel Kicillof. Como si se estuviera preanunciando el diluvio final y estuvieran por caer sobre nuestro país las diez plagas de Egipto. Y en realidad está aconteciendo lo que sólo podría ocurrir en una pandemia que no tiene vacuna para contrarrestarla. Tan simple y grave como eso. 

Es hora de insistir en que Alberto Fernández y Axel Kicillof, ya hicieron todo lo importante que había que hacer en estas circunstancias y el bajísimo número de muertos demuestra que la dura cuarentena del comienzo fue un éxito. Ahora el mundo empíricamente prueba que el virus tiene comportamientos dispares y aleatorios. Es momento de transferir responsabilidades a los individuos y concentrarse seriamente en la agenda post pandemia, porque los casos van a aumentar y desgraciadamente las muertes también. 

Y en lo de la agenda post pandemia, ya es hora de presentar un programa económico coherente e integral. Sino, lo de las diez plagas de Egipto será nada comparado con el derrumbe que nos espera. Basta ver los números de mayo. 

Pero otro nubarrón se abre en torno a la relación del Presidente con algunos sectores de clase media. 

Si damos por buena la idea de que Alberto Fernández había firmado un contrato social tácito con esos sectores, que consistía en establecer un puente de plata para sacar al pésimo gobierno de Macri y evitar el regreso de kirchnerismo duro, las hojas de ese contrato ya tienen varias tachaduras. 

En diez días se recuperaron palabras como “expropiación”, “cierre de compañía aérea” y “la culpa del aumento de los contagios la tienen los runners y los padres que sacan pasear a los niños”. Y aquí debe quedar claro que un servidor no habla de si ese es el pensamiento de Alberto Fernández, sino de la disputa por la creación de sentido, máximo altar de la comunicación moderna. Al fin y al cabo, es la que otorga el salvoconducto sobre el bien y el mal. 

No es este el momento de perder el apoyo de esos sectores medios, más bien es la hora de juntar masa crítica.